Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.
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Desperté… y mi esposa me odiaba
Lo primero que sentí al volver a la vida… fue el impulso de querer morir.
Irónico, ¿no? La gente sueña con segundas oportunidades. Yo la recibí con un dolor de cabeza tan brutal que juré que alguien me había usado el cráneo como tambor en una fiesta de fin de año. Cada latido de mi corazón llegaba con retraso, como si mi cuerpo se negara a seguir el ritmo de mi mente.
Error de sincronización.
Intenté respirar. El aire entró… pero se sentía débil. Superficial. Inútil. Como todo lo demás en este cuerpo, según descubriría en unos minutos.
Abrí los ojos.
El techo era blanco. Perfecto. Tan perfecto que daba ganas de vomitar. Ni una grieta, ni una mancha, ni una sola imperfección que le diera personalidad. Demasiado limpio. Demasiado silencioso. Tan silencioso que podía escuchar mi propia respiración… y sonaba patética.
—Despierta, Adrian. No hagas perder más mi tiempo.
La voz atravesó el aire como un cuchillo caliente atravesando mantequilla. Fría. Precisa. Letal. Y con una paciencia tan fina que se podía cortar con los dedos.
Giré la cabeza con la lentitud de alguien que arrastra una cadena.
Tacones rojos. Pulidos. Firmes sobre una alfombra que probablemente costaba más que todo lo que yo había ganado en mi vida. Mi mirada subió despacio —piernas largas, postura de alguien que nunca ha tenido que pedir permiso para existir— hasta llegar a ella.
Victoria Hale.
No necesitaba recuerdos para saber quién era. Era peligrosa. De esas personas que respiran y ya dominan la habitación. Su mirada no observaba… evaluaba. Calculaba. Diseccionaba cada centímetro de mi existencia en menos de un segundo. Y ya había decidido que yo no valía la pena del aire que ocupaba.
—¿…Victoria? —mi voz salió áspera, como vidrio raspando piedra. Ni siquiera me sonaba a mí.
Ella no reaccionó. Ni un parpadeo. Ni un cambio de expresión. Solo… asco.
—No actúes, Adrian —dijo con una calma que helaría el océano—. Ya dejamos claro que tu talento es inexistente. Fingir que no recuerdas no te hará más interesante. Solo más patético.
Golpeó una pila de documentos sobre la mesa. Seco. Brutal. Como si estuviera dejando caer mi sentencia de muerte.
—El escándalo de anoche nos costó millones —continuó, sin levantar la voz, pero cada palabra pesaba como plomo—. Mi equipo tuvo que inventar una intoxicación alcohólica para explicar por qué mi esposo estaba arrastrándose por un distrito rojo. ¿Te das cuenta de lo ridículo que suena? ¿De lo que tuve que negociar para que no saliera en portada con una mordaza y una multa por desorden público?
Mi esposo.
Dos palabras. Un título. Una condena.
Las piezas encajaron. No como recuerdos… sino como hechos. Datos fríos y duros que mi mente procesaba con la misma claridad con la que uno lee un parte de guerra.
Adrian Blake. Actor de quinta. Parásito social. Un hombre que vivía del dinero de su esposa. Un error. Un escándalo. Un matrimonio… por conveniencia.
Qué forma tan elegante de decir "contrato de esclavitud temporal".
Intenté incorporarme. O lo intenté. Mi cuerpo respondió medio segundo tarde. Perdí el equilibrio de inmediato y tropecé hacia adelante, chocando contra una lámpara. El cristal estalló en el suelo con un sonido demasiado fuerte para lo pequeño que era.
Silencio.
—…Lo siento —murmuré, forzando una sonrisa que probablemente parecía más una mueca de dolor—. Creo que la gravedad cambió aquí. Deberías revisar los cimientos.
La observé, esperando compasión. O enojo. O algo.
Nada.
Ni compasión. Ni enojo. Solo… desprecio. Profundo, sincero, bien fundado al parecer.
Victoria se puso de pie. Cada movimiento medido, calculado, perfecto. Se acercó y empujó mi rodilla con la punta del tacón. No fue un golpe. Fue una declaración de principios.
—Eres la peor inversión de mi vida, Adrian. Y eso que he financiado proyectos absurdos. Ninguno tan absurdo como tú.
Su voz era baja. Pero definitiva. Como un juez dando la sentencia final.
—Cuando este contrato termine, volverás al agujero del que saliste. Hasta entonces, te comportarás. No hables demasiado. No bebas donde puedan verte. Y, sobre todo… no me toques. El contacto físico está prohibido. Lo dejamos claro desde el primer día. No me hagas repetirlo.
Me quedé mirándola. Qué curioso. Aquí estaba yo, recién despertado en un cuerpo que no era mío, en una vida que no elegí, casado con una mujer que me miraba como si fuera un error de impresión… y lo único que pensé fue: Qué desperdicio. Podría ser una reina y se comporta como una general sin ejército.
Levanté las manos ligeramente, en señal de rendición.
—Claro. Seré un mueble decorativo. De esos bonitos que no ocupan espacio y nadie usa. Muy de moda, supongo.
Ella se dio la vuelta. Como si ya no existiera. Como si hablar conmigo fuera una pérdida de oxígeno que no podía permitirse.
—Dúchate. Hueles a derrota y a alcohol barato. Cena en dos horas. Si me avergüenzas frente a Miller… —se detuvo en la puerta, sin mirarme— …no vuelves a entrar.
La puerta se cerró. El clic de la cerradura sonó como el cierre de una celda.
Me quedé solo. Exhalé lentamente. Y dejé de sonreír.
Este cuerpo era basura. Débil. Lento. Sin entrenamiento. Un recipiente perfecto para fracasar.
Pero la mente… la mente no.
Fragmentos cruzaron mi conciencia. No eran recuerdos. Eran protocolos. Señales encriptadas. Coordenadas que mi mente comprendía antes de poder procesarlas conscientemente.
Voces superpuestas, lejanas, imposibles:
"Unidad 7 fuera de sincronización."
"Cierre de brecha cuántica en 3…"
"No hay extracción. Repito: no hay extracción."
Silencio.
Año 3026.
Mi cuerpo se quedó completamente inmóvil. No fue un accidente. No fue un milagro. Fue una transferencia. Y yo… no era un civil.
Miré mis manos. Suaves. Sin callos. Sin cicatrices. Un cuerpo diseñado para caer, no para luchar.
—Bien —murmuré, bajando las manos—. Reglas claras. Ella cree que soy un inútil. El mundo cree que soy un inútil. Y lo peor de todo… este cuerpo era un inútil. Qué maravilloso punto de partida.
Me levanté, ignorando el dolor de cabeza. Me acerqué al espejo. El hombre que me devolvió la mirada era guapo, sí… pero vacío. Una máscara. Una fachada.
—No te preocupes, Victoria —le dije a mi reflejo, con una sonrisa que ya no era de nadie—. No voy a tocarte. No voy a estorbar. Y cuando menos lo esperes… te vas a preguntar cómo no me viste desde el principio.
Me di la vuelta. El espejo quedó atrás. Y en la habitación, de repente, no había nadie que pareciera tan inofensivo… y tan peligroso.