La madre de Estefanía siempre fue “la otra”. La amante secreta de un hombre rico. Y ella… la hija ilegítima que la familia Rosales mantiene lejos en un convento.
Cuando el imperio de los Castellanos queda al borde de la quiebra, Alexander Castellanos, el CEO de la familia quien sufrió un accidente quedando discapacitado y necesita de un bastón para caminar, acepta casarse con la hija de la familia Rosales para salvar los negocios.
Pero la madrastra de Estefanía idea un engaño cruel: enviarla a ella como la hija legítima, aprovechando que nadie conoce la existencia de la bastarda.
Deseando por fin salir del lugar donde ha estado por años, Estefanía acepta convertirse en la esposa por contrato de Alexander.
Lo que comienza como un acuerdo frío pronto se vuelve peligroso. Porque vivir bajo el mismo techo despierta una tensión imposible de ignorar, mientras los secretos amenazan con destruirlo todo.
Y cuando la verdad salga a la luz, ninguno estará dispuesto a perder lo que considera suyo.
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Las sospechas aumentan.
Alexander salió de la casa de sus padres con el ceño fruncido y el bastón golpeando suavemente el suelo de mármol.
La paciencia comenzaba a agotársele.
Toda aquella noche le parecía absurda.
La boda.
El contrato.
Las falsas sonrisas.
Y ahora el incómodo comportamiento de Estefanía con sus padres.
Estaba convencido de que la joven hacía algún tipo de berrinche silencioso.
Quizás estaba molesta por el matrimonio.
O porque sus padres la obligaron a casarse.
Después de todo, las niñas ricas estaban acostumbradas a dramatizar cualquier inconveniente.
Alexander avanzó hacia el automóvil sin molestarse en mirar atrás.
La puerta trasera permanecía abierta.
Estefanía entró rápidamente, pero con extremo cuidado de no tirar el pedazo de pastel que llevaba sobre una servilleta.
Se acomodó junto a la ventana y apenas el automóvil arrancó, dio el primer bocado.
Sus ojos literalmente brillaron.
El sabor dulce se derritió en su boca y un pequeño suspiro escapó de sus labios.
Alexander desvió apenas la mirada hacia ella.
La joven estaba completamente concentrada en el pastel.
Como si el mundo hubiera dejado de existir.
Otro bocado.
Y otro más.
Lo comía rápido, casi desesperadamente.
Alexander frunció ligeramente el ceño.
La observó un momento más.
Pero se sintió incómodo al ver como la joven deboraba la rebanada, como saboreaba sus labios cuando estos se manchaban.
No parecía alguien disfrutando un postre caro.
Parecía alguien muriéndose de hambre.
Y la realidad era mucho más cercana a eso.
Estefanía no había comido en todo el día.
Pero ya estaba acostumbrada.
En el convento las comidas eran pequeñas, simples y sin sabor.
Y los cumpleaños no eran diferentes.
A veces las monjas les daban una pequeña rebanada de pastel seco sin azúcar.
Nada parecido a aquello.
Por eso saboreó cada pedazo lentamente, intentando hacer durar el momento.
Alexander apartó la mirada hacia la ventana.
Otra vez esa sensación extraña.
Nada en ella encajaba con la imagen que tenía de los Rosales.
Cuando llegaron a la mansión, Alexander salió primero y caminó directamente hacia su despacho sin decir una sola palabra.
Necesitaba trabajar.
Necesitaba distraerse.
Necesitaba empezar a trabajar en su empresa.
Mientras tanto, Estefanía apenas entró a la casa se quitó las zapatillas con alivio.
—Gracias a Dios…
Sus pies ardían.
Subió rápidamente a su habitación cargando las zapatillas en una mano.
Se dejó caer sobre la cama enorme y encendió el teléfono con curiosidad.
La pantalla apenas iluminó su rostro cuando el aparato comenzó a vibrar.
Estefanía dio un pequeño salto antes de responder.
—¿Hola?
—¿Por qué no respondías?
La voz fría de la esposa de su padre atravesó el teléfono.
Estefanía tragó saliva.
—¿Qué ocurre?
—Mira, niña estúpida, fíjate cómo me hablas.
La joven bajó la mirada inmediatamente.
—No te metas en problemas. Solo sé obediente con los Castellanos.
La llamada terminó sin darle tiempo de responder.
Estefanía observó la pantalla apagada durante varios segundos.
Luego dejó lentamente el celular sobre la cama.
El silencio de la habitación volvió.
Suspiró cansada y se acomodó bajo las sábanas.
Ya era de noche.
Y por primera vez en años dormía fuera del convento.
Pero justo cuando comenzaba a cerrar los ojos, el fuerte sonido de algo rompiéndose abajo la hizo incorporarse de inmediato.
Guardo el pequeño celular entre sus pechos por si lo llegaba a necesitar.
Estefanía salió corriendo de la habitación.
Bajó las escaleras apresuradamente hasta llegar al despacho donde Alexander había entrado al llegar.
La puerta estaba entreabierta.
Empujó suavemente.
Alexander permanecía detrás del escritorio con una expresión oscura.
En el suelo, un enorme pisapapeles de cristal yacía hecho trizas.
El silencio dentro de la habitación era pesado.
—¿Está bien?
La pregunta salió antes de que pudiera pensarla.
Alexander levantó lentamente la mirada hacia ella, noto sus pies descalzos.
Y sus ojos se endurecieron de inmediato.
—¿Ya olvidaste la regla? Tienes prohibido entrar a mi despacho.
Estefanía soltó un pequeño suspiro.
—Lo siento.
Salió rápidamente de la habitación.
Alexander creyó que finalmente lo dejaría solo.
Pero apenas unos minutos después volvió a aparecer.
Esta vez llevaba una escoba y un recogedor.
Alexander la observó incrédulo.
—Déjalo. Dana lo hara.
—Es medianoche. La señora ya no está.
Sin esperar permiso comenzó a recoger cuidadosamente los pedazos de vidrio.
Alexander observó la escena en silencio.
—¿y tus zapatos?
Le pregunto y ella solo levantó los hombros.
No entendía por qué lo hacía ella misma.
Cualquier mujer de su círculo social nunca haría eso.
Entonces, sin querer, Estefanía golpeó el bastón apoyado junto al escritorio.
El bastón cayó al suelo.
El sonido seco tensó inmediatamente el ambiente.
Alexander apretó la mandíbula con fuerza.
Estefanía abrió los ojos alarmada.
—Perdón.
Lo levantó rápidamente y volvió a colocarlo en su lugar con cuidado.
—Ya quedó…
Se giró para salir nuevamente.
Pero la voz grave de Alexander la detuvo.
—Estaré muy poco tiempo en esta casa.
Ella volvió a mirarlo.
Alexander apoyó ambas manos sobre el escritorio antes de continuar.
—Solo necesito que estés disponible para cualquier reunión o evento donde tengas que acompañarme.
Estefanía dudó unos segundos antes de acercarse demasiado al escritorio.
Demasiado cerca de él.
Alexander tensó ligeramente el cuerpo sorprendido por la cercanía de la joven.
Ella parecía no darse cuenta.
—Casi no me gustan esos eventos…
Alexander soltó una risa seca.
—Empieza a acostumbrarte.
Estefanía jugueteó nerviosamente con el celular que acababa de sacar.
—¿Puede darme su número? Ya sabe… por si ocurre una emergencia.
Alexander negó lentamente, incapaz de creer la falta de educación de la hija de los Rosales.
Guardar el teléfono en el pecho.
Entrar descalza al despacho.
Comer pastel con las manos.
Nada en ella parecía refinado.
—Cualquier aviso importante se te hará llegar por medio del chofer. Y cuando no estés aquí, se te avisará en casa de tus padres.
Estefanía apretó ligeramente el celular.
No sabía cómo decirle que jamás la encontrarían ahí.
Porque aquella nunca había sido su casa.
—Estaba terminando la preparatoria… así que buscaré una escuela abierta, cuando no esté aquí estaré en la escuela.
Alexander arrugó ligeramente el entrecejo.
¿Preparatoria?
¿Cuántos años tenía exactamente?
La observó unos segundos más.
Demasiado joven.
—Haz lo que quieras.
Estefanía guardó el celular rápidamente antes de salir con la escoba y el recogedor.
El silencio volvió a llenar el despacho.
Alexander pasó una mano por su rostro cansadamente.
Aquella chica era extraña.
Muy extraña.
Y cada minuto que pasaba estaba más seguro de que la familia Rosales escondía algo. Pero ahora su prioridad era su empresa.
Mientras tanto, arriba en la habitación, Estefanía se acomodó bajo las sábanas suaves de la enorme cama.
El colchón era tan cómodo que sentía que se hundía.
Cerró lentamente los ojos.
Y por primera vez en muchos años… durmió profundamente.