Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.
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El compromiso forzado
La mañana llegó con lluvia fina que golpeaba los cristales del despacho ducal, un sonido monótono que combinaba perfectamente con el tono de voz de los tres hombres que esperaban a Tony. Eran los emisarios de la casa Della Torre: tres nobles con trajes demasiado ricos y modales demasiado rígidos, como si el orgullo les pesara más que el oro.
Tony entró apoyada en su bastón, despacio, sin prisa. Se detuvo frente al escritorio donde Alessandro ya esperaba con el documento extendido sobre la madera oscura.
—Antonia —dijo el Duque, sin preámbulos—. La alianza con los Della Torre es irrompible. Tu madre prometió su mano a su heredero antes de fallecer. El matrimonio se celebrará en quince días. No hay discusión.
«Regla 52 de ChicleFM: el compromiso de la madre muerta siempre aparece justo cuando la protagonista empieza a ganar terreno. Conveniente, ¿no?», pensó, acercándose al pergamino. No lo tomó de inmediato. Se inclinó un poco, leyendo despacio, como si cada palabra pesara.
—Entiendo —dijo al cabo de un momento, sin levantar la vista—. Una promesa sagrada. Unión de casas. Futuro del ducado. Muy noble. Muy… predecible.
El mayor de los Della Torre, un hombre de nariz afilada y mirada fría, intervino con voz cortante:
—El contrato está firmado y sellado. La ley no admite excepciones. Vengo a llevarme la confirmación hoy mismo.
Tony levantó la vista, con una sonrisa suave, casi educada.
—¿La ley? Qué maravillosa palabra. Me encanta la ley. Tiene tantas cláusulas pequeñas que la gente suele olvidar leer.
Señaló una línea cerca del final, con el dedo índice sin tocar el pergamino.
—Aquí dice: «Este compromiso tendrá validez únicamente si la prometida acepta libremente sus términos al alcanzar la mayoría de edad». Y aquí, en el párrafo tercero: «Cualquier modificación o derogación requerirá la firma de ambas partes en presencia de tres testigos nobles».
Se enderezó, apoyándose en el bastón, tranquila.
—El documento que ustedes traen tiene una derogación de esa cláusula firmada únicamente por mi madre. Sin mi consentimiento. Sin testigos. Es decir… no vale nada. Es un borrador bien presentado, nada más.
El hombre palideció.
—Eso… eso es un tecnicismo. El espíritu del acuerdo es lo que cuenta.
—El espíritu es muy bonito —respondió Tony, con tono de quien comenta un cuadro—. Pero en derecho, señor, solo cuentan las firmas. Y las fechas. Y las testigos. Cosas aburridas, lo sé, pero imprescindibles. Si me hubieran traído el documento correcto, lo habría considerado. Esto… es papel sellado sin valor legal.
Alessandro la miró, sorprendido. No esperaba que conociera el derecho sucesorio ni los detalles de los contratos matrimoniales. Menos que los encontrara en menos de un minuto.
—¿Estás segura de lo que dices, Antonia? —preguntó, con una advertencia en la voz—. Romper esta alianza puede costarnos cara.
—Estoy segura de lo que dice el papel —respondió ella sin titubear—. Si quieren casarse conmigo, negocien con un contrato válido. Mientras tanto, no soy propiedad de nadie. Ni de ustedes, ni de este documento, ni de nadie que crea que puede decidir mi futuro antes de que yo nazca.
Los Della Torre intercambiaron miradas. Sabían que ella tenía razón. Sabían que no podían forzarla sin provocar un escándalo legal. Con una reverencia seca y tensa, recogieron el pergamino y salieron del despacho, con la dignidad herida y la misión fracasada.
La puerta se cerró. Quedaron solos: padre e hija, la lluvia afuera, el silencio denso entre los dos. Alessandro se recostó en su sillón, entrelazando los dedos.
—Los has echado —dijo, no como reproche, sino como constatación—. Has anulado veinte años de acuerdos políticos en cinco minutos.
—Firmaron mal el papel —respondió Tony, sencilla—. No es mi culpa que no revisen lo que escriben.
—No es solo eso —él la miró fijamente—. Sabías exactamente dónde buscar la falla. Como si ya lo hubieras leído antes.
Tony sintió el peso de esa mirada, pero no se inmutó.
—Leí el derecho sucesorio la semana pasada. Parece prudente, siendo heredera.
Alessandro no respondió de inmediato. Abrió un cajón del escritorio y sacó un pergamino más antiguo, de tono amarillento, con un sello de cera roja que ya se había agrietado. Lo deslizó sobre la madera hacia ella.
—Entonces lee esto —dijo, bajo—. Esto no es un contrato de alianza. Es un compromiso de sangre. Firmado por tu abuela Isabella y la casa de Monteverdi. Mucho antes de que nacieras.
Tony tomó el pergamino con manos que no temblaban, aunque algo en su interior se tensó. Leyó. Y el aire se le escapó un instante.
No era un matrimonio arreglado por conveniencia. Era un pacto antiguo, sellado con sangre, entre las dos familias. La verdadera Antonia —la niña que había nacido aquí, la que había muerto antes de tiempo— estaba prometida a Dante Monteverdi no por política, sino por deuda de sangre. Una protección a cambio de un vínculo que no se podía romper con tinta ni con leyes humanas.
—Esto… no es legal —alcanzó a decir, aunque sabía que no era verdad.
—Es más antiguo que las leyes que citaste hace un momento —dijo Alessandro, grave—. Y Monteverdi no pide tu mano por capricho. Viene a cobrar lo que le deben. Y nadie lo ha rechazado jamás y ha seguido con vida.
Tony dejó el pergamino sobre la mesa. Había ganado la batalla del contrato. Había echado a los Della Torre. Había burlado el tropo del matrimonio forzado… pero había descubierto algo mucho más peligroso.
El compromiso de sangre no era ficción. No era un cliché que podía anular con una frase. Era real. Estaba vigente. Y Monteverdi no era un pretendiente cualquiera. Era el acreedor.
—¿Cuándo vendrá? —preguntó ella, en voz baja.
—Ya está aquí —respondió el Duque—. Llegó anoche. Y te espera mañana al mediodía en el salón de los espejos.
Tony salió del despacho con el bastón golpeando cada escalón con un ritmo seco, decidido. Había ganado el tropo. Había dicho no. Había demostrado que no era una pieza que se mueve sin preguntar. Pero el precio era alto: el verdadero trato no era con los Della Torre. Era con él. Y esa deuda no se podía resolver buscando una cláusula mal escrita.
«Gané la batalla legal», pensó, mirando la lluvia caer sobre el patio de piedra. «Pero acabo de descubrir que el guion tiene cláusulas que no aparecen en el contrato. Y la próxima escena… no la puedo anular con derecho».
Alguien la observaba desde el pasillo opuesto, entre las sombras de un tapiz. No se acercó. No habló. Solo esperó. Y Tony, al cruzar el umbral, sintió la certeza fría de que el verdadero juego apenas comenzaba.