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La Esposa De Mí Jefe

La Esposa De Mí Jefe

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Mafia
Popularitas:866
Nilai: 5
nombre de autor: Dannyperezok

Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.

Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.

Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.

Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.

Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.

Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.

Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.

Victoria es su jefa.

La esposa de su jefe.

Una mujer prohibida.

Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.

Él comienza protegiéndola de peligros externos...

NovelToon tiene autorización de Dannyperezok para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 1: El nuevo guardespaldas

Fernando

Había aprendido a reconocer el peligro mucho antes de que apareciera.

Un silencio demasiado prolongado.

Una mirada que duraba más de lo necesario.

Una puerta que se cerraba con demasiada fuerza.

Una persona que sonreía cuando no tenía motivos para hacerlo.

Después de doce años trabajando en seguridad y varios años dentro del ejército, mi cerebro funcionaba de aquella manera.

Analizaba.

Observaba.

Calculaba.

Y aquella casa estaba llena de cosas que no me gustaban.

La mansión Blackwood parecía sacada de una revista.

Tres pisos.

Jardines enormes.

Personal de servicio.

Cámaras en cada acceso.

Un sistema de seguridad que probablemente costaba más que mi primera casa.

Todo era perfecto.

Demasiado perfecto.

—¿Qué opinas? —preguntó Alexander Blackwood mientras caminábamos por el pasillo.

—¿De la casa?

—De la seguridad.

Miré alrededor.

—Es buena.

—¿Pero?

Lo observé.

—Siempre hay un pero.

Alexander sonrió.

—Me gusta la gente que presta atención.

No respondí.

Llegamos a su despacho.

Él abrió la puerta y entró.

—Siéntate.

Me quedé de pie.

—Prefiero estar así.

—Como quieras.

Alexander tomó una carpeta de su escritorio.

—Mi esposa ha recibido amenazas.

Abrí ligeramente los ojos.

—¿Amenazas concretas?

—Cartas. Mensajes. Algunas llamadas.

—¿La policía está involucrada?

—Sí.

—¿Y aun así decidió contratar seguridad privada?

—Quiero algo más discreto.

Dejé escapar un suspiro.

—Entonces no necesita un guardaespaldas. Necesita un equipo.

Alexander me miró fijamente.

—Necesito que tú seas ese equipo.

—¿Por qué yo?

—Porque me hablaron de ti.

—Eso no responde mi pregunta.

Su sonrisa desapareció.

—Porque no confío fácilmente en las personas.

—Entonces tenemos algo en común.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Finalmente, Alexander dejó la carpeta sobre el escritorio.

—Quiero que estés con Victoria las veinticuatro horas.

Aquello sí me llamó la atención.

—¿Las veinticuatro?

—Cuando salga, cuando esté en casa, cuando vaya de compras, cuando visite a sus amigas. No quiero que esté sola.

—¿Ella que opina al respecto de esto ?

Alexander soltó una pequeña risa.

—No le gusta que la controlen.

Aquella frase quedó flotando en el aire.

—Entonces no le va a gustar tenerme cerca.

—No importa.

Lo miré.

—¿No importa?

—Victoria es mi esposa. Su seguridad es mi responsabilidad.

Asentí lentamente.

Había algo en la forma en que había pronunciado aquellas palabras que no me gustó.

Mi esposa.

No Victoria.

No ella.

Mi esposa.

Como si estuviera hablando de una propiedad.

Me guardé el comentario.

No era asunto mío.

Todavía.

Victoria estaba en la biblioteca cuando entré.

La encontré sentada junto a una ventana.

Tenía un libro abierto sobre las piernas, pero no estaba leyendo.

Estaba mirando hacia afuera.

Su cabello castaño caía sobre sus hombros y llevaba un vestido sencillo, aunque seguramente costaba más que varios meses de mi salario.

Cuando escuchó mis pasos, levantó la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Y durante unos segundos ninguno dijo nada.

Había algo extraño en su mirada.

No era arrogancia.

Tampoco indiferencia.

Era miedo.

Un miedo cuidadosamente escondido.

—Señora Blackwood.

Se puso de pie.

—Victoria.

—¿Perdón?

—Prefiero que me llames Victoria.

Asentí.

—Victoria.

Ella miró hacia el pasillo.

—¿Dónde está Alexander?

—En su despacho.

Su expresión cambió ligeramente.

Casi imperceptible.

Pero la vi.

—¿Ya habló contigo?

—Sí.

—¿Y qué te dijo?

—Que debo protegerte.

Victoria bajó la mirada.

—Claro.

—¿Esperabas otra cosa?

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

No parecía una sonrisa real.

—No.

Silencio.

Me acerqué unos pasos.

—Quiero conocer tus rutinas.

—¿Mis rutinas?

—Dónde vas. A quién visitas. Qué lugares frecuentas. Todo lo que pueda representar un riesgo.

—No suelo hacer nada interesante.

—Eso no lo decides tú.

Me miró.

Por primera vez pareció molestarse.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Mandón.

Casi sonreí.

—Es parte del trabajo.

Ella negó con la cabeza.

—Entonces creo que vamos a llevarnos muy mal.

—Probablemente.

Victoria soltó una pequeña risa.

Fue apenas un instante.

Pero cambió completamente su rostro.

Y comprendí algo.

Aquella mujer podía sonreír.

Simplemente había olvidado cómo hacerlo.

Esa tarde acompañé a Victoria a una reunión con una amiga.

Durante el trayecto permanecí en silencio.

Ella tampoco hablaba demasiado.

Hasta que, después de varios minutos, preguntó:

—¿Siempre estás tan serio?

—Sí.

—¿Nunca sonríes?

—Cuando hay una razón.

Ella me observó desde el asiento trasero.

—¿Y ahora no tienes ninguna?

La miré por el espejo retrovisor.

—Todavía no.

Victoria sonrió.

—Qué hombre tan encantador.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Volvió a mirar por la ventana.

Por primera vez desde que había aceptado aquel trabajo, pensé que quizá no sería tan aburrido como esperaba.

Pero entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje.

Número desconocido.

Lo abrí.

Había una fotografía.

Victoria saliendo de la mansión esa misma mañana.

Debajo, una frase.

"No podrás protegerla para siempre."

Mi expresión cambió.

Volví a mirar por el espejo.

Victoria seguía observando el paisaje sin darse cuenta de nada.

Guardé el teléfono.

—Victoria.

—¿Sí?

—A partir de ahora, no te alejes de mí sin avisarme.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué?

Miré nuevamente el mensaje.

Después la observé a ella.

—Porque creo que las amenazas son más serias de lo que tu esposo me contó.

Y por primera vez desde que había llegado a aquella casa, Victoria dejó de sonreír.

—Fernando…

—¿Sí?

Su voz tembló.

—¿Qué fue exactamente lo que te dijo Alexander?

La miré por el espejo.

Y comprendí que Victoria sabía mucho más de lo que estaba dispuesta a contarme.

—Eso mismo quiero descubrir.

El auto continuó avanzando.

Pero algo había cambiado.

Ya no estaba simplemente protegiendo a la esposa de mi jefe.

Estaba empezando a investigar por qué alguien quería hacerle daño.

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