Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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La orden que rompió al clan
La nieve caía sin descanso, cubriendo los patios de la fortaleza con un manto blanco y silencioso, como si el propio mundo estuviera de luto. Eran apenas las primeras horas de la mañana cuando las trompetas sonaron de nuevo, pero esta vez no fueron las de la guardia. Fueron trompetas imperiales, resonando con arrogancia ante las puertas del Clan Licano.
Lord Kael, Lady Mira, Rian, Elara y todo el consejo se reunieron en la entrada. Frente al puente levadizo, esperaban cincuenta soldados con armaduras doradas y púrpuras, flanqueando a un mensajero que sostenía un pergamino sellado con el sello del Emperador. No había saludo, ni palabras de cortesía. El hombre levantó la voz para que todos lo oyeran, y su tono fue frío, autoritario, sin rastro de piedad:
«Por orden de Su Majestad el Emperador: Se ha probado que Rian Licano, hijo de Lord Kael, ha atacado tropas del Imperio en territorio neutral y ha vendido secretos militares al enemigo. Es culpable de alta traición. Se exige su entrega en el plazo de tres días. Si para el tercer día no está en manos de los representantes del trono, todo el Clan Licano será declarado enemigo del Imperio. Se procederá al arresto de todos sus miembros y la confiscación de todas sus tierras.»
El pergamino se cerró con un golpe seco.
—Ese es el mandato —dijo el mensajero—. Cumplidlo, o sufriréis las consecuencias.
Se marcharon sin esperar respuesta. Las puertas se cerraron tras ellos, y el silencio que siguió fue más pesado que la nieve que caía fuera.
En el salón del trono, la tormenta estalló de inmediato. Lord Brenan, el anciano que ya había mostrado su desconfianza, se puso de pie de un golpe, con el rostro endurecido por el miedo.
—¡Debemos entregarlo! —gritó, sin rodeos—. ¿Queremos que todos muramos por la culpa de uno? El Imperio no hace estas cosas sin pruebas. Si lo acusan, es porque hay razones. ¡Rian debe ir!
—¡No he hecho nada! —rugió Rian, golpeando el suelo con el puño—. ¡Es una mentira! ¡Una trampa, igual que la emboscada del valle! ¡Quieren eliminarme porque saben que soy el que los enfrenta!
—¿Y qué si lo es? —replicó Brenan, con voz cortante—. ¿Prefieres que arda toda la fortaleza? ¿Que mueran niños, ancianos, mujeres, por tu orgullo? El Imperio es poderoso. No podemos vencerlos. Entreguémoslo y quizás nos dejen en paz.
—¿Paz? —intervino Elara, horrorizada—. ¿Crees que si lo entregan, nos dejarán tranquilos? En la historia original, esto fue solo el principio. Después de Rian, vendrán por Darien. Por Zora. Por mí. Por padre. No se detendrán hasta que no quede ninguno de nosotros.
—¡Tu historia no nos sirve ahora! —le espetó Brenan, girándose hacia ella con desprecio—. Todo esto empezó cuando tú empezaste a hablar de sueños y de cambiar el destino. Si hubiéramos aceptado el matrimonio, si hubiéramos sido sumisos como debimos, nada de esto estaría pasando. ¡Tú nos metiste en esto, y ahora quieres que todos paguemos el precio de tu arrogancia!
El consejo se dividió en dos bandos irreconciliables. Unos, con Brenan a la cabeza, exigían la entrega de Rian para "salvar al clan". Otros, encabezados por los guerreros más leales, se negaban a entregar a uno de los suyos, llamándolo cobardía y traición. Las voces se alzaron, los puños se apretaron, y la familia, que debía estar unida, se encontró partida por la mitad.
Lord Kael permanecía sentado en su trono, con la mirada perdida, como si cada palabra lo golpeara. No hablaba. No se movía. Porque en su interior, el conflicto era insoportable: entregar a su propio hijo, o condenar a todo su pueblo a la guerra y a la muerte.
—Padre —dijo Rian, acercándose a él, con la voz quebrada—. Sabes que soy inocente. Sabes que es una trampa. Si me entregan, me matarán. Y luego vendrán por los demás. No lo hagas. Luchemos.
—¿Y cuántos caerán? —preguntó Lord Kael en un susurro, como si hablara consigo mismo—. ¿Cuántos hombres, mujeres y niños morirán por resistir? El Imperio tiene ejércitos inmensos. Nosotros estamos solos. Sin aliados. Sin ayuda. Si luchamos, todos morimos. Si lo entrego… al menos el resto sobrevive.
—¡No sobrevive nadie si entregas a tu familia! —gritó Elara, desesperada—. ¡Eso es lo que ellos quieren! ¡Dividirnos para destruirnos uno por uno! ¡Padre, por favor! ¡No sigas el camino que está escrito! ¡Ese camino termina con todos nosotros muertos!
Pero Lord Kael levantó la mano, y su gesto fue el de un hombre que ya había tomado una decisión que le destrozaba el alma.
—Dame tres días —dijo, con voz ronca, sin mirar a nadie—. Tres días para pensarlo. Nadie hable de esto fuera de estas paredes. Nadie tome partido. Esperad.
Se levantó y salió del salón sin mirar atrás. Lady Mira lo siguió con la mirada, con lágrimas en los ojos, sabiendo que su esposo estaba a punto de cometer el error que el destino había marcado desde el principio. Rian se quedó solo en el centro de la sala, con el rostro pálido pero firme. Elara lo miró, y supo que nada de lo que dijera podría cambiar lo que venía. El destino original se estaba cumpliendo, paso a paso, aunque ella hubiera llegado para evitarlo.
Porque Lord Kael, el hombre que amaba a su hijo, estaba a punto de elegir el sacrificio. Y esa elección, la que creía que salvaría a su pueblo, sería la que lo destruiría para siempre.
Fuera, el viento aullaba con más fuerza. El invierno eterno ya no era una amenaza lejana. Estaba aquí, en cada copo de nieve, en cada aliento que se condensaba en el aire, en el frío que empezaba a calar los huesos de todos los que vivían dentro de esos muros. Y en tres días, la primera gran tragedia del libro se cumpliría: Rian sería entregado, juzgado y ejecutado. Y con él, moriría la esperanza del Clan Licano.
Elara se quedó sola en la sala vacía, apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en las palmas. Había cambiado tanto… y sin embargo, el destino la estaba venciendo. Porque no era solo el Imperio el enemigo. Era el miedo de los suyos. La duda de su padre. La convicción de que rendirse era la única forma de sobrevivir. Y contra eso, su fuego y sus advertencias apenas podían hacer nada.
—Lo siento, Rian —susurró con lágrimas que se helaron en sus mejillas—. Lo intenté. De verdad lo intenté. Pero el destino… el destino es más fuerte que yo.