Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
NovelToon tiene autorización de Leni Anita para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
09
Camila llamó de inmediato a don Fernando para avisarle que Adrián y su familia ya habían llegado a la casa.
—Don Fernando, disculpe la molestia.
—No te preocupes, Camila. ¿Pasó algo en la oficina? —preguntó don Fernando.
—No, señor. Es que Adrián y su familia acaban de regresar de vacaciones, y en este momento están afuera de la casa. Están tratando de entrar a la fuerza y amenazan con romper la puerta.
—Quédate tranquila, Camila. No van a poder entrar. Ya mandé a cambiar las cerraduras y también instalé cámaras de seguridad en toda la casa —explicó don Fernando.
—Qué alivio. Pero ¿qué pasa si de verdad rompen la puerta?
—No hay problema. Al contrario, yo los demando. La evidencia ya está: todo lo que están haciendo queda grabado en las cámaras y ellos ni cuenta se dan.
—Entiendo. Solo quería avisarle. Con su permiso, cuelgo.
El teléfono de Camila vibró con una notificación. Era un video: la grabación de la cámara de seguridad que don Fernando había instalado en el porche.
En la imagen se veía a Adrián embistiendo la puerta una y otra vez, pero por más que se lanzaba contra ella, no cedía.
Frente a la casa que ahora pertenecía a don Fernando, Adrián seguía golpeando la puerta con todo el cuerpo. La puerta no se movió ni un centímetro. Agotado, se sentó en el escalón a recuperar el aliento.
—Ya va a ver esa Camila. Cuando aparezca le voy a dar su merecido —masculló Valeria con furia.
Se puso de pie y, de pura rabia, le dio una patada a una de las cajas que estaban en el porche. La caja se volcó y el contenido se desparramó por el suelo. Valeria se quedó boquiabierta al ver lo que había dentro.
—Esto... esto es mío —recogió una de las cosas del piso.
Doña Teresa, picada por la curiosidad, vació la caja por completo. Efectivamente, todo era de Valeria.
—¡Camila! ¿Qué hizo con mis cosas? —Valeria estaba fuera de sí.
Doña Teresa abrió las demás cajas una por una, y lo mismo con las bolsas negras. Al ver que también sus pertenencias estaban ahí afuera, la sangre se le fue a los pies.
—¡Camila se atrevió a sacar todas nuestras cosas! ¡Llámenla ahora mismo! —ordenó doña Teresa, furibunda.
Valeria sacó su teléfono y llamó a Camila hecha una fiera.
—¡Camila! ¿Qué significa esto? ¿Por qué sacaste todas nuestras cosas de la casa? —le gritó.
—Valeria, esa casa ya la vendí. El nuevo dueño quería tirar todas sus cosas a la basura, pero yo lo detuve. Le pedí que las sacara y las dejara afuera nada más, para que ustedes pudieran llevárselas —explicó Camila con toda tranquilidad.
—¡Camila, cómo te atreviste a vender esta casa! ¡Tú no tienes ningún derecho! —estalló Adrián.
—Claro que tengo derecho. Es mi casa, así que yo decido qué hago con ella.
—¡Tú no tienes ningún derecho sobre esta casa! ¡Esta casa es de mi hijo! ¡Ven aquí de inmediato y devuélvenos la casa! —bramó doña Teresa.
—Les sugiero que busquen dónde vivir y que se lleven sus cosas de ahí, antes de que llegue el dueño y los saque a la fuerza.
—¡No nos vamos a ir a ningún lado! ¡Nos vamos a quedar aquí porque esta es nuestra casa y no voy a permitir que nadie nos la quite! —gritó doña Teresa.
—¡Camila, si mi hija se enferma por tu culpa, por no dejarnos entrar, te juro que me las vas a pagar! ¡Voy a hacer tu vida miserable! —amenazó Valeria.
—Hagan lo que quieran. Me tiene sin cuidado. Yo solo les estoy avisando —Camila cortó la llamada.
—¡Adrián, no te quedes ahí parado! ¡Ve y dale una lección a Camila, ya se le subieron los humos! —doña Teresa azuzó a su hijo.
Antes de que Adrián pudiera responder, un auto se detuvo frente a la casa. Dos hombres corpulentos bajaron y caminaron hacia ellos.
—¿Qué hacen aquí? ¿Cómo se atreven a armar escándalo en esta propiedad? —espetó uno de ellos.
—¿Y ustedes quiénes son? ¡Cómo se atreven a venir a mi casa! ¡Esta es mi casa y hago lo que se me da la gana! —les gritó doña Teresa.
—Esta no es su casa. Es propiedad de nuestro jefe. Nos mandó a sacarlos de aquí.
—Señor, esta casa es mía. ¿Cómo que ahora es de su jefe? —dijo Adrián, confundido.
—Nuestro jefe compró esta casa hace unos días. Y nos mandó a correr a cualquiera que se aparezca por aquí.
Todos palidecieron. Les temblaba el cuerpo del miedo. Jamás imaginaron que al volver de vacaciones se encontrarían con algo así.
—Adrián, ¿qué vamos a hacer? —preguntó don Jaime, aterrado.
—Dile a Camila que devuelva esta casa. ¡No me quiero ir de aquí! —gimió doña Teresa entre lágrimas.
—Señores, esto es un malentendido. Esta casa es nuestra, nosotros nunca la vendimos —intentó negociar Adrián.
—La señora Camila vendió esta casa. Así que llévense sus cosas y lárguense, o los sacamos por la fuerza —sentenció uno de los hombres.
—¡No, no! ¡Esta es mi casa! ¡No me voy a ir! —chilló doña Teresa, histérica.
Los hombres empezaron a arrojar las cajas y las bolsas a la calle, una por una. Doña Teresa gritaba cada vez más fuerte. Adrián y los demás no se atrevieron a enfrentarlos: sabían que, si lo intentaban, terminarían golpeados.