Catalina solo conoció un amor, el de su padre. La única persona que la quiso se fue de éste mundo sabiendo todo lo que tendría que afrontar su pequeña.
Hay personas que nacen para sufrir, la protagonista es una de ellas 💔
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14 EL VIAJE
Me gustaba este lugar, era primavera estaba acostada bajo un gran árbol de Lenga. El zumbido de las abejas me encantaba. Papá decía que ellas trabajaban enojadas, siempre que me acordaba me reía porque las imaginaba así, molestas trabajando para producir miel para su reina.
Amaba éste bosque, sabía distinguir cada pájaro que cantaba. Era tiempo de cortejos, primavera era mi época favorita.
El cantar del pequeño arroyo sobre las piedras, lo hacía perfecto. Había recogido unas hierbas que crecían en su orilla, se llaman berros. Los haría una ensalada.
A lo lejos escuchaba alguna oveja balar por algún cordero extraviado.
Miré el sol, eran más de las cinco. Debía volver a casa. Recogí unas flores para poner en mi altar.
Y unos palos que serían perfectos para un colgante.
Mañana venía abuelo, quería sorprenderlo con unos adornos que había hecho
Había tenido el mejor maestro y trabajaba muy bien la madera. Él me había regalado varias herramientas, que me servían para hacer manualidades.
Hacía más de un año que me llevaba a vender mis artesanías. Al principio no podía creer que la gente le gustará lo que hacía.
Con la venta de los últimos corderos me compró ropa, botas y zapatos. Todo me quedó bueno. Sin embargo, nada me servía un año después. Los pantalones me quedaban cortos había dado un estirón y los zapatos me quedaban chicos.
Le tenía preparada una lista con las cosas que necesitaba. Aún me quedaba dinero de los corderos.
Me acosté tarde, estaba tallando unas flores en madera y les estaba dando un acabado. También había inventado como en mis cuentos unas casitas en miniatura sobre un trozo de madera, semejando una pequeña aldea.
Me acosté como cada noche orando a Dios que cuidara a mi abuelito y que me protegiera de todo mal.
Esa mañana los sentí a lo lejos, Margarita llegó como de costumbre primero anunciando la llegada.
Ezequiel se veía igual, a mis ojos seguía manteniendose jovial. Con su larga barba canosa y su delgado cuerpo. Con agilidad bajó de Peonia, me abrazó y levantó. Ese abrazo valía oro para mí.
Conversamos mientras desayunábamos. Y me hizo una pregunta.
--¿Quieres bajar conmigo mañana?
Desde que llegué nunca había bajado al pueblo más cercano. No sé, me daba miedo. Es como si le tuviera miedo a las personas.
--Prefiero que no abuelo.
--No vivirás por siempre enterrada entre montañas hija.
--Tienes once años, es tiempo de que veas a otras personas.
El pueblo donde Ezequiel hacia sus compras no era donde vivía la bruja y su hijo. Ellos vivían en otro sector, más alejado.
Finalmente acepté.
El quería que yo eligiera mi ropa, que me probara los zapatos. Entendí que era un problema para él y acepté bajar.
Nos fuimos de amanecida, era un viaje de ida y vuelta.
Yo montaba a Margarita, no le gustaba mucho, pero me soportaba.
Llevábamos las artesanías de él y también las mías. Le encantaron las flores, eran dientes de león se veían muy reales, me dijo.
--Aprendi del mejor. Le dije sonriendo
Llegamos como a las diez, nos fuimos directo donde la señora Mercedes la que compraba los productos y era a la vez una persona amiga de mi abuelo. El hablaba de ella con mucha admiración y respeto.
Se sorprendió mucho cuando me vio.
--¿Así que ella es Catalina?
--Eres una niña muy alta, con razón la ropa que compró tu abuelo te quedó pequeña.
--Y eres hermosa también.
No le hable nada, pensaba que si hablaba no le iba a gustar. Y tampoco mirarla
--¿Y estás flores las hiciste tú? Tienes mucho talento. Están preciosas.
Sin darme cuenta me puse detrás de mí abuelo.
Ezequiel ordenó las cosas sobres la mesa. Ella colocó el precio y pagó de inmediato.
Le pidió más casas de pájaros y a mí más flores, y mis pequeñas aldeas de casitas. Le encantaron.
Ella tenía todo ordenado el lugar, lleno de plantas, no sabía que se podían poner dentro de una casa, me sorprendió, todo se veía bonito. Grandes ventanales, adornadas con guías de plantas que se habían tomado las paredes del lugar.
Nos ofreció desayuno. A lo que mi abuelo aceptó de inmediato.
Colocó música, me pareció tan raro. Había olvidado como se escuchaba una radio.
Ella nos dejó comer tranquilos. Y de postre nos trajo un helado, no podía creer que sabía tan rico.
Después amablemente me ofreció acompañarme a la tienda a comprar ropa.
Nunca había ido a una y no tenía la menor idea como era.
No sabía que responder. Todo me daba vergüenza. Hasta que me dirigiera la palabra.
--Catita, ¿quieres que la señora Mercedes te acompañe?
Moví mi cabeza en gesto de aprobación.
--Voy, me arreglo un poquito y vuelvo de inmediato.
Era una mujer mayor que Jimena, pero amable, como la enfermera que me cuidó cuando papá estuvo hospitalizado.
Era agradable y bonita, tenía una linda sonrisa.
La tienda no era grande, pero tenían muchas cosas.
Con la ayuda de ella, me compré varios pantalones. Ropa interior, Blusas y dos pares de zapatos además las infaltables botas de agua. Aunque solo habían números grandes. Yo ya calzaba treinta y ocho. Así que compré unas número cuarenta. Total les ponía un poquito de lana en la punta.
Estaba entretenida recorriendo el negocio. La dependienta le preguntó de dónde era. Ella no le dió mayor información.
Compré un Cepillo para mi pelo, varias cintas para amarrarlo.
También compré cuadernos y lápices de colores, agujas y palillos para tejer.
Me sentí feliz, abuelo me dijo que en una hora venía a buscarme, sin embargo no me había dado cuenta que había estado adentro más de dos horas.
Cuando salimos miré a los ojos a doña Mercedes y le agradecí su gesto.
No sé qué hubiera hecho si ella no me hubiese acompañado.
--Gracias Señora Mercedes
--No tienes nada que agradecer Catalina. --Acompañarte fue lo mejor que me a pasado últimamente.
--Siempre quise tener una niñita, pero la vida me dio dos varones, que se fueron de mi lado rápidamente en cuanto crecieron.
--Me encantó ayudarte, y siempre puedes contar conmigo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, como me hubiera gustado tener a una madre así en mi vida. Pero no todo puede ser perfecto tuve un padre maravilloso y a la vez no tuve una madre.
Cómo era una hostería, llegaron varias personas a comer al medio día.
Nosotros nos sentamos en la última mesa, de almuerzo había hecho un budín de zapallitos italianos. Nunca los había comido eran solo con queso, ella sabía que mi abuelo no probaba la carne. Estaban riquísimos.
Escuché cuando uno de ellos la llamó para preguntarle quienes éramos. La respuesta de ella no les agrado, por cómo movían sus manos y sus expresiones. Los hombres no dejaban de mirarnos. Me puse nerviosa, no estaba acostumbrada. Se reían e indicaban nuestra mesa
Era desagradable. No pude comer más. Cómo estábamos cerca de la cocina. Ella le habló a mi abuelo.
--Vamos a la cocina hija, terminaremos allá nuestra comida.
Me levanté de inmediato y pasamos donde ella nos indicó. A pesar de lo rico que estaba todo, tuve una sensación desagradable y no pude continuar comiendo.
Era momento de partir. Abuelo fue a ensillar las yeguas. Cargó las compras.
Me despedí de Mercedes, me alegró conocerla. Abuelo siempre me contaba de ella y yo la imaginaba como una viejita, y no era así.
Ella no me tocó, me entregó una cajita, curiosa la miré, era una planta, un hijuelo de los que ella hacía. Me alegré mucho, le di la mano.
Ella se sorprendió de mi gesto. Nos despedimos.
Me preguntó cuando volvería. Pero en mi boca aún llevaba el gusto amargo de las miradas de esos hombres, no me gustó.
Así que le respondí que no creía que tan pronto.
Agradecí sus gentilezas y retornamos a nuestro hogar.
A pesar de la soledad en la que vivía. Había aprendido a amar ese lugar mucho antes de conocerlo.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Entre tú y yo, ¡qué mucho echaba de menos tus letras!