Todo comenzó cuando una joven se enamoró de un muchacho con un pasado lleno de errores. Él era conocido por meterse en problemas y vivir al margen de la ley, pero ella decidió creer que podía cambiar. Poco a poco, su amor logró transformar su manera de ver la vida, aunque el destino los puso a prueba cuando él terminó en la cárcel. Mientras él cumplía su condena, ella decidió esperarlo. Su amiga no dejaba de advertirle: «Mija deje ese hombre, usted está sufriendo demasiado». Pero, a pesar de las dudas y los obstáculos, y relaciónes íntimas aquel amor demostró ser más fuerte que cualquier distancia.
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Capítulo 25 — Un nuevo comienzo
Había comenzado una nueva etapa de mi vida.
Después de graduarme del colegio, decidí cumplir uno de mis sueños: estudiar Derecho.
Apenas estaba en el nivel de nivelación, así que todavía me estaba acostumbrando a la universidad. Todo era diferente al colegio. Había más lecturas, trabajos, exposiciones y profesores que exigían bastante.
Los primeros días llegaba a la casa con la cabeza llena de información.
—Mamá, yo creo que me voy a volver loca —decía dejando los cuadernos sobre la mesa.
Mi mamá se reía.
—Ay, mija, apenas está empezando.
—¡Es que vea todo lo que mandaron!
Pero, aunque a veces terminaba agotada, me gustaba la carrera.
Me llamaban mucho la atención las leyes, la manera en que funcionaba la justicia y cómo se analizaban los diferentes casos. Cada clase me hacía sentir que había tomado una buena decisión.
Además, no estaba sola.
Melany también estudiaba conmigo en la universidad.
Ella había terminado convirtiéndose en una persona muy importante para mí. Ya no era solamente la hija del hombre para quien Cristian había trabajado.
Con el tiempo se convirtió en mi amiga y, especialmente, en la madrina de Cristopher.
A mi hijo lo quería muchísimo.
Cuando iba a la casa, apenas veía al niño decía:
—¿Dónde está mi ahijado?
Cristopher ya la reconocía y se emocionaba cuando la veía.
—Venga, madrina —le decía yo riéndome—. Su ahijado está por allá haciendo de las suyas.
—Ese niño es una belleza.
Melany sabía prácticamente todo lo que yo había sufrido desde que Cristian había sido encarcelado.
Sabía de las cartas.
Sabía de las noches en las que yo lloraba.
Sabía lo difícil que había sido criar a Cristopher mientras estudiaba y trataba de seguir adelante.
Y también sabía que Cristian no había sido precisamente un hombre bueno.
Ella conocía su pasado y no intentaba justificarlo.
Pero entendía que yo lo quería y que seguía esperando el día en que pudiera volver a verlo.
Una tarde estábamos sentadas en la universidad descansando después de una clase.
Melany me miró.
—Amiga, usted tiene que estar tranquila.
—Yo trato, pero es difícil.
—Yo sé, mija. Usted ha sufrido demasiado por todo lo de Cristian.
Bajé la mirada.
—A veces me pongo a pensar en cuánto falta.
Melany me tomó de la mano.
—Pronto va a cumplir la condena que le toca y lo va a volver a ver.
Suspiré.
—Ojalá.
—Claro que sí. Pero mientras tanto usted tiene que seguir con su vida.
Me quedé pensando en sus palabras.
Ella tenía razón.
Yo no podía pasar catorce años llorando.
Tenía que estudiar.
Tenía que cuidar a mi hijo.
Tenía que construir mi propio futuro.
Y, sobre todo, tenía que ser fuerte por Cristopher.
Porque aunque algunas noches me encerraba en mi habitación y lloraba en silencio, nunca quería que mi hijo me viera así.
Cuando estaba con él trataba de sonreír.
—¿Quién es el niño más hermoso? —le decía mientras lo cargaba.
Cristopher se reía.
Y yo también.
Aunque por dentro estuviera cansada.
A veces mi mamá me encontraba después llorando.
—Mija, ¿otra vez?
Yo me limpiaba rápidamente las lágrimas.
—No quiero que Cristopher me vea llorando, mamá.
Ella me abrazaba.
—Está bien llorar, hija. Usted no tiene que ser fuerte todo el tiempo.
—Pero delante de él quiero estar tranquila.
—Y eso está bien. Solo no se guarde todo.
Yo asentía.
Mi mamá había sido mi apoyo durante todo aquel tiempo.
Sin ella, muchas cosas habrían sido mucho más difíciles.
Esa noche, después de terminar unos trabajos de nivelación, fui al cuarto de Cristopher.
Estaba dormido.
Me quedé mirándolo unos segundos.
—Mi amor, por usted voy a seguir adelante.
Le acomodé la cobija y sonreí.
Después miré sobre mi escritorio.
Ahí estaban mis cuadernos de Derecho y, al lado, las cartas que Cristian me había enviado durante aquel año.
Dos mundos diferentes.
Mi presente y una parte de mi pasado.
Guardé nuevamente las cartas y regresé a estudiar.
Todavía faltaba muchísimo camino.
Pero yo ya había aprendido algo:
No podía cambiar lo que había pasado.
Sí podía decidir qué hacer con mi vida a partir de ese momento.
Y por mi hijo, por mi mamá y también por mí, estaba decidida a seguir adelante.