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DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

DEUDAS Y DOLOR ... Se Me Acabó La Plata, Se Terminó Tu Amor

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Autosuperación / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Abelardo creyó haber encontrado al amor de su vida en Deborah. Por ella lo entregó todo: su corazón, sus ahorros y hasta sus tarjetas Visa y Mastercard. Pero cuando el dinero se terminó, también terminó el amor. Deborah lo abandonó por Gastón, un hombre rico, y para justificar su traición llenó de mentiras la vida de Abelardo.

Hundido en deudas y solo, Abelardo estuvo a punto de rendirse. Sin embargo, decidió levantarse. Trabajó, pagó cada deuda y construyó un imperio con esfuerzo, honestidad y determinación.

Años después, el destino cambió las cartas. Gastón dejó a Deborah en la ruina, y ella, consumida por la desesperación y la envidia, regresó buscando al hombre que había destruido.

Pero Abelardo no era aquel hombre.

Ahora ella tendría que descubrir una verdad dolorosa: cuando el amor depende del dinero, nunca fue amor.

Y esta vez, será Abelardo quien cierre la puerta para siempre.

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La aparición de Gastón

La humillación de aquel café no se fue con ella: se quedó clavada en el pecho de Abelardo como una astilla envenenada. Durante dos días no salió de su departamento, no contestó llamadas, no se lavó la cara. Dejaba que el teléfono vibrara una y otra vez sobre la mesa —llamadas de cobradores, de Carlos, de Mateo— y no tenía fuerzas para ninguno. Sabía que ellos le dirían "te lo advertimos", y esa sola idea lo hundía más. Se sentía un tonto, un ingenuo, un hombre que había cambiado años de ahorro por unas semanas de amor falso.

Mientras él se consumía en la oscuridad, Deborah no perdió ni un segundo. Para ella, el capítulo de Abelardo estaba muerto desde el preciso instante en que él dijo "no tengo dinero". No hubo lágrimas, ni remordimiento, ni una sola pausa de duda. Solo vio un problema: su fuente de ingresos se había secado, y su vida de lujos no se sostenía con recuerdos. Necesitaba reemplazarlo. Ya. Sin demora.

Y el destino —o más bien, su ambición— le abrió la puerta esa misma noche del sábado, en la terraza VIP de El Olimpo, el club nocturno donde la élite de la ciudad se pavoneaba. Ella entró gracias al último favor de una amiga, vestida con un vestido negro de espaldas descubiertas que, irónicamente, había pagado con el último centavo de la Mastercard de Abelardo. Se paró junto a la barra, calculando cada ángulo, cada movimiento, cada sonrisa. Sabía exactamente qué tipo de hombre buscaba. Y lo encontró enseguida.

Gastón llenaba el espacio con su sola presencia. Cuarenta y cinco años, traje a medida sin corbata, un reloj de oro tan grande que parecía un trofeo, y un séquito de aduladores que reían antes de que él terminara las frases. Era rico, sí —pero también ruidoso, arrogante, y con negocios que, según decían, rozaban la línea entre el éxito y la ilegalidad. Exactamente lo que ella necesitaba: un hombre que no preguntara, que no dudara, que simplemente gastara.

Ella no esperó. Se acercó a la barra, se colocó justo en su línea de visión, y esperó. No pasaron cinco minutos antes de que él la notara. Y cuando la miró, ella sonrió: la misma sonrisa ensayada que había hipnotizado a Abelardo, pero esta vez usada con una presa mucho más grande.

—Una mujer tan espectacular no debería estar tomando sola —le dijo Gastón, con voz grave y una autosuficiencia que rayaba en la insolencia, haciendo una seña al camarero—. La copa más cara que tengas. Para ella.

Deborah giró despacio, dejando que él viera cada movimiento.

—No estoy sola —respondió, suave y letal—. Solo estaba esperando a que alguien interesante me diera una razón para quedarme.

Gastón soltó una carcajada, satisfecho, halagado, seguro de que él era quien elegía. No entendió que ya había sido elegido.

—Me llamo Gastón. Y te aseguro que conmigo, las razones nunca faltan.

Esa noche, Deborah actuó mejor que nunca. Escuchó fascinada sus historias de construcciones, de propiedades en la playa, de coches deportivos. Asentía, reía en los momentos justos, tocaba su brazo con delicadeza cada vez que él decía algo impresionante. Cada palabra de él era música para ella: confirmación de que ya no tendría que volver a mirar el precio de nada. Mientras Gastón abría otra botella de champán francés, ella se excusó para ir al baño.

Frente al espejo, se retocó el labial con mano firme. Sin dudarlo, abrió su teléfono. Había un mensaje nuevo. De Abelardo.

"Deborah, por favor háblame. Sé que estás enojada, pero podemos buscar una solución. Te extraño demasiado, mi amor."

Lo leyó completo. No se le movió un solo músculo del rostro. No sintió lástima, ni culpa, ni siquiera la molestia de quien lee un mensaje largo. Solo soltó un suspiro de fastidio, como si fuera publicidad no deseada, y presionó BLOQUEAR CONTACTO.

Guardó el teléfono, se miró al espejo una última vez, esbozó su mejor sonrisa… y regresó a la terraza, a los brazos de su nuevo hombre. Mientras Abelardo se ahogaba en la soledad de su departamento vacío, ella ya celebraba su victoria con el dinero de otro.

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