A sus 48 años, Solange Barreto es una fuerza de la naturaleza. Viuda desde hace quince años y al frente de la constructora y firma de arquitectura más grande e importante del país. Su vida gira en torno a su imperio y su familia, conformada por su hijo mayor Santiago de 28 años —quien vive con su esposa Carol y sus dos hijos en la gran mansión de Solange bajo la excusa de "no dejarla sola"— y su hija menor Sáhara, una talentosa jefa de marketing casada con un reconocido neurocirujano.
El orden inquebrantable de su mundo cambia radicalmente cuando, durante un almuerzo en el restaurante de su íntima amiga Yamilet de Sánchez (junto a su contadora Martha de Benavides), escucha una voz que hace latir su corazón con fuerza desbocada. Se trata de Ismael Fermín Muñoz, un antiguo amigo de la universidad convertido en un magnate de 50 años, dueño de conglomerados financieros, centros comerciales y resorts.
El reencuentro enciende una chispa inmediata.
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LAS PIEZAS DEL ROMPECABEZAS Y LA CONFESIÓN INVOLUNTARIA
El aire en el despacho presidencial de la torre Barreto se cortaba con un cuchillo. Tras el violento atentado en la autopista del este, la seguridad en el edificio había pasado a un nivel de máxima alerta. Ningún visitante externo ingresaba sin una doble verificación biométrica, y los accesos privados al piso treinta y cinco estaban blindados con personal de confianza absoluta.
Solange caminaba despacio frente al ventanal panorámico que ofrecía una vista nocturna de la ciudad iluminada. En su mente no cabía la menor duda: aquel ataque no había sido un arrebato de delincuencia común. Los sicarios sabían exactamente la ruta, el horario y el tipo de vehículo en el que se movilizaba. Alguien muy cercano, alguien que conocía sus movimientos cotidianos y que tenía un motivo de peso para desear su muerte, había ordenado la ejecución.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Roberto ingresó al despacho con paso firme, sosteniendo una carpeta de cuero negro y una memoria USB. Su rostro serio y endurecido por los años de experiencia en seguridad privada revelaba que los resultados de la investigación exprés ya estaban sobre la mesa.
—Diga, Roberto. ¿Qué encontró? —preguntó Solange sin volverse aún, manteniendo la vista fija en las luces lejanas de la avenida.
—Fuimos a fondo, señora Solange. Rastreamos las placas de la camioneta abandonada en el viaducto y cruzamos llamadas sospechosas en la zona industrial —comenzó Roberto, depositando la carpeta sobre la caoba del escritorio—. El vehículo estaba registrado a nombre de un testaferro con antecedentes por extorsión, vinculado directamente a una red de sicariato conocida en los bajos fondos. Pero lo más importante no es quién jaló el gatillo, sino quién pagó por el servicio.
Solange giró lentamente sobre sus talones. Sus ojos castaños brillaban con una intensidad fría y calculadora.
—Hable con nombres, Roberto. ¿Quién firmó mi sentencia?
—La transferencia inicial para contratar a estos mercenarios provino de una cuenta off-shore digitalizada, pero el rastro digital nos condujo a un teléfono prepago que hizo múltiples llamadas a un motel de categoría media en las afueras de la ciudad —explicó el jefe de seguridad, abriendo la carpeta y mostrando una serie de fotografías impresas—. El número de ese teléfono está registrado a nombre de una persona muy cercana a su entorno familiar, y las cámaras de seguridad del motel captaron a la persona que realizó el pago en efectivo con joyas de alta gama. La mujer que contrató al sicario es su nuera, Carol.
Un silencio sepulcral, denso y cargado de una furia milimétrica envolvió la habitación. Aunque Solange conocía de sobra la ambición desmedida y la vileza de Carol, escuchar que había cruzado la línea del asesinato por encargo superaba cualquier cálculo de maldad que hubiera imaginado. Su propio hijo, Santiago, vivía bajo el mismo techo con una criminal que había intentado quitarle la vida.
—¿Santiago sabe algo de esto? —preguntó Solange, y su voz sonó tan baja y peligrosa que hizo que Roberto enderezara aún más la postura.
—Los informes preliminares indican que el joven vive en una burbuja de negación absoluta, preocupado únicamente por sus deudas y su orgullo herido. Es muy probable que ella lo haya manipulado con la excusa de "darle un susto", o bien que él sea cómplice pasivo de su locura, pero las pruebas contra la señora Carol son irrefutables —respondió Roberto con absoluta seguridad.
Solange se acercó al escritorio, tomó las fotografías y las observó con detenimiento. Las facciones de Carol en las imágenes de las cámaras de seguridad del establecimiento clandestino reflejaban una mueca de desesperación y codicia. La leona herida no iba a limitarse a una simple demanda judicial; la traición se pagaba con la destrucción total.
—No vamos a llamar a la policía todavía, Roberto —ordenó Solange con una calma helada, levantando la vista hacia su jefe de seguridad—. Quiero que me consiga la dirección exacta del motel donde se refugian, y necesito que disponga un equipo de vigilancia discreto alrededor de ese edificio. Mañana por la mañana, iré personalmente a cobrar esta factura. Que nadie se entere de este movimiento. Quedamos así.
Mientras tanto, en la estrecha y lúgubre habitación del motel de las afueras, la atmósfera era sofocante. Las horas transcurrían con lentitud agónica. Santiago seguía sentado en el borde de la cama, devorado por la ansiedad y mirando fijamente su teléfono móvil apagado, esperando el milagro de que alguien del corporativo le devolviera la llamada o le perdonara la vida financiera.
Carol, en cambio, paseaba de un lado a otro con una copa de vino barato en la mano, intentando calmar el temblor de sus dedos. El silencio en las noticias locales durante la tarde la había desconcertado. Ningún reporte de un accidente fatal en la autopista del este; ningún titular anunciando la muerte de la matriarca. ¿Habría fallado El Alacrán? ¿Se habrían cruzado imprevistos en la carretera?
—Santiago, deja de mirar ese aparato maldito y escúchame —exigió Carol con tono cortante, deteniéndose frente a su esposo—. Algo salió mal. Tenía que haber noticias al mediodía.
—¿De qué hablas? ¿Qué noticias esperas? —preguntó el joven con fastidio, levantando la mirada hacia ella con los ojos enrojecidos por la falta de sueño.
—De nada, cosas mías... preocupaciones por nuestra situación —mintió Carol rápidamente, sintiendo que un sudor frío le recorría la espalda al percatarse de que había estado a punto de delatar su propio crimen. Si Santiago llegaba a descubrir que había intentado asesinar a su madre, el poco control que le quedaba sobre él se desmoronaría por completo.
Lo que Carol ignoraba es que las horas de impunidad estaban contadas. El cerco se había cerrado, y la mujer a quien intentó destruir estaba a punto de cruzar la puerta para impartir su propia y implacable justicia.