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Amar Al Chico Equivocado

Amar Al Chico Equivocado

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor eterno
Popularitas:762
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Todo comenzó cuando una joven se enamoró de un muchacho con un pasado lleno de errores. Él era conocido por meterse en problemas y vivir al margen de la ley, pero ella decidió creer que podía cambiar. Poco a poco, su amor logró transformar su manera de ver la vida, aunque el destino los puso a prueba cuando él terminó en la cárcel. Mientras él cumplía su condena, ella decidió esperarlo. Su amiga no dejaba de advertirle: «Mija deje ese hombre, usted está sufriendo demasiado». Pero, a pesar de las dudas y los obstáculos, y relaciónes íntimas aquel amor demostró ser más fuerte que cualquier distancia.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24 — Un año después

Había pasado un año desde que Cristian había sido condenado.

Yo ya tenía diecinueve años y, aunque al principio sentía que quince años eran una eternidad, ahora había algo que me hacía sentir un poquito más tranquila.

Ya solamente faltaban catorce años para que Cristian saliera.

—Catorce años... —murmuré mientras miraba una de las cartas que me había enviado.

Sonaba muchísimo, pero por lo menos ya había pasado el primero.

Durante todo ese año nunca dejamos de comunicarnos.

Yo le escribía constantemente. A veces una carta larga, otras veces una más pequeña. Le contaba prácticamente todo lo que me pasaba.

Le hablaba de Cristopher, de mi mamá, de mis estudios, de cómo me había ido durante el día y hasta de las cosas más sencillas.

Y él siempre me respondía.

Eso era lo que más me gustaba.

Cuando mi mamá iba a visitarlo, regresaba con una carta para mí.

—Mija, vea, le mandó esto Cristian.

Yo dejaba lo que estuviera haciendo y la recibía emocionada.

—¿Sí me escribió?

—Sí, pues. Tome.

Me encerraba en mi cuarto y comenzaba a leer.

Era como sentir que, aunque estuviera lejos, seguíamos compartiendo una parte de nuestras vidas.

Cristian siempre preguntaba primero por Cristopher.

"¿Cómo está el niño?"

"¿Ya está caminando?"

"¿Qué hizo hoy?"

"¿Ya dijo alguna palabra nueva?"

Y yo le respondía absolutamente todo.

Incluso le contaba cuando el niño hacía alguna travesura.

—Su hijo sí salió inquieto, ¿ah? —le escribía.

Después me imaginaba su reacción al leer la carta.

Ese año también había sido importante para mí por otra razón.

Me gradué del colegio.

El día de la graduación estaba demasiado feliz. Tenía mi diploma en las manos y sentía que, después de tantas cosas, había conseguido terminar una etapa importante.

Cuando llegué a la casa, abracé a mi mamá.

—¡Mamá, me gradué!

—Ay, mija, estoy tan orgullosa de usted.

Nos abrazamos y las dos terminamos emocionadas.

Pero había alguien más a quien quería contarle.

Cristian.

Esa misma noche me senté a escribirle.

Le conté que había terminado el colegio y que quería seguir estudiando.

Pero esta vez tenía una carrera en mente.

Derecho.

La verdad, nunca había pensado demasiado en ser abogada.

Pero desde que Cristian había sido condenado, aquella carrera comenzó a llamarme la atención.

No porque creyera que podía cambiar mágicamente lo que había ocurrido.

Yo sabía perfectamente que Cristian había sido declarado culpable y que la justicia había tomado una decisión.

También sabía que, aunque yo estudiara Derecho, no podía simplemente borrar sus delitos ni cambiar su condena.

Pero quería entender las leyes.

Quería conocer cómo funcionaba la justicia.

Quizás algún día podría ayudar a otras personas que necesitaran orientación y no supieran cómo defender sus derechos.

Cuando se lo conté en la carta, esperaba cualquier respuesta.

Días después, mi mamá regresó de visitarlo.

—Mija, Cristian le mandó esto.

Tomé la carta rápidamente.

La abrí y empecé a leer.

Me había felicitado por graduarme.

También me decía que estaba orgulloso de mí y que siguiera estudiando.

Sonreí.

—Ay, Cris...

Guardé aquella carta junto a las demás.

Mientras tanto, criar a Cristopher tampoco había sido fácil.

Mi mamá me ayudaba muchísimo, pero yo también tenía que hacerme cargo del bebé mientras estudiaba.

Había días en los que apenas lograba sentarme a hacer mis deberes cuando empezaba a llorar.

—Ay, mi niño, espere un momentico —decía mientras dejaba los cuadernos.

Lo cargaba, lo calmaba y después intentaba volver a estudiar.

A veces estaba tan cansada que quería simplemente acostarme.

Pero miraba a mi hijo y seguía.

—Por usted, mi amor.

Mi mamá me decía:

—Mija, tampoco se vaya a exigir demasiado. Usted todavía está joven.

—Sí, mamá, pero quiero salir adelante.

Y eso era verdad.

Quería estudiar.

Quería criar bien a mi hijo.

Y quería mantener vivo aquel vínculo con Cristian mientras cumplía su condena.

Cada carta que recibía era importante para mí.

Cada vez que él preguntaba por Cristopher, yo sentía que seguía presente de alguna manera.

Un año había pasado.

Faltaban catorce.

No sabía cómo sería el futuro.

Pero tenía claro algo: iba a seguir estudiando, iba a cuidar de mi hijo y, mientras pudiera, seguiría escribiéndole a Cristian.

Porque después de todo lo que habíamos vivido, una carta era la manera que teníamos de sentirnos un poquito más cerca.

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