Valeria pensó que su vida se había terminado el día que su padre la obligó a casarse por negocios. El acuerdo familiar era absoluto: debía unirse a Ismael, el heredero de 24 años de la hacienda vecina, un hombre frío al que apenas conocía. Lo que Valeria no imagina es que Ismael odia esa tradición tanto como ella y esconde un secreto: ha construido una empresa millonaria en la ciudad y planea vender las tierras familiares para liberarlos a ambos.
Obligados a mudarse a la gran ciudad para mantener las apariencias, tendrán que convivir bajo el mismo techo compartiendo sábanas, mentiras y roces eléctricos. Pero cuando el juego de actuar como la pareja perfecta empieza a derretirse bajo el calor de las aguas termales de la costa y el asfalto urbano, las frías reglas de su sociedad financiera saltan por los aires. ¿Podrán conseguir la libertad sin perder el corazón en el intento? Una historia de amor forzado, secretos y superación.
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CAPITULO 4. EL PESO DEL ENCAJE BLANCO
Las últimas veinticuatro horas antes de la boda pasaron ante mis ojos como una película borrosa de la que yo no formaba parte. En la hacienda de mi padre, el caos se había adueñado de cada rincón. Los camiones de los proveedores entraban y salían del patio principal descargando cajas de champán, arreglos florales gigantescos y mesas supletorias para el banquete. Escuchaba los gritos de mi padre desde el despacho, ordenando a los capataces que limpiaran hasta el último rincón de las bodegas porque vendrían los compradores más importantes del país. Para él, mi boda no era un sacramento ni el inicio de mi vida; era la feria empresarial más grande de su carrera.
En mi habitación, el ambiente era asfixiante. Mi madre y las dos costureras se habían instalado allí desde el amanecer. El vestido de novia colgaba de la viga central del techo, cubierto por una fina sábana protectora que esta mañana retiraron con una solemnidad que me dio escalofríos. Era un diseño pesado, cargado de encaje antiguo y una falda con tantas capas de tul que parecía una jaula transitable.
—Pruébatelo otra vez, Valeria —insistió mi madre por quinta vez en el día, con los ojos brillando de una emoción que yo era incapaz de compartir—. Hay que asegurarse de que el ajuste de los hombros sea milimétrico. No quiero que nada falle mañana. La familia de Ismael es muy meticulosa con las formas.
Me levanté de la cama como un autómata y dejé que me deslizaran la tela fría por los brazos. Mientras abrochaban la interminable hilera de botones de perla de mi espalda, me miré en el espejo de cuerpo entero. La imagen que me devolvía el cristal me resultaba completamente ajena. Una chica pálida, con ojeras sutiles por la falta de sueño y los labios apretados en una línea recta. Parecía una muñeca de porcelana lista para ser expuesta en un escaparate, no una mujer a punto de casarse.
—Te ves hermosa, hija —susurró mi madre, acomodándome un mechón de pelo detrás de la oreja. Su voz flaqueó un segundo y vi un destello de melancolía en sus ojos—. Sé que ahora te parece duro. Yo también pasé por esto cuando tu padre me trajo a esta hacienda. Pero con el tiempo te acostumbras. Ismael es un buen muchacho, es educado y respetuoso. Aprenderás a quererlo, ya lo verás.
—¿Tú lo quisiste, mamá? —le pregunté, rompiendo mi silencio con una voz que sonó más rota de lo que pretendía—. ¿O simplemente te resignaste a que este fuera tu único valor en la vida?
Mi madre se tensó. Las costureras bajaron la vista, fingiendo estar muy concentradas en hilvanar el bajo de la falda. Mi madre tragó saliva, dio un paso atrás y recuperó su expresión rígida de siempre, esa máscara que llevaba usando veinticinco años.
—El deber está por encima del amor, Valeria. Cuanto antes lo entiendas, menos sufrirás —sentenció con frialdad antes de salir del cuarto, dándole una orden rápida a las mujeres para que terminaran de recoger los alfileres.
Cuando por fin me libré de aquel armatoste blanco y las costureras se marcharon, la tarde empezó a caer, tiñendo mi habitación de sombras alargadas. Me senté en el alféizar de la ventana, abrazando mis rodillas. Mañana a esta hora ya no dormiría en este cuarto. Ya no sería Valeria Manuel, la hija menor del exportador de vinos. Sería la esposa de Ismael, una extraña en una hacienda vecina, atada a un hombre que me había advertido claramente que nos esperaba una tormenta.
Un par de golpecitos suaves en la madera de la puerta me sacaron de mis pensamientos. No esperé a que entrara mi madre con más catálogos; sabía perfectamente quién llamaba de esa manera tan discreta.
—Pasa, Aarón —dije en voz alta.
La puerta se abrió y mi hermano menor se deslizó hacia el interior, cerrando el pestillo con cuidado. Traía la ropa de trabajo manchada de barro y el pelo revuelto, señal de que mi padre lo había tenido doblando el lomo en los campos más alejados como castigo por su impertinencia en la cena de la dote. Sin embargo, en sus manos traía un pequeño plato con unas galletas de almendra que sabía que eran mis favoritas.
—Te he robado esto de la cocina antes de que el chef del banquete me cortara las manos —dijo con una sonrisa cansada, sentándose en el suelo, apoyando la espalda contra mi cama.
Me bajé de la ventana y me senté a su lado, en la alfombra, aceptando la galleta aunque no tenía nada de apetito. Solo por el gesto de mi hermano, valía la pena intentarlo.
—Gracias —susurré, dándole un mordisco sutil—. Te han tenido trabajando duro hoy, ¿verdad?
Aarón se encogió de hombros, restándole importancia, aunque vi cómo se frotaba las manos doloridas por las herramientas.
—El viejo quería tenerme lejos para que no montara un espectáculo hoy. Cree que voy a secuestrarte en mitad de la noche —soltó una risa amarga—. Aunque, sinceramente, si me lo pidieras, lo haría. Sigo teniendo el coche con el depósito lleno detrás del granero, Valeria. Podemos irnos. Cruzamos la frontera y que el viejo se quede con sus viñedos y sus contratos firmados.
Miré a mi hermano a los ojos. El amor que sentía por él era lo único real en esa casa plagada de hipocresía. Precisamente por ese amor, sabía cuál era mi papel. Recordé las palabras de Ismael en el jardín: "Te sugiero que hagas lo mismo si no quieres que tu padre destruya a ese hermano tuyo". Mi padre era capaz de desheredar a Aarón, de quitarle cualquier oportunidad de futuro e incluso de hundirlo legalmente usando sus influencias en el pueblo si yo escapaba.
—No voy a irme a ninguna parte, Aarón —le dije con firmeza, colocándole una mano en el hombro—. Ya lo hemos hablado. No voy a dejar que arruines tu vida por salvar la mía. Además... hablé con Ismael el otro día en el jardín.
Aarón abrió mucho los ojos, sorprendido.
—¿Hablaste con el témpano? ¿Y qué te dijo? ¿Te amenazó? Te juro que si te faltó al respeto yo mismo voy a buscarlo a su hacienda y...
—No, no —lo interrumpí de inmediato, suavizando el tono—. No hizo nada de eso. De hecho, fue muy claro. Odia esto tanto como nosotros. Me dijo que solo lo hace por la salud de su padre, porque Don Alfonso está muy enfermo tras el infarto. Ismael no busca un trozo de tierra, solo quiere proteger a su familia.
Aarón se quedó callado unos instantes, procesando la información. Dejó caer la cabeza hacia atrás, suspirando.
—Vaya... al menos no es el monstruo codicioso que es nuestro padre. Pero aun así, Valeria, te vas a mudar con un extraño. Vas a compartir tu vida con alguien que apenas conoces. Me muero de la rabia por no poder cambiar las cosas para ti.
—Estaremos bien —le aseguré, intentando sonar convencida para aliviar la culpa que veía en sus ojos—. Mañana daré el "sí" porque es lo que me toca, pero mi mente y mi corazón siguen siendo míos. Nadie puede comprar eso.
Nos quedamos abrazados en el suelo de mi cuarto durante mucho tiempo, viendo cómo la luz de la luna entraba por la ventana, marcando el final de mi última noche de libertad. Los nervios me corroían el estómago por dentro, convirtiéndose en un nudo insoportable. No sabía qué me depararía el día de mañana, pero mientras escuchaba los ruidos distantes de la fiesta que mi padre ya preparaba abajo, cerré los ojos rezando para que el amanecer tardara un poco más en llegar.