En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 20: La víspera
Los cinco días siguientes pasaron demasiado rápido.
El palacio se llenó de invitados, flores y música. Llegaron nobles de todos los rincones del imperio, acompañados por carruajes cubiertos de oro y guardias vestidos de negro. Cada corredor fue decorado con rosas doradas, aunque Seraphina evitó tocarlas.
Durante las pruebas del vestido, varias costureras ajustaron la seda a su cuerpo. Mireya colocó sobre su cabello una corona delgada, pero Seraphina se la quitó de inmediato.
—No quiero llevar una corona antes de la ceremonia.
—¿Por qué?
—Porque todavía no he decidido si quiero ser emperatriz.
Mireya la observó con tristeza.
—¿Y qué habéis decidido?
Seraphina miró su reflejo. El vestido dorado era hermoso, pero ya no le parecía una cadena. Pensó en Aurelius, en su mano alrededor de su cintura y en la forma en que había dicho que el oro no apagaba su luz.
—He decidido que no permitiré que nadie elija lo que siento.
Aquella tarde, recibió la visita de lady Evelina.
La noble entró sin esperar permiso. Vestía un traje rojo oscuro y llevaba una joya en forma de rosa sobre el pecho.
—He venido a entregarte un consejo —dijo.
—No recuerdo habértelo pedido.
Evelina sonrió con dulzura fingida.
—La boda aún puede cancelarse.
Seraphina permaneció de pie junto a la ventana.
—¿Y por qué te interesa tanto?
—Porque el emperador merece una esposa adecuada para su posición.
—¿Y tú consideras que eres esa mujer?
—Mi familia pertenece a la corte desde hace generaciones. Conozco las leyes, las tradiciones y las responsabilidades de una emperatriz.
—Yo aprenderé.
—No tendrás tiempo. Aurelius no tolera los errores.
Seraphina se acercó.
—Tú no has venido a advertirme. Has venido a asustarme.
La sonrisa de Evelina desapareció.
—No sabes lo que ocurre con las mujeres que se acercan demasiado al emperador.
—¿Y tú sí?
—Sé que ninguna ha permanecido a su lado durante mucho tiempo.
Seraphina sintió una punzada de celos que intentó ocultar.
—Tal vez ninguna le importó.
Evelina inclinó la cabeza.
—O tal vez todas descubrieron quién es realmente.
Cuando se marchó, Seraphina se quedó mirando la puerta. No le gustaba la forma en que Evelina hablaba de Aurelius, como si conociera una parte de él que ella jamás podría alcanzar.
Al anochecer, Seraphina salió al jardín para despejarse. Caminó entre los rosales marchitos hasta llegar a una fuente de mármol. El agua reflejaba la luna y, en el centro, flotaban pétalos dorados.
—No deberías estar aquí sola.
Seraphina se volvió.
Aurelius estaba detrás de ella, vestido con una túnica oscura. No llevaba corona ni capa. Parecía cansado, pero su mirada se suavizó al verla.
—¿También va a ordenarme regresar?
—No.
—¿Entonces qué hace aquí?
—Buscándote.
La respuesta provocó un silencio incómodo.
Aurelius se acercó a la fuente.
—Evelina estuvo contigo.
—¿La vigilas?
—Vigilo a todos.
—¿También a ella?
—Especialmente a ella.
Seraphina lo miró con curiosidad.
—¿Por qué?
—Porque desea algo que no le pertenece.
—¿El trono?
—Tal vez.
Una brisa movió el cabello de Seraphina. Aurelius levantó la mano y apartó un mechón de su rostro. Esta vez no se detuvo de inmediato. Sus dedos rozaron suavemente su mejilla.
—Mañana puedes negarte frente a todos —dijo—. No te castigaré.
Seraphina sostuvo su mirada.
—¿Y mi familia?
—Protegeré Valdoria.
—¿Por qué?
—Porque es tu hogar.
El corazón de Seraphina se estremeció.
Aurelius retiró la mano.
—Duerme bien. Mañana será un día difícil.
—Aurelius.
Él se detuvo.
—¿Tiene miedo de la boda?
El emperador la miró durante largo rato.
—Tengo miedo de lo que ocurrirá después.
Y se marchó, dejando a Seraphina junto a la fuente, rodeada de pétalos dorados.