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La esposa que despreciaste Ahora es capitana

La esposa que despreciaste Ahora es capitana

Status: Terminada
Genre:Oficina / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:872
Nilai: 5
nombre de autor: Rere ernie

Catalina lo dio todo por su matrimonio: su carrera como piloto, su juventud, su orgullo. Seis años dedicada a ser la esposa perfecta mientras Adrián, el hombre por quien abandonó el cielo, la humillaba a sus espaldas con otra mujer.

"Me da asco con solo mirarla."

Esas fueron las palabras que escuchó aquella noche en el estacionamiento del aeropuerto. Pero en lugar de derrumbarse, Catalina tomó una decisión: recuperar todo lo que sacrificó.

Con un divorcio a cuestas y un hijo pequeño como única compañía, vuelve a la academia de aviación decidida a reconquistar su lugar en la cabina de mando. Nadie le facilita el camino. Los instructores dudan de ella, los compañeros la subestiman y su ex hace lo imposible por sabotearla. Pero Catalina no es la misma mujer que se fue seis años atrás.

Y hay alguien que lo nota.

César es cinco años menor, heredero de la aerolínea más importante del país, y el único que aplaudió cuando ella completó la simulación más difícil de la academia. Su regla es simple: "Nunca le cortaría las alas a una mujer que nació para volar."

Mientras Catalina asciende, Adrián cae. Y la mujer que él despreció se convierte en la capitana que todos admiran.

NovelToon tiene autorización de Rere ernie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Catalina salió de la sala de exámenes con una expresión complicada; la revisión médica era un requisito indispensable para que pudiera pilotar aviones.

Afuera, el corredor seguía concurrido. César estaba de pie junto a una ventana, mirando su celular. En cuanto vio salir a Catalina, pudo adivinar que algo andaba mal.

César caminó hacia ella.

—Leya, ¿qué pasó?

—Mi análisis de sangre salió mal. Dicen que hay rastros de medicamento en mi sangre.

César se sorprendió.

—¿Tomaste algún medicamento?

—No —Catalina negó con la cabeza.

—¿Estás segura?

Catalina finalmente lo miró con el rostro molesto.

—¿Me crees tan tonta?

—No, perdón —César exhaló un suspiro suave.

Permanecieron en silencio durante unos segundos; Catalina se recargó contra la pared con expresión desconcertada.

César volvió a mirarla.

—¿Y si fue un error del laboratorio?

—No lo sé...

César pareció meditar algo, y luego le dio una palmada en el hombro a Catalina.

—Espera aquí, no te muevas.

—¿Qué vas a hacer? —Catalina arqueó una ceja.

—Un momento —César se dirigió al consultorio de antes, tocó la puerta y se la abrieron desde adentro.

Dentro de la sala, los dos médicos seguían revisando datos en la computadora.

—Con permiso, doctor —dijo César.

Ambos médicos voltearon; el primero se mostró algo sorprendido.

—César, ¿en qué te puedo ayudar?

César se acercó al escritorio.

—¿Puedo ver los datos de Catalina?

—Son datos médicos —respondió el segundo doctor con cautela.

—Lo sé —César miró la pantalla de la computadora—. ¿De dónde provienen estos niveles?

—Del resultado del laboratorio —contestó el primer doctor.

—¿De qué laboratorio? —preguntó César de nuevo.

—Del laboratorio de la Academia.

César guardó silencio un momento, y luego su voz se volvió un poco más seria.

—Repitan el análisis.

El doctor frunció el ceño.

—Por lo general...

—Solo repítanlo —lo cortó César; su tono era sereno, pero claramente no admitía negativa.

El primer doctor, que conocía la verdadera identidad de César, lo observó durante unos segundos.

—De acuerdo.

El segundo doctor se veía indeciso; era evidente que le parecía inapropiado, pero no sabía quién era César en realidad. Así que optó por guardar silencio, ya que el primer doctor era su superior y no se atrevía a contradecirlo.

César asintió levemente.

—Gracias.

Salió de la sala; en el corredor, Catalina seguía de pie en el mismo lugar.

—Te tardaste mucho ahí adentro. ¿Qué hiciste exactamente? —preguntó Catalina cuando César ya estaba junto a ella.

—Solo hablé un momento con ellos, y aceptaron repetirte el examen.

Catalina se sorprendió y lo miró incrédula.

—¿Cómo es que después de que tú hablaste con ellos cambiaron de opinión?

—A veces hay errores en el sistema —respondió César con calma.

Catalina entrecerró los ojos, todavía intrigada.

—¿Los conoces bien?

—Un poco, lo suficiente para que... actúen con justicia —César esbozó una sonrisa leve.

Poco después, la puerta de la sala se abrió de nuevo.

—Catalina, pase para repetir el examen.

Catalina miró a César un instante, antes de entrar de vuelta a la sala. Le sacaron sangre otra vez; diez minutos más tarde llegaron los resultados. El primer doctor miró la pantalla y luego exhaló un suspiro.

—Sus niveles están normales.

—¿No se lo dije hace un momento? No consumí ningún medicamento —Catalina lo miró con firmeza.

El doctor asintió con gesto arrepentido.

—Disculpe por el error.

—No se preocupe —Catalina tomó su expediente—. Entonces, ¿aprobé?

—Sí.

—Gracias, doctor —Catalina salió de la sala; César seguía de pie en el corredor.

—¿Cómo te fue? —preguntó él.

—Normal.

—Qué bueno.

Catalina volvió a entrecerrar los ojos.

—¿Hiciste algo?

—No.

—César, me parece que... no eres un cadete cualquiera.

César sonrió ligeramente.

—Ya déjalo así, lo importante es que aprobaste el examen. Vamos a celebrar; te invito a almorzar afuera.

Catalina no respondió, pero de algo estaba segura: el error de antes resultaba demasiado extraño para ser una coincidencia. En su cabeza solo había un nombre sospechoso: Adrián.

* * *

César y Catalina eligieron almorzar fuera de la Academia, no en la cafetería. Se sentaron uno frente al otro en una mesa junto a la ventana. El ambiente era tranquilo, como el de dos amigos disfrutando un rato juntos. Sin embargo, varias veces César le lanzó miradas furtivas a Catalina.

—Leya, ¿puedo preguntarte algo?

—¿Qué?

—Tu relación con tu esposo... ¿está bien? Y el niño que vi aquella vez, ¿es hijo de ustedes?

El rostro de Catalina se suavizó al instante cuando mencionaron a su hijo.

—Se llama Mateo. Tiene cinco años; pronto va a entrar al kínder.

—Es un niño muy alegre —comentó César.

Catalina sonrió levemente, y no tenía el menor interés en hablar de Adrián. Sin que ellos lo notaran, no muy lejos de su mesa alguien los observaba con cara de fastidio.

Adrián estaba comiendo con su amante, la sobrecargo joven a la que habían sorprendido besándose con él en el estacionamiento. La sobrecargo se llamaba Vanessa.

—Adrián —dijo Vanessa mientras jugueteaba con su cuchara—, me acabo de enterar de que una amiga mía llega mañana del extranjero. Recién terminó su maestría. Es la hija de los dueños de la aerolínea; se llama Valentina. No soy tan cercana a su familia, pero deberíamos reunirnos con ella para hacer contactos.

Adrián no respondió; su mirada seguía fija en la mesa de Catalina.

—¡Adrián! ¿Qué tanto estás viendo? —Vanessa siguió la dirección de su mirada, y sus ojos se abrieron de par en par—. Esa... ¿no es tu exesposa?

Adrián volteó de golpe hacia su amante con una mirada afilada.

—¡Cuida lo que dices! ¡Leya todavía es mi esposa!

Vanessa se tapó la boca enseguida; sabía que Adrián aún no aceptaba que Catalina le hubiera pedido el divorcio.

—De todos modos, pronto serán oficialmente exmarido y exmujer —murmuró Vanessa en voz baja, aunque igual se escuchó—. La demanda de Catalina ya fue aceptada por el juzgado, y ella también rechazó la mediación. Es cuestión de tiempo para que se separen de verdad.

¡PLAM!

Adrián golpeó la mesa con fuerza.

—¡CÁLLATE!

El escándalo hizo que Catalina volteara; sus miradas finalmente se cruzaron. Sin embargo, no había calidez en los ojos de Catalina, solo una calma gélida, como si Adrián fuera un completo desconocido.

De repente Vanessa se puso de pie y, con el rostro encendido de rabia, caminó hacia la mesa de Catalina.

¡Plam!

Su mano golpeó la mesa.

—¡Todo esto es por tu culpa, Catalina! ¿Por qué tenías que venir a comer justo aquí? ¡Por tu culpa, la relación que ya iba tan bien entre Adrián y yo se arruinó! Además, ya están a punto de divorciarse, así que deja de aparecerte frente a Adrián —sin el menor pudor, Vanessa fue a reclamarle a Catalina.

Catalina mantuvo la calma; se limpió los labios con la servilleta. Luego, sin aviso, le arrojó la servilleta a la cara a Vanessa.

Vanessa se sobresaltó, pero antes de que pudiera reaccionar, Catalina se levantó de su silla.

¡PLAF!

La bofetada le cruzó la mejilla a Vanessa con fuerza; después Catalina tomó el vaso de jugo de la mesa y se lo vació en la cabeza a la amante.

Vanessa se quedó inmóvil, y luego gritó furiosa.

—¡Arghhh! ¡Maldita!

Vanessa levantó la mano en alto, dispuesta a devolverle la bofetada a Catalina. Pero alguien le sujetó la muñeca: era César.

El hombre le apretó la mano a Vanessa con fuerza.

—No te atrevas a tocar a Leya, o te... vas a arrepentir.

El rostro de César en ese momento era distinto al de siempre; su mirada era afilada y su voz, helada.

Fue entonces cuando Adrián llegó a la mesa de Catalina y se quedó paralizado. Sus ojos ardían de celos; no soportaba ver que otro hombre protegiera a Catalina.

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