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Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:80
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.

Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.

Hasta que un día dejó de aguantar.

Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.

Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

—Valentina —dijo Andrés en voz baja, pero con firmeza—. A partir de este mes, los gastos de la casa los vamos a dividir entre los dos.

La mano de Valentina se detuvo justo frente a la boca de Mateo. El niño la tenía abierta de par en par, esperando la cucharada que no llegaba.

Valentina levantó la vista despacio.

—¿Cómo que dividir? ¿Por qué?

Andrés tomó aire antes de continuar:

—Mi mamá quiere ayudarle a Gabriel a comprar una casa. Así que cada mes tengo que aportar cuatrocientos dólares más para eso.

Todos se quedaron callados, mirándose entre sí. La sala se hundió en un silencio repentino; solo se oía el ventilador viejo rechinando en la esquina.

Valentina recorrió con la mirada, una por una, las caras de la familia de su esposo que ocupaban la sala. Doña Carmen sorbía su té con toda tranquilidad. Luciana tecleaba en el celular junto a su hija Sofía. Gabriel miraba al piso rascándose la nuca.

Mientras tanto, Valentina tragó saliva con amargura. En cinco años de matrimonio, jamás había cuestionado a dónde iba a parar el dinero de su marido.

Todo ese tiempo había sido ama de casa: atendía a su esposo, criaba a sus dos hijos y mantenía el hogar en orden. Nunca se quejó del presupuesto tan ajustado que le daban, aunque sabía perfectamente que Andrés ganaba tres mil dólares al mes.

Valentina tampoco le había prohibido a su marido cubrir los gastos de sus padres y hermanos. Cada mes, Andrés le entregaba setecientos dólares a su madre para la hipoteca de su casa. A Luciana, su hermana divorciada, le daba trescientos cincuenta. Y a Matías, el menor que acababa de entrar a la universidad, le destinaba trescientos cincuenta entre colegiatura y la mensualidad de su moto.

Normalmente, a Valentina le quedaban mil dólares al mes, de los cuales doscientos cincuenta se iban en la escuela privada de Santiago. Con los setecientos cincuenta restantes, Valentina se las arreglaba para la comida, la luz, el agua, la leche y los pañales de Mateo, y la cuota del vecindario.

A Andrés le quedaban trescientos cincuenta para sus propios gastos: gasolina y lo que fuera surgiendo. Y los últimos doscientos cincuenta se guardaban como ahorro conjunto para emergencias.

—¿Y por qué la casa de Gabriel la tiene que pagar también mi esposo? ¿Gabriel no trabaja y tiene su propio sueldo? —preguntó Valentina con calma, cuidando el tono de su voz—. ¿Por qué lo que se recorta siempre es lo de nuestra casa?

Mateo empezó a quejarse porque la cucharada no llegaba. Valentina volvió a darle de comer por inercia, aunque su cabeza ya era un nudo.

Antes de que Andrés pudiera contestar, doña Carmen chasqueó la lengua con fuerza.

—¡Ay, por favor! El sueldo de Gabriel es una miseria —soltó, cortante—. Apenas le alcanza para él. Y el mes que viene ya va a tener esposa.

Valentina observó a la mujer unos segundos. Después sonrió apenas. Una sonrisa más fría que amable, una sonrisa que contenía rabia.

—Entonces recórtenle la parte a cada quien de la familia de Andrés. Porque el dinero que él me da a mí a veces ni siquiera alcanza —respondió, y la puntada fue directa. Hacía mucho que se tragaba la frustración. La familia de Andrés vivía colgada de él como si fuera su obligación.

El ambiente se congeló. Luciana levantó la cabeza de golpe. Doña Carmen frunció el ceño como una navaja.

—¿Cómo que no te alcanza? Eso es porque eres una derrochadora —escupió doña Carmen.

Valentina respiró hondo. Su voz se volvió más clara:

—Todo sube de precio, señora. El dinero que me da Andrés casi nunca alcanza. Todavía tengo que pagar la escuela de Santiago, comprar la leche y los pañales de Mateo, la luz, el agua, y además...

Un puñetazo cayó sobre la mesa con tanta fuerza que todo tembló. La taza de té se volcó y empapó el mantel.

Mateo se sobresaltó y rompió a llorar. Su cuerpecito se aferró al pecho de Valentina, temblando.

—Mami... la abuela da miedo...

—Shh, cariño, no pasa nada, aquí está mami —Valentina lo levantó en brazos enseguida y le frotó la espalda. Pero sus ojos seguían clavados en doña Carmen.

—¡Escúchame bien, Valentina! Andrés tiene responsabilidades con su familia. Es su deber ayudar a sus hermanos cuando lo necesitan —bramó la mujer.

Valentina se puso de pie despacio, con Mateo en brazos. Una mano sostenía al niño que lloraba; su cuerpo se mantuvo erguido.

—Señora, sus hijos y yo somos la responsabilidad principal de Andrés —dijo con firmeza, y luego clavó la mirada en su esposo—. No sus hermanos.

Andrés se estremeció. Había algo en los ojos de su mujer que nunca había visto. Una valentía nueva. Un desafío abierto contra su familia.

—¡No te creas tanto, Valentina! —saltó Luciana con veneno—. Si Andrés tiene éxito es gracias a nosotros, a su familia, que siempre lo apoyamos.

—¡Exacto! —se sumó doña Carmen al instante—. Tú nomás vives de gorra.

Don Eduardo, callado hasta ese momento, intervino:

—Si eres tacaña con la familia, la prosperidad se te va a cerrar, Valentina.

Valentina soltó una risa breve. Fue suficiente para que todos se callaran. No se reía porque le pareciera gracioso. Se reía porque por fin entendía algo: durante años, sus sacrificios fueron vistos como una obligación, mientras que la ayuda de Andrés a su familia era considerada una virtud.

—Lo que deberías hacer es trabajar —la picó doña Carmen otra vez—. En lugar de vivir del dinero de mi hijo.

—Así es —Luciana se cruzó de brazos—. Lo único que haces es sentarte en la casa. Andrés se mata trabajando todos los días, hasta haciendo horas extras.

Valentina las miró a las dos, una tras otra. Su mirada bajó hasta las uñas recién pintadas de Luciana. Luego, hasta la pulsera de oro en la muñeca de doña Carmen. Y después se miró a sí misma: las manos agrietadas de tanto lavar, las uñas rotas, la blusa manchada con papilla de Mateo. ¿Y ellas decían que no hacía nada?

Con calma, dejó a Mateo de vuelta en su silla. Tomó aire largo.

—Está bien —su voz salió serena—. Si según ustedes yo no trabajo y lo único que hago es rascarme la panza en esta casa —dijo, recorriéndolos a todos con la mirada—, entonces a partir de ahora voy a cobrar por cada cosa que hago aquí.

Andrés frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con eso?

Valentina sonrió apenas.

—Que voy a cobrar por cada tarea que haga en esta casa.

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