Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo XXII El despertar de un sentimiento
Tras ordenar que enviaran a la residencia todas las prendas que Emma había seleccionado en la boutique, Damián la llevó de regreso al penthouse. El día no había terminado como ella lo planeó, pero al menos la intervención de su prometido había evitado un desastre mayor.
Al cruzar el umbral, Damián le indicó a la ama de llaves que podía retirarse a descansar, dejándolos completamente a solas en el amplio departamento.
—Gracias por lo de hoy... —susurró Emma, apenas audible, rompiendo el silencio del vestíbulo.
—Solo hice lo que me correspondía. No podía permitir que te faltaran el respeto —respondió Damián, manteniendo una postura distante mientras se desabrochaba los primeros botones de la camisa.
—Sí, lo sé... Sé que solo cuidas la imagen de tu apellido, pero aun así te lo agradezco —reiteró Emma, sosteniéndole la mirada con dignidad.
Damián recortó la distancia entre ellos a pasos lentos y calculados. Su figura imponente la envolvió hasta acorralarla suavemente contra la pared contigua al pasillo.
—No se trata solo del apellido, Emma —advirtió Damián con una voz grave y dominante que le erizó la piel—. Eres mía, y lo que es mío nadie lo toca.
—Sí... ya me quedó bastante claro —murmuró Emma, visiblemente nerviosa ante la abrumadora posesividad de Damián—. Ahora estoy muy cansada y quiero irme a mi habitación.
Emma intentó esquivarlo para avanzar por el pasillo, pero entre los nervios, el cansancio acumulado y la debilidad de su cuerpo, perdió el equilibrio y estuvo a punto de colapsar sobre el sofá de la sala.
Damián, impulsado por un reflejo instantáneo, se lanzó hacia ella y la sujetó por la cintura, quedando recostado a escasos centímetros de su rostro sobre los cojines de cuero.
—¿Estás bien? —preguntó Damián con una preocupación tan genuina y transparente que le transformó la mirada.
—Sí... estoy bien —respondió ella con el pecho agitado, sintiendo el peso y el calor del cuerpo de Damián sobre el suyo.
—Debes tener más cuidado —comentó él, suavizando por completo el tono de su voz mientras le apartaba un mechón de cabello de la mejilla.
—Soy muy torpe, perdón... —susurró Emma, incapaz de romper el contacto visual.
—No eres torpe, Emma —murmuró Damián, rozando con la yema del pulgar el pómulo de la joven—. Eres la mujer más inteligente, valiente y hermosa que he conocido.
Las palabras de Damián hicieron que Emma bajara la guardia por completo. Su corazón comenzó a latir con una fuerza salvaje en su pecho. En un movimiento inconsciente provocado por la ansiedad y la turbación, se mordió levemente el labio inferior.
Ese gesto inocente terminó por despertar el impulso primario que Damián llevaba días reprimiendo.
—Eso es una provocación, pequeña... —susurró él con la voz enronquecida.
Sin darle tiempo a responder, Damián inclinó el rostro y se adueñó de sus labios en un beso profundo, cargado de una pasión contenida que hizo vibrar el aire entre ambos. Al principio, Emma se tensó; un destello de pánico cruzó su mente por el recuerdo instintivo de los maltratos de su pasado. Pero la firmeza cálida y la devoción con la que Damián la besaba disiparon el temor en segundos.
Dejándose llevar por primera vez en su vida por lo que su cuerpo exigía, Emma soltó un leve suspiro contra su boca y enredó sus dedos en el cabello de Damián, correspondiendo al beso con una entrega repentina que los tomó a ambos por sorpresa.
—¿Debo detenerme? —preguntó Damián en un murmullo agitado, alejándose apenas unos centímetros para mirarla a los ojos.
—Aún no estoy lista... perdón —susurró Emma, escondiendo el rostro en el pecho de Damián, avergonzada y confundida por la intensidad de lo que acaba de sentir.
—No tienes nada de qué disculparte —respondió Damián con suavidad, besándole la coronilla antes de incorporarse con cuidado y ayudarla a ponerse de pie—. Ve a descansar a tu habitación.
Emma asintió en silencio y caminó a pasos apresurados hacia su cuarto.
Al quedar solo en la inmensidad de la sala, Damián se pasó las manos por el rostro y soltó un largo suspiro, tratando de controlar sus instintos. Deseaba con todas sus fuerzas ir tras de Emma y hacerla suya esa misma noche, pero entendía a la perfección que forzar las cosas sería retroceder en todo lo que había logrado construir con ella hasta ahora.
Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Emma se dejó caer sobre el frío piso de su habitación, abrazando sus rodillas mientras sentía el corazón desbocado contra su pecho.
El miedo la invadió de nuevo, pero esta vez la razón era completamente distinta: ya no le temía a lo que Damián o su propio padre pudieran hacerle. Ahora le temía a sus propios sentimientos. Nunca antes había perdido el control de esa manera; ni siquiera cuando Rodrigo le pidió que fuera su novia había sentido ese remolino de pasión y necesidad.