Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 10
Cap 10: Ganas de verte
Emiliano miró la bolsa. Miró a la muchacha. No la ubicaba de nada.
—¿Y tú quién eres?
—Ay, qué directo. —Brenda soltó una risita y le extendió la bolsa—. Soy Brenda. Roomie de Dulce. Me pidió que te trajera esto, no podía venir. —Ladeó la cabeza, coqueta, jugando con un mechón—. Aunque yo con gusto. Ya te quería conocer. En persona se ve que estás mejor que en el cartel.
Emiliano tomó la bolsa. Adentro, doblada con un cuidado que él notó de inmediato, estaba su chamarra. Olía a jabón. Olía, por debajo, todavía un poco a ella.
—¿Por qué no vino?
—¿Perdón?
—Dulce. —Ni siquiera levantó la vista de la bolsa—. Quedó de venir ella. ¿Por qué no vino?
La sonrisa de Brenda se tensó en las orillas. Había cruzado el campus imaginándose otra escena: ella entregando la chamarra, él agradecido, una plática, un intercambio, algo. Y en vez de eso el galán del cartel sostenía la bolsa como si fuera lo único que le importaba del planeta y le preguntaba por otra.
Por Dulce. Por la que, según Dulce misma había dicho anoche en el cuarto, él había "confundido con Brenda". Mentira. Todo mentira. A este hombre no lo confundía nadie. A este hombre le brillaban los ojos por una y solo por una, y no era ella.
Algo se le agrió por dentro.
—Ah. Eso. —Brenda bajó la mano del mechón, y la voz le cambió sin que la cara lo hiciera—. Pues… mira, no sé si deba decirte, pero mejor que lo sepas por mí a que te enteres feo. Dulce no vino porque está en una cita. —Una pausa medida—. Con su novio.
Emiliano levantó la cara por primera vez.
—¿Su qué?
—Su novio. —Brenda abrió mucho los ojos, toda inocencia—. ¿No sabías? Sí, tiene novio. De hace tiempo. Por eso lo de la chamarra le dio tanta pena, ¿ves?, no quería malentendidos. Me pidió que te lo aclarara. Que muchas gracias por todo pero que ella ya está con alguien. —Se encogió de hombros, apenada—. Perdón, ¿eh? Se me hizo más justo decírtelo de frente.
Emiliano no dijo nada.
Por fuera no se le movió un músculo. Por dentro, algo se le cerró de golpe, una puerta pesada, con un ruido sordo que le llegó hasta el pecho. Novio. La palabra se le quedó atorada como una piedra. El teléfono. El "Dulcita" empalagoso de la llamada. El terror en los hombros de ella al colgar. Todo encajaba de la peor manera.
—Gracias —dijo, seco—. Por traer la chamarra.
Y se dio la vuelta, sin más, dejando a Brenda con la palabra en la boca y una despedida coqueta que ya no tenía a quién dársela.
Brenda se quedó viéndolo alejarse, con las uñas rojas clavándose en la palma.
"Me las vas a pagar", pensó, aunque ni ella habría sabido decir si se lo pensaba a Dulce, o a él, o al mundo entero. "Cien veces me las vas a pagar."
*
Emiliano caminó dos cuadras con la bolsa en la mano y la piedra en el pecho. Se sentó en una banca. Sacó el teléfono. Se quedó mirando el número que Dulce le había aceptado esa mañana, ese número nuevo, sin foto, sin nada.
Novio.
Debería borrarlo, se dijo. Un hombre con dignidad borraba el número y se iba a su casa y se olvidaba de la muchacha de la trenza. Un témpano, sobre todo. Un témpano no perseguía a una mujer que ya tenía dueño.
Marcó.
—¿Bueno? —La voz de ella, cauta.
—Soy yo.
Silencio del otro lado. Un silencio que a Emiliano le supo, aunque no debía, a esperanza.
—¿Emiliano? —Bajó la voz—. ¿Ya te llegó la…? ¿Te dieron la chamarra?
—Ya.
—Bueno. Pues… ya. Ya quedamos a mano.
—No mandaste a decir que tenías novio.
Otro silencio, este distinto. Confundido.
—¿Qué? Yo no… ¿quién te dijo eso?
—¿Es cierto?
—Emiliano, yo no mandé a decir nada. Nada más mandé la chamarra. Con Brenda.
Emiliano cerró los ojos. Con Brenda. La de la sonrisa que no llegaba a los ojos. Empezó a entender, de a poquito, que en esa historia del novio había gato encerrado, y que el gato tenía las uñas rojas.
Cuando volvió a hablar, la piedra del pecho se le había aflojado, y la voz le salió distinta. Más baja. Más suya.
—Tengo ganas de verte —dijo.
—…¿Qué?
—Lo que oíste. —Se recargó en la banca, mirando el cielo que ya estrellaba—. Te devolví la chamarra hace media hora y ya tengo ganas de verte. Está mal, ¿verdad? Está bien mal.
—Emiliano.
—Dime que no te dio gusto que te marcara.
—No me… —Dulce se enredó, y él oyó, clarito, cómo se enredaba—. No es que no me… mira, esto no puede… tú y yo no…
—Tú y yo qué.
—¡Nada! No hay tú y yo.
—Todavía.
—Emiliano. —Dulce se frotó la frente, caminando en círculos por el pasillo de la residencia—. En serio. Tú no me conoces. Andas diciendo "muñeca", "tengo ganas de verte", y ni sabes cómo soy. A lo mejor soy insoportable. A lo mejor ronco. A lo mejor mastico con la boca abierta.
—¿Roncas?
—…No.
—Entonces no me sirve. —Se le oía la sonrisa—. Ponme un defecto de verdad. A ver si me espantas.
—Soy terca.
—Yo también.
—Soy desconfiada.
—Con razones, por lo visto. Me parece bien.
—Te digo que no, y no cambio de opinión.
—Esa —dijo Emiliano, y la voz le bajó— todavía está por verse.
—Emiliano, en serio, ya. —Pero se le oía la sonrisa peleándose con el regaño, y él la oía, y se le esponjaba el pecho de oírla—. Voy a colgar.
—Cuelga.
—Voy a colgar de verdad.
—Nos vamos a volver a ver, Dulce. —Lo dijo tranquilo, seguro, como quien anota el marcador antes de que empiece el partido—. Mañana, o pasado, o cuando sea. Nos vamos a volver a ver. Y cuando eso pase, ya no me vas a decir que no hay tú y yo.
Dulce cerró los ojos. La voz grave, pegada a su oído por el teléfono, le dibujó una imagen que no había pedido: Emiliano inclinado sobre ella, mirándola con aquellos ojos oscuros, el aroma cítrico llenando el cuarto y la boca de él acercándose hasta borrar la última protesta. La fantasía duró un segundo. Fue suficiente para dejarle la piel caliente y el pulso desordenado.
Dulce no colgó. Se quedó con el teléfono pegado a la oreja, en el pasillo de la residencia, con la espalda en la pared y la cara caliente y una sonrisa tonta que no lograba borrarse por más que se mordía los labios.
—Buenas noches, Emiliano —dijo por fin, muy bajito.
—Buenas noches, muñeca.
Colgó. Se quedó abrazada al teléfono. Suspiró un suspiro que no le pidió permiso.
Y una voz, a treinta centímetros, dijo:
—Todo. Todititito lo que hablaron. Lo oí.
Dulce pegó un grito. Fer estaba parada justo a su lado, con los brazos cruzados, una ceja levantada y la sonrisa más ancha y más peligrosa del planeta.
—"Buenas noches, muñeca" —repitió Fer, poniéndose una mano en el pecho, imitando la voz grave de Emiliano tan mal que sonaba a resfriado—. Ay, Dul. Ay, Dulcita.
—Fer, no es lo que…
—No, no, no. —Fer levantó un dedo—. No me vengas con "no es lo que parece", porque parece exactamente lo que es, y lo que es está precioso. —La agarró de los dos brazos y la sacudió de pura emoción—. ¿Sabes cuánta gente daría un riñón por que ese le dijera "muñeca" por teléfono? ¿Un riñón, Dulce? ¡Los dos!
—No quiero que nadie me diga muñeca —protestó Dulce, zafándose, con la cara ardiendo.
—Mentira. —Fer la miró con los ojos entrecerrados, de detective—. Traes una sonrisa que no te cabe en la cara desde que colgaste. Esa sonrisa no miente aunque tú sí. Tú y yo tenemos que hablar. Ahora mismo.