Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
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Capítulo 4
Capítulo 4: Servir copas donde me humillaron
Me quedé dormida parada, creo, porque cuando volví en mí ya era de día y tenía la espalda contra la reja de mi propia casa y un dolor de cuello que me bajaba hasta la mano mala. No había vuelto al departamento de Max. No tenía caso: ahí no había nada mío tampoco.
El coche negro apareció a media mañana, cuando yo todavía intentaba decidir si mis piernas daban para caminar hasta el centro. No tocó el claxon. Simplemente se detuvo, y el mismo guardaespaldas de la primera noche bajó el vidrio.
—Súbase —dijo—. El señor la espera.
—Dígale al señor que tengo otras cosas que hacer.
—No, no las tiene. —Abrió la puerta de todos modos, con la paciencia de quien ya sabe cómo termina esto—. Súbase, señorita Linares. No la voy a estar rogando.
Subí. No porque él me lo pidiera. Porque llevaba dos días sin comer y la dignidad, a esas alturas, ya no me alcanzaba para elegir el orgullo de andar mojándome otra noche.
Max me esperaba en la puerta de un salón que yo conocía de otra vida: el Club Dorado, techos altos, arañas de cristal, la clase de lugar donde antes yo entraba del brazo de alguien y me ofrecían copa de bienvenida. Traía el traje impecable de siempre y esa cara de quien ya decidió algo sin consultarme.
—Le debes a Bianca tres años de mi vida sentado esperando una disculpa que nunca llegó —dijo, sin saludo—. Vas a trabajar aquí hasta que decida que ya pagaste.
—¿Pagar qué? Ya perdí la mano. Ya perdí tres años.
—Eso me lo debías a mí. —Se acercó un paso, y la voz se le bajó, filosa—. Esto se lo debes a ella.
No le pregunté qué lógica sostenía esa cuenta, porque sabía que no había ninguna: solo era otra manera de tenerme cerca sin admitir que quería tenerme cerca. Me entregó a una mujer de uniforme gris impecable, cara seria, ojos que ya habían visto de todo.
—Doña Lucía —se presentó, sin sonreír—. Usted hace lo que yo diga, cuando yo lo diga. —Bajó la voz, casi con lástima—. Y no le voy a hacer la vida fácil, m'ija. Son órdenes.
—Entiendo.
—No, no entiende. —Me puso en las manos una charola y un uniforme de mesera dos tallas chico—. Todavía no.
Entendí en la primera hora, cuando doña Lucía me enseñó a cargar la charola sin que se me doblara la muñeca mala y me advirtió, sin dulzura ninguna, que ahí adentro nadie iba a preguntarme si me dolía.
El salón se llenó de la misma gente con la que yo había compartido mesa en otra vida: empresarios que le compraban vino a mi abuelo, esposas que antes me pedían consejo para su ropa, un par de compañeros de la universidad que ahora traían anillo de compromiso y copa en la mano. Me reconocieron uno por uno. Las risas empezaron bajitas y terminaron abiertas.
—Miren nada más —dijo un hombre que yo recordaba de las cenas de Navidad de mi abuelo—. La heredera Linares, sirviendo tequila. El mundo sí que da vueltas.
—¿Le pongo hielo, señor Aranda? —le dije, con la voz más plana que pude sacar.
Se rió más fuerte, porque no esperaba que le contestara con calma. Otro me tocó el brazo al pasar, "para que no se me cayera la charola", y me sostuvo un segundo de más. No aparté la vista. No lloré. Cargué esa charola con la espalda tan recta como si todavía trajera puesto el apellido completo.
Doña Lucía pasó cerca, revisando manteles, y sin mirarme, en voz tan baja que solo yo la oí, dijo:
—Aguante, m'ija. La noche se acaba igual para todos.
No era compasión completa. Era lo más parecido a compasión que se podía dar en ese salón sin que la vieran, y lo agradecí como quien agradece un vaso de agua en el desierto. Seguí sirviendo. Una mujer que fue mi compañera de generación en la universidad me pidió, entre risas, que le tomara una foto "con la mesera famosa" para su grupo de WhatsApp. Le sostuve el teléfono, encuadré bien, y no le temblaron los dedos.
Desde una mesa apartada, medio escondido detrás de una columna, Max no dejaba de mirarme. Lo sentí toda la noche, esa mirada de quien está esperando el segundo exacto en que yo me quiebro. No se lo di. Cada vez que una copa se me resbalaba de la mano mala —y se me resbaló dos veces—, la recogía sin que me temblara la cara, y él apretaba la mandíbula, como si mi entereza le costara a él, no a mí.
A la una de la mañana cerraron el salón. Max me alcanzó junto a la puerta de servicio, con las manos en los bolsillos y algo parecido a la incomodidad en la cara, aunque él nunca lo hubiera llamado así.
—Mañana a las cinco —dijo—. Doña Lucía te dará el horario completo.
—¿Eso es todo?
Me miró un segundo de más, como si esperara que yo llorara, que le rogara, que le reclamara. No hice ninguna de las tres cosas.
—Eso es todo —contestó, y se fue sin voltear, con ese paso de quien necesita alejarse rápido de algo que no entiende.
Me metí a los baños de empleadas, un cuartito con un espejo rajado y olor a cloro, y me senté en el piso porque las piernas ya no me sostenían. Ahí, sola, saqué el celular de segunda mano.
No lloré. Adentro aprendí que llorar es un lujo que se paga caro y no rinde intereses.
Abrí las notas y empecé a escribir, uno por uno, los nombres que había memorizado toda la noche mientras servía: el señor Aranda, el que me tocó el brazo, dos socios que hablaban de negocios con Max en voz alta creyendo que la mesera no entendía de cifras. Anoté también sus empresas, lo poco que recordaba de sus escándalos viejos, esas cosas que una guarda sin querer cuando creció escuchando sobremesas de accionistas.
Si el mundo va a hablar de mí, pensé, que hable en mis términos.
Tenía guardado, de mis días de estudiante, el número de una periodista de espectáculos que alguna vez cubrió una gala de mi abuelo y me trató bien. No sabía si todavía lo usaba. No sabía si me iba a contestar. Pero abrí el chat, puse el dedo sobre la pantalla, y empecé a escribir el primer mensaje que mandaría en libertad.
No lo mandé todavía. Ni yo estaba segura de tener el valor. Pero lo escribí completo, cada palabra pesada como una piedra que llevaba guardando tres años, y lo guardé como borrador, con el pulgar quieto sobre el botón de enviar.
Me miré en el espejo rajado del baño de empleadas: el uniforme mal cortado, el rímel corrido de una noche entera bajo luces amarillas, la mano mala escondida contra el delantal.
—Mañana —me dije en voz baja— vas a saber quién soy.
Guardé el celular en el bolsillo, me quité el delantal y salí a la calle vacía, donde ya no había coche negro esperándome. Caminé sola hasta el edificio de Max, y por primera vez desde que salí del penal, el cansancio no me pesó como derrota.
Pesó como el principio de algo.