Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 5: Mandalas y secretos
Los días siguientes se convirtieron en una rutina.
Llegaba al hospital a las nueve, dejaba mi mochila en la biblioteca, y subía a la sexta planta. Nicolás siempre me esperaba con una sonrisa y un libro nuevo, aunque sabía que no necesitaba excusas para verme.
A veces le leía en voz alta. Otras, simplemente nos sentábamos en silencio, mirando por la ventana cómo las nubes pasaban. Pero la mayoría de las veces, me enseñaba a dibujar mandalas.
—No soy buena en esto —dije, mirando mi círculo lleno de líneas torcidas.
—Eres buenísima. —Él se inclinó sobre mi hoja y señaló una línea. —Mira, aquí has hecho un patrón. No te das cuenta, pero tu mano sabe lo que hace.
—Mi mano no sabe nada. Solo hace garabatos.
—Los garabatos también son arte. —Tomó mi lápiz y lo giró entre sus dedos. —¿Sabes qué me gusta de los mandalas?
—¿Qué?
—Que no hay errores. —Dibujó un círculo alrededor del mío, perfecto y simétrico. —Cada línea, cada curva, cada pequeña imperfección forma parte del todo. No importa si te sales del trazo. Eso también es parte del dibujo.
—Es una bonita manera de verlo.
—Es la única manera de verlo. —Dejó el lápiz y me miró. —Como la vida. No importa si te equivocas. Todo forma parte del camino.
—Incluso las maldiciones.
Él sonrió, pero no dijo nada. Se limitó a esperar.
Y yo, sin saber por qué, empecé a hablar.
—Mi abuela era una mujer increíble —dije, con la voz baja. —Tenía el pelo blanco y los ojos más verdes que he visto nunca. Me enseñó a leer antes de que fuera al colegio. Me enseñó a querer los libros. Y también me enseñó la maldición.
—¿Cómo?
—Cuando tenía doce años, me sentó en su habitación y me dijo: "Valeria, hay algo que debes saber sobre nuestra familia. Las mujeres de esta casa aman con demasiada fuerza. Y ese amor, cuando es verdadero, puede matar."
—¿Y tú le creíste?
—Vi a mi madre besando a mi padre. —Mi voz se quebró. —Lo vi con mis propios ojos. Él dejó de respirar durante tres minutos. Y luego, cuando volvió a hacerlo, nunca fue el mismo. Su corazón se debilitó. Y tres meses después, murió.
Nicolás no dijo nada. Solo tomó mi mano y la apretó con suavidad.
—Mi abuela también lo vivió —continué. —Mi abuelo murió en sus brazos, después de que ella lo besara. Y ella me dijo que era mejor no enamorarse nunca. Que el amor era un veneno que corría por nuestra sangre.
—¿Y por qué no te dijo que lo evitaras?
—Porque ella sí amó. —Levanté la vista y lo miré. —A pesar de todo, amó a mi abuelo hasta el último día. Y me dijo que, aunque el amor duele, también es lo único que hace que la vida merezca la pena.
—Tu abuela era una mujer sabia.
—Era una mujer que sufrió mucho.
Nicolás se inclinó hacia mí y apoyó su frente contra la mía.
—Yo también he sufrido mucho —susurró. —He estado enfermo desde que nací. He visto a mis padres llorar. He visto a mis amigos irse. He visto la muerte tan de cerca que casi puedo tocarla. —Su voz se volvió más suave. —Pero nunca, nunca, había sentido algo como lo que siento cuando estoy contigo.
—¿Qué sientes?
—Paz. —Separó su rostro del mío y me miró a los ojos. —Cuando estoy contigo, el miedo desaparece. Las agujas, los médicos, las noches sin dormir... todo eso deja de importar. Solo importas tú.
—Nicolás...
—No tengas miedo de quererme, Valeria. —Tomó mi cara entre sus manos. —No tengas miedo de lo que pueda pasar. Porque pase lo que pase, estos días contigo ya han valido la pena.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—No quiero perderte.
—No vas a perderme. —Sonrió, con esa sonrisa suya, tan cálida y tan frágil. —Voy a estar aquí, en tus recuerdos, siempre que me necesites. En cada libro que leas, en cada poema que recites, en cada mandala que dibujes.
—Eso no es suficiente.
—Es todo lo que puedo ofrecerte.
Y entonces, sin pensar, lo besé.
No fue un beso suave ni lento. Fue un beso desesperado, urgente, como si el tiempo se nos estuviera acabando. Como si cada segundo contara. Como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente.
Nicolás me devolvió el beso con la misma intensidad, con las manos enredadas en mi pelo y el corazón latiéndome contra el pecho.
Y cuando separamos los labios, él seguía respirando.
Yo también.
—¿Ves? —susurró, con los ojos brillantes. —No pasa nada.
—Pero si pasa...
—Entonces será porque así tenía que ser. —Me acarició la mejilla con el pulgar. —Y habrá valido la pena. Cada segundo. Cada beso. Cada momento contigo.
No supe qué responder.
Así que me limité a abrazarlo.
Y allí, en la habitación 612, con los mandalas colgando de las paredes y el sol entrando por la ventana, me dejé querer por primera vez en tres años.
Sin miedo.
Sin culpa.
Sin maldición.
Solo amor.