Eimy jamás imaginó que una simple conversación por chat cambiaría su vida. Todo comenzó cuando conoció a un hombre que pertenecía al Ejército. Al principio solo eran mensajes, pero con el paso de los días nació una conexión especial que poco a poco se convirtió en amor. Después de muchas conversaciones, Eimy decidió darle una oportunidad a sus sentimientos y aceptar estar con él. Sin embargo, cuando pensaba que por fin había encontrado al hombre indicado, descubrió una verdad que jamás esperaba: él tenía esposa. Ahora Eimy deberá decidir si luchar por ese amor o alejarse antes de terminar con el corazón roto.
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Capítulo 23 Mi hija
Narra Leandro
Finalmente llegó el mensaje que llevaba horas esperando.
Yo todavía estaba en el trabajo, pero en ese momento estaba libre y podía revisar el celular. Había estado pendiente de Amy desde que me había dicho que tenía dolores y que iría al hospital acompañada de su mamá.
Cuando vi que tenía un mensaje de ella, inmediatamente lo abrí.
Era una foto.
Me quedé completamente quieto.
En la pantalla estaba la bebé.
Tenía una ropita rosada tan linda y se veía pequeñita, tranquila, como si estuviera dormida.
Sentí un montón de cosas al mismo tiempo.
—Mi hija... —murmuré.
Volví a mirar la fotografía.
—Mi hija, pues...
No podía dejar de verla.
Amy me había contado durante meses cómo iba creciendo la barriga, me había mandado ecografías y me había enseñado cada cambio por videollamada. Pero ahora tenía frente a mí una fotografía de la niña que había estado esperando.
Le respondí inmediatamente.
—Está hermosa, Amy. Gracias por mandarme la foto.
Pocos segundos después apareció otro mensaje.
—Ajá, paisa. ¿Quieres verla?
Le respondí:
—Claro que sí.
Entonces me llamó por videollamada.
Contesté de una.
—Hola, Amy.
—Hola, Leandro.
—¿Cómo estás?
—Cansada, pero bien.
—¿Y la niña?
Amy acomodó el teléfono para que pudiera verla.
Cuando apareció en la pantalla, me quedé sin palabras.
Ahí estaba.
Mi hija.
La pequeña tenía puesta aquella ropita rosada que había visto en la fotografía.
—Uy, juepucha... —dije bajito—. Mirá esa muñequita.
Amy sonrió.
—Ajá, aquí está.
—Es pequeñita.
—Sí.
Yo me acerqué un poco más a la pantalla, como si así pudiera verla mejor.
—¿Está dormida?
—Ajá.
—Qué cosa tan bonita, pues.
Amy soltó una pequeña risa.
—Desde que nació ha estado bastante tranquila.
—¿Y vos cómo estás?
—Estoy bien, paisa. Un poquito cansada, pero bien.
—Eso es lo importante.
Seguí mirando la pantalla.
No podía creer que después de todo lo que había ocurrido, finalmente estaba viendo a mi hija.
—Amy, gracias por llamarme.
—Te dije que no quería que viajaras.
—Sí, yo sé.
—Pero tampoco quería que te quedaras sin verla.
—Y te lo agradezco muchísimo.
Amy acercó un poquito más el teléfono para que pudiera verla.
—Mira.
—Ay, no...
Me salió una sonrisa.
—Es mi hija, pues.
—Sí.
—Tiene esa ropita rosada que me mandaste en la foto.
—Ajá.
—Está preciosa.
Amy se quedó callada por unos segundos.
—¿Quieres verla otra vez?
—Obvio, pues.
Ella volvió a enfocar a la bebé.
Yo permanecí observando la pantalla.
Pensé en todos los meses que habían pasado. En cómo había empezado todo, en los errores que había cometido, en la pérdida de confianza y en todo lo que había tenido que hacer para que Amy volviera a hablar conmigo.
Ahora estaba allí, viendo a mi hija por una videollamada.
No había podido viajar porque Amy me había pedido que no estuviera presente ese día, y yo había respetado su decisión. Pero aquella llamada significaba mucho para mí.
—Amy.
—¿Qué?
—Gracias por dejarme verla.
—De nada, paisa.
—Y gracias por confiar nuevamente en mí.
Ella asintió.
—Poco a poco.
—Sí. Poco a poco.
Volví a mirar a la bebé.
—¿Ya tiene nombre?
Amy me miró.
—Todavía estamos pensando.
—Bueno, pues. Cuando lo decidamos, quiero estar pendiente.
—Sí.
—Y quiero conocerla cuando vos estés preparada.
Amy asintió.
—Eso se hablará después.
—Está bien.
No insistí.
Sabía que Amy todavía tenía sus límites y que debía respetarlos.
La videollamada continuó unos minutos más. Yo seguía mirando a la pequeña mientras Amy me contaba cómo había sido todo.
—Bueno, paisa, tengo que descansar.
—Sí, claro. Descansá.
—Te mando más fotos después.
—De una.
Antes de terminar la llamada, volví a mirar a la bebé.
—Chao, pequeña —dije con una sonrisa—. Tu papá te está viendo desde lejos.
Amy sonrió ligeramente.
—Buenas noches, Leandro.
—Buenas noches, Amy. Cuidate mucho.
La llamada terminó.
Me quedé mirando la última fotografía que Amy me había enviado.
La amplié una vez más.
Ahí estaba mi hija, con su pequeña ropita rosada.
—Mi hija... —volví a murmurar.
Y aunque todavía había muchas cosas por resolver, aquella imagen iba a quedarse conmigo para siempre.