Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo III Más viva que nunca
Punto de vista de Elena
Ese día marcó el inicio definitivo de mi nueva vida. Tras una semana de negociaciones frías, logré que Alberto firmara el divorcio. No aceptó renunciar a la paternidad en el documento, su imagen pública no soportaría semejante mancha, así que simplemente alegó “diferencias irreconciliables”. Casi me dio risa la ironía de su argumento, pero me tragué el orgullo. Renuncié a la pensión y a todos los bienes; meterme en un pleito legal contra un abogado con tantos contactos e influencia en el país era un suicidio. Mi única prioridad era conservar intacta la custodia de mis hijos.
En cuestión de semanas, el trámite concluyó. Era una mujer divorciada de treinta años, con dos niños pequeños que dependían de mí y una maleta llena de incertidumbre. Busqué refugio en casa de mis padres, quienes jamás me habían dado la espalda a pesar del muro que Alberto levantó entre nosotros. Me abrieron las puertas de par en par, pero el verdadero infierno comenzó al buscar empleo: la sombra de mi exesposo era alargada y se encargó de cerrarme todas las puertas en el gremio legal.
Sin ingresos y con la soga al cuello, entendí que para darle un futuro a los gemelos debía tomar una decisión drástica: dejar mi país. Con el corazón en la garganta y las bendiciones de mi madre, armé el equipaje y volé hacia un nuevo destino, dispuesta a empezar desde cero.
El primer empleo que conseguí en el extranjero fue como mesera en una acogedora cafetería del centro. El sueldo era humilde, pero me alcanzaba para pagar el alquiler de un pequeño departamento y alimentar a mis hijos.
—Eres, sin duda, una de mis mejores empleadas, Elena —comentó el señor Marcelo una tarde, mientras me servía una taza de café durante mi descanso.
—Gracias, señor Marcelo. Solo intento hacer bien mi trabajo y cuidar este espacio —respondí con una sonrisa franca.
El anciano miró alrededor con los ojos empañados por la nostalgia.
—Esta cafetería es mi vida. Trabajé más de treinta años para sacarla adelante, pero me temo que las puertas se cerrarán pronto... Tendré que venderla para saldar una deuda que ni siquiera es mía.
Un frío helado me recorrió la espalda. Perder este empleo significaba la ruina para mis niños.
—¿De qué habla, Don Marcelo? ¿Por qué tendría que vender su patrimonio? —pregunté, conteniendo el aliento.
—Hace un año cometí el error de servir como fiador de mi “mejor amigo” para un préstamo comercial bastante alto —explicó con amargura—. Él se declaró insolvente, se desentendió de la deuda y la financiera cayó con todo su peso sobre mí. Me exigen la liquidación total en tres semanas. Para evitar el embargo e ir a prisión por fraude a mi edad, mi hijo quiere que venda el local a precio de remate y me vaya a vivir con él a Alemania.
Mi cerebro de abogada, adormecido por años de maltrato doméstico, despertó de golpe con una descarga de adrenalina.
—Un momento... —lo interrumpí, enderezando la postura—. Si usted pagó o está asumiendo la deuda como fiador, usted tiene derecho legal de repetición contra él. ¿Conservó los recibos, el contrato original y las comunicaciones donde él se negó a pagar?
Don Marcelo me miró parpadeando, sorprendido.
—Sí... tengo una carpeta entera en mi oficina. Pero mi amigo dice que no tiene un centavo a su nombre.
—Déjeme ver esos documentos hoy mismo —le pedí con una determinación que no sentía desde mis días universitarios—. A veces, la gente que dice no tener nada olvida ocultar lo más evidente.
Esa noche, después de acostar a los gemelos, me quedé hasta la madrugada analizando cada cláusula del contrato y los movimientos financieros de la cafetería. Encontré la falla: el “amigo” de Don Marcelo había transferido sus propiedades a nombre de una sociedad mercantil recién creada para simular quiebra, un fraude civil evidente. Además, el contrato inicial estipulaba indemnizaciones por daños, perjuicios y honorarios en caso de incumplimiento.
Al día siguiente redacté una notificación extrajudicial contundente, citando los artículos de derecho mercantil local y amenazándolo con una demanda penal por insolvencia fraudulenta si no liquidaba el monto total más los daños ocasionados a Don Marcelo en un plazo de setenta y dos horas.
Fui yo misma a entregársela al tipo en su lujosa oficina. Cuando vio el membrete, los fundamentos legales y mi mirada implacable, el pánico se apoderó de él. Sabía que un juicio por fraude empañaría su reputación y sus verdaderos negocios.
Cuarenta y ocho horas después, el sujeto se presentó en la cafetería junto a su representante legal para emitir un cheque de gerencia que cubría hasta el último centavo de la deuda pendiente, sumado a un monto sustancial por los daños y perjuicios económicos causados a la cafetería.
Cuando los hombres se retiraron, el señor Marcelo contempló el cheque firmado en sus manos temblorosas. Rompió a llorar como un niño.
—Salvaste mi vida, Elena... mi negocio, mi dignidad —dijo con la voz entrecortada—. Me dijiste que eras abogada, pero esto... esto fue una obra maestra.
Se acercó a la caja chica, tomó un sobre grueso y firmó un cheque adicional a mi nombre.
—Esto no es un pago por tu turno de hoy, Elena. Es la recompensa por salvar mi patrimonio y la comisión que te ganaste como la extraordinaria abogada que eres —me dijo, colocándolo firmemente entre mis manos—. Con esto podrás pagar meses de renta por adelantado y darle a tus hijos lo que merecen. Y a partir de hoy, si quieres, no solo serás mi mesera: serás mi asesora legal.
Sostuve el sobre contra mi pecho mientras las lágrimas me nublaban la vista. Por primera vez en cinco años, no lloraba de dolor ni de miedo. Lloraba de orgullo. Había ganado mi primer caso en tierra extraña, sola, demostrándome a mí misma que la abogada brillante que Alberto intentó enterrar seguía más viva que nunca.