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OLVIDÓ DE AMOR

OLVIDÓ DE AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / CEO / Romance
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.

Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.

Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.

Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.

Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.

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Capitulo 3

Los días pasaron como si nada se hubiera roto, aunque dentro de Ottavia todo ardía. Cada mañana se levantaba antes de que saliera el sol, preparaba el desayuno, ordenaba la casa y se ponía la misma máscara de siempre: la esposa serena, la madre atenta, la mujer que no sospecha absolutamente nada. Y lo hacía con una precisión que le dolía en los huesos, porque sabía que cada sonrisa era una mentira… pero ya no era la única que mentía en esa casa.

—Huele delicioso, Ottavia —dijo Nereo entrando al comedor, abotonándose la camisa y besándola en la frente con la misma rutina de siempre—. Siempre haces que todo parezca en orden. Como si nada pudiera salir mal aquí.

Ella le sirvió el café con movimientos tranquilos, sin dejar de sonreír. —¿Por qué habría de salir mal? Tenemos todo lo que podríamos desear.

—Así es —respondió él, sentándose y abriendo el periódico, ajeno a que cada palabra que decía era una puñalada que ella aprendía a soportar—. Los negocios van bien, los hijos están bien… somos afortunados.

—Muy afortunados —repitió ella, y la palabra le pesó en la lengua como plomo. Se quedó de pie junto a la mesa, observándolo con esos ojos nuevos que ahora veían todo lo que antes no quiso notar: la prisa con la que terminaba de desayunar, la forma en que revisaba el teléfono cada pocos segundos, la sonrisa que se le escapaba al leer un mensaje que no se molestaba en ocultar—. ¿Te escribe alguien importante? —preguntó con voz natural, como si fuera una curiosidad cualquiera.

Nereo levantó la vista un instante, algo sorprendido. —Ah… sí, un socio. Nada de qué preocuparse. Solo coordinamos una reunión.

—Entiendo —dijo Ottavia, y asintió con calma—. Pues que tengas un buen día.

—Igualmente, querida —respondió él, terminando su café y poniéndose de pie—. Nos vemos en la cena. No me esperes despierta si me retraso.

—Nunca lo hago —respondió ella con una sonrisa dulce y fría a la vez—. Sé que tu trabajo te exige tiempo. Ya estoy acostumbrada.

Nereo le dedicó una última sonrisa y salió por la puerta. En cuanto escuchó el coche alejarse, Ottavia se sentó y respiró hondo, apretando las manos sobre el regazo. “Un socio”, pensó. “Claro. Y se llama Beatrice Sorrentino”.

Por la tarde, fue a visitar a Elena. Su hija estaba en casa, y cuando la vio entrar, la recibió con un abrazo cariñoso. —¡Mamá! Qué bueno que viniste. Justo iba a llamar a Beatrice, queremos organizar una cena este fin de semana. ¿Te gustaría venir?

Ottavia sintió que el estómago se le encogía, pero se sentó con naturalidad en el sofá y sonrió. —Claro que sí. Será agradable reunirnos. ¿Y cómo está Beatrice? Hace días que no la veo.

—¡Está muy bien! —respondió Elena con entusiasmo, sin sospechar absolutamente nada—. Me contó que ha estado viendo a alguien, pero no me quiere decir quién. Dice que es un secreto por ahora. ¿No es emocionante?

—Emocionante, sí —dijo Ottavia, sintiendo cómo la sangre se le helaba en las venas—. ¿Y te dio alguna pista? ¿Alguien que conozcamos?

Elena se encogió de hombros, sonriendo. —Dijo que sí lo conocemos, pero que por ahora guarde el secreto. Ya sabes cómo es ella, le gustan las sorpresas. O tal vez tenga miedo de lo que pensemos…

—¿Miedo de lo que pensemos? —repitió Ottavia con suavidad—. ¿Por qué tendría miedo? Nuestra casa siempre ha sido su casa. La queremos como a una hija.

—Lo sé, mamá. Por eso no entiendo por qué lo oculta —dijo Elena, y luego rió bajito—. Aunque… bueno, tal vez sea alguien que no nos parezca adecuado. O alguien mayor, quizás.

Ottavia sintió que el aire se le escapaba. —¿Mayor? —preguntó con voz firme, sin que temblara ni un ápice.

—Solo son suposiciones mías —dijo Elena, sin darle importancia—. No le he preguntado más. Pero sea quien sea, espero que la haga feliz. Se merece lo mejor.

—Todos nos merecemos lo mejor —dijo Ottavia, mirando a su hija a los ojos con una intensidad que la hizo parpadear—. Y nadie debería conformarse con menos. ¿No crees?

—Claro que creo —respondió Elena, sin comprender del todo el peso de esas palabras—. Oye, ¿te pasa algo, mamá? Me miras de una forma extraña.

—Para nada, cariño —dijo Ottavia, y le acarició el cabello con ternura—. Solo estoy pensando en lo afortunada que eres de tener personas que te quieren de verdad. Eso vale más que todo el oro del mundo. Y duele muchísimo cuando descubres que no siempre es así.

Elena la abrazó de nuevo. —Eres tan sabia, mamá. Todo lo ves tan claro.

—No todo —murmuró Ottavia contra el hombro de su hija—. Pero estoy aprendiendo a ver lo que antes no quería mirar.

Esa noche, durante la cena familiar, todos estaban reunidos: Marco, Dario, Elena y Nereo. Las risas llenaban la mesa, se hablaba de negocios, de proyectos, de todo menos de la verdad que flotaba en el aire como un fantasma. Nereo estaba animado, contando anécdotas y bromeando, y Ottavia lo observaba en silencio, anotando cada detalle, cada gesto, cada vez que su mirada se perdía en el vacío como si pensara en otra persona.

—¿Estás bien, mamá? —le preguntó Dario, notando que apenas había tocado su comida—. Has estado muy callada esta noche.

Ella levantó la vista y sonrió con calma. —Solo estoy escuchando. Me gusta verlos así, todos juntos. No cambiaría este momento por nada.

—Y a nosotros nos encanta tenerte así —dijo Nereo, tomándole la mano sobre la mesa con un gesto cariñoso y público—. Eres el corazón de esta familia, Ottavia. Sin ti nada funcionaría.

Ella apretó su mano con firmeza, sin retirarla. —Me alegra que lo creas, Nereo. Espero que recuerdes esas palabras cuando menos te lo esperes.

—Siempre las recuerdo —respondió él, sonriendo con esa confianza que le daba saber que ella nunca lo cuestionaría.

Pero Ottavia ya no era la misma mujer que había creído ciegamente en sus palabras. Mientras todos seguían conversando y riendo, ella pensó con claridad: “¿Cuánto tiempo? ¿Cuántos meses, cuántos años han estado engañándome así? ¿Cuántas cenas, cuántas celebraciones, cuántas noches como esta mientras se burlaban de mí? Lo averiguaré todo. Y cuando lo sepa… ya no habrá vuelta atrás”.

Cuando la cena terminó y los hijos se despidieron, abrazándola y diciéndole lo mucho que la querían, Ottavia se quedó de pie en la entrada viéndolos irse. Nereo se acercó a ella y le puso los brazos por la espalda, apoyando la barbilla en su hombro.

—Fue una noche hermosa, ¿verdad? —le susurró—. Así debe ser siempre. Tú y yo, nuestros hijos, esta casa… todo perfecto.

Ottavia se giró despacio hacia él y lo miró a los ojos, profundamente, como si quisiera grabarse su rostro antes de que todo cambiara. —Sí, Nereo. Todo perfecto. Pero a veces las cosas no son lo que parecen. Y cuando se descubre la verdad… nada vuelve a ser igual.

Él frunció el ceño levemente, pero sonrió de todos modos. —Qué profunda estás hoy. No dejes que la imaginación te juegue malas pasadas. Todo está bien.

—Lo sé —respondió ella, y le devolvió la sonrisa con una dulzura que lo dejó tranquilo—. No te preocupes. Yo sé exactamente lo que hago.

Y mientras él se alejaba hacia la sala, Ottavia se quedó allí de pie, en silencio, jurando para sí misma que no dejaría que nadie la volviera a engañar. Con ojos nuevos y corazón endurecido, empezaba a contar los días. Y a planear el momento en que la mentira se derrumbaría por completo.

—¿Vas a salir? —preguntó Nereo, deteniéndose en la puerta con la chaqueta en la mano—. Te veo muy arreglada.

Ottavia se ajustó el collar con calma, sin dejar de sonreír. —Voy a visitar a Elena y luego haré algunas compras. Nada especial. ¿Y tú? ¿Tienes mucho trabajo hoy?

—Sí, bastante —respondió él, revisando que llevaba el teléfono en el bolsillo—. Reuniones todo el día. Quizás llegue tarde. No me esperes para cenar.

—Como siempre —dijo ella, acercándose y arreglándole solapa con manos firmes—. Entiendo perfectamente. El trabajo es lo primero.

Nereo la miró con alivio, creyendo cada palabra. —Eres comprensiva, Ottavia. Afortunadamente te tengo a ti. No sé qué haría sin tu tranquilidad.

—No te preocupes por eso —respondió ella, clavándole la mirada con dulzura helada—. Yo estoy aquí. Siempre atenta. Observando cada detalle.

Él sonrió, le dio un beso rápido en la mejilla y salió. Y en cuanto la puerta se cerró, Ottavia se quedó mirando el espacio vacío y murmuró bajito:

—Sí, estoy viendo todo. Y pronto sabrás cuánto he visto.

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Mirna Vargas olortegui
Ya cansa con lo mismo que se dicen y hacen.
Monica Raquel Martin
es muy gracioso ella le reclama la traición pero ella no se queda atrás,
Leonela Soledad Trejo
como que recién se conocen y avanzaron como 20 pasos
Rossy Bta
Hola , estoy confusa como que 10 años de matrimonio y tiene hijos adultos algo no cuadra
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