Elisa Raven pesaba 127 kilos y vivía invisible… hasta que el chico que amaba y su novia la humillaron públicamente, rompiendo su corazón y su dignidad. Pero aquel día no terminó su historia: comenzó su transformación. Con esfuerzo brutal, disciplina de hierro y la guía inesperada de un ex-militar que vio en ella lo que nadie supo ver, Elisa se reconstruyó: cuerpo, mente y alma. Ahora ya no es la misma. Brilla, lidera, inspira… y quienes la despreciaron hoy miran hacia arriba, desde donde ella ya no los ve. Ella no buscó venganza: buscó ser ella misma. Y lo logró. Su ex la perdió… y el mundo entero la encontró: la reina que nació para reinar.
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Capítulo 15: Mía empieza a sentir que su trono se tambalea
Mía lo notó antes de que Adrián mismo fuera consciente de ello. Porque las reinas perciben cuando algo amenaza su corona, incluso antes de que el suelo empiece a moverse. Y yo me había convertido en la grieta por la que se le colaba el miedo.
Empezó con detalles minúsculos que nadie más parecía captar: Adrián dejaba de escucharla cuando yo entraba en la habitación. Sus ojos la abandonaban a mitad de frase para buscarme a mí. Al pasar cerca, su respiración se alteraba levemente, casi imperceptible… pero para Mía era un estruendo.
Una tarde, en la entrada de la cafetería, yo llegué justo cuando ellos dos salían. Adrián se detuvo en seco. Mía chocó contra su hombro al no seguir su paso.
—¿Qué te pasa? —le preguntó, con voz afilada como una aguja, y luego siguió la dirección de su mirada hasta mí—. ¿Ah, claro? Otra vez ella. Siempre ella.
Adrián parpadeó y fingió indiferencia, aunque no apartó la vista de mí.
—No digas tonterías, Mía. Solo… me pareció que tenía algo que decirme. Eso es todo.
—¿Algo que decirte? —repitió ella, soltando su brazo con un gesto airado—. ¿O es que te gusta mirarla? ¿Te gusta ver cómo cambia mientras yo sigo igual? ¿Te aburrí ya, Adrián?
Él abrió la boca para responder, pero yo pasé a su lado con calma, sin prisa, sin mirar a ninguno de los dos. Sin embargo, al cruzarme con él, solté bajito:
—El miedo sienta mal, ¿verdad, Mía? Se siente igual que la humillación. ¿Te gusta?
Me fui dejándolos atrás. No necesité mirar para saber que se quedaron callados, tensos, con la pelea instalada entre ambos como una cuña que yo misma había puesto allí. Que peleen entre ellos. Que se consuman con sus propias manos. Mi trabajo no es destruirlos: es crecer tanto que ellos mismos se caigan al no poder seguir mi paso.
Pero Mía no se quedó de brazos cruzados. Al día siguiente, en el vestuario, aprovechó que estábamos solas para acorralarme junto a las taquillas. Se acercó con su perfume caro y su sonrisa perfecta deformada por el rencor.
—Escúchame bien, gorda —siseó, bajito y venenosa—. No sé qué trama con Adrián, ni qué le has dicho para que te mire así. Pero te advierto algo: yo soy la reina aquí. Tú eres solo una equivocación que se está arreglando. No te confundas con mis miradas. Si quieres paz, desaparece. Si quieres guerra… te la doy. Y no sobrevivirás.
La miré a los ojos, serena, sin retroceder un milímetro. Y entonces le sonreí. Una sonrisa tranquila, completa, que la descolocó.
—Mía, pobre de ti —le dije con suavidad—. Tú no eres reina. Te sientas en un trono que te prestaron, y el dueño se está olvidando de dártelo. Y cuando se lo quite… ¿qué serás sin tu corona? ¿Quién te mirará? ¿Quién te recordará?
Su rostro se puso pálido y luego encendió de furia. Dio un paso hacia mí con la mano levantada, pero yo la detuve sujetándole la muñeca con firmeza, con una fuerza que la sorprendió.
—No lo intentes —le advertí, bajando la voz hasta volverse un susurro helado—. Ya no soy la chica que dejaste caer aquel día. Ahora te levanto. Y te destruyo si quiero. Piénsalo bien antes de tocarme.
La solté con un empujón leve que la obligó a retroceder tambaleante. Me sequé la mano en mi pantalón como si hubiera tocado algo sucio y salí del vestuario dejándola allí de pie, con la boca entreabierta y los ojos llenos de terror. Porque acababa de darse cuenta de la verdad más terrible: yo ya no le tenía miedo. Y si yo no le tenía miedo… ella no tenía poder.
Esa tarde, desde lejos, la vi observarme en el patio mientras Adrián me buscaba con la mirada una vez más. Mía apretaba los puños con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. Y supe que su trono crujía con cada paso que yo daba. Bien merecido le tiene. Los tronos construidos sobre la humillación ajena siempre terminan por derrumbarse. Y yo soy el terremoto que lo derribará.