Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.
***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.
Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.
Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.
Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.
Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.
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Capítulo 16. El regreso
...Un mes despúes...
James cumplió su palabra.
No volvió a besarme. No volvió a tocarme de una manera que pudiera confundirse con otra cosa y tampoco mencionó aquella noche.
Seguíamos trabajando juntos todos los días, pero había establecido una distancia tan discreta que probablemente nadie más la habría notado.
Yo sí.
La notaba cuando salíamos tarde y se limitaba a despedirse. Cuando nuestras manos coincidían sobre algún documento y era él quien retiraba la suya. Cuando nos quedábamos solos y encontraba cualquier razón para mantener varios pasos entre nosotros.
Había conseguido exactamente lo que debería haber querido.
James respetaba mi compromiso.
Y comenzaba a molestarme lo bien que lo hacía.
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Un mes después de la operación, finalmente hoy le dieron el alta a papá.
Mamá llevaba toda la mañana sonriendo. Adrián se ocupaba del papeleo y yo intentaba convencer a papá de que dejarse llevar en silla de ruedas hasta la salida no constituía una humillación.
James estaba con nosotros.
Había llegado temprano.
No tenía ninguna obligación de hacerlo. El alta de papá no tenía nada que ver con la empresa.
Pero nadie parecía encontrar extraño que estuviera allí.
—Puedo caminar —protestó papá cuando James acomodó la silla.
—Lo sabemos.
—Entonces no necesito esto.
James lo miró.
—El médico dice que sí.
Papá buscó apoyo en mamá.
—Hazle caso a James.
Adrián soltó una carcajada.
Por primera vez en semanas, todo parecía estar bien.
Papá regresaba a casa.
Eso era suficiente.
Salir del hospital nos tomó casi una hora.
Mamá llevaba los medicamentos. Adrián los documentos. Yo escuchaba por tercera vez las indicaciones de una enfermera mientras James empujaba la silla de papá hacia la entrada.
Fue entonces cuando escuché mi nombre.
—Lizzie.
Me detuve.
Conocía esa voz.
Me giré.
Maxton estaba allí.
Durante unos segundos simplemente lo miré.
Habían pasado meses desde la última vez que lo había tenido frente a mí. Meses de llamadas, mensajes y videollamadas. Meses esperando su regreso.
Y ahora estaba a pocos metros.
Sonriendo.
—Sorpresa.
—Maxton...
Me acerqué.
Él terminó de recorrer la distancia y me abrazó.
Respondí inmediatamente.
Lo había extrañado.
Reconocí su perfume, la forma en que sus brazos me rodearon y aquella sensación familiar que durante meses había existido únicamente en mis recuerdos.
Entonces se apartó un poco y sostuvo mi rostro entre sus manos.
Me besó.
Y vacilé.
Fue apenas un instante.
Pero ocurrió.
Respondí al beso y fui yo quien terminó separándose demasiado pronto.
Los ojos de Maxton permanecieron sobre mí.
—Hola —murmuré.
Su sonrisa regresó.
—Hola.
Miré hacia mi familia.
Mamá todavía sonreía.
Papá parecía encantado.
Adrián me observaba con demasiada atención.
Y James estaba detrás de ellos.
Nuestros ojos se encontraron.
No hubo ningún cambio visible en su expresión.
Solo apartó la mirada.
Maxton fue directamente hacia papá.
Lo abrazó con cuidado y se disculpó por no haber podido estar. Papá le restó importancia. Sabía que estaba trabajando.
Mamá también lo abrazó.
Incluso Adrián parecía genuinamente contento de verlo.
Todo estaba como debía estar.
Excepto yo.
Maxton regresó a mi lado y rodeó mi cintura con un brazo.
Mi cuerpo se tensó.
Fue mínimo.
Casi imperceptible.
Pero él lo sintió.
Su mano permaneció allí apenas unos segundos antes de retirarse.
Mamá lo notó.
Adrián también.
Y cuando levanté la mirada, descubrí que James me estaba observando.
No había satisfacción en sus ojos.
Maxton se acercó a él poco después.
—James.
Se estrecharon la mano.
—Maxton.
—Lizzie me contó que has estado encargándote de todo.
—Era necesario.
Maxton miró hacia papá.
—Y también me contó lo mucho que ayudaste con todo esto. Gracias por cuidar de ellos mientras yo no estaba.
Sentí una incomodidad absurda.
James guardó silencio apenas un segundo.
—No tienes que agradecerme.
Conocía esa respuesta.
Maxton sonrió.
—De todas formas, gracias.
James asintió.
Nada más.
Sin competencia.
Sin hostilidad.
James ni siquiera volvió a mirarme.
Y, de alguna manera, aquello me molestó.
Mamá decidió que todos iríamos a casa a comer.
Maxton aceptó inmediatamente.
James intentó negarse.
—Tú también vienes —decidió mamá.
—Isabel, deberían descansar.-dijo James
Papá intervino desde la silla.
—No pierdas el tiempo. Cuando utiliza ese tono, ya decidió por todos.
Adrián se rio.
James terminó aceptando.
Entonces Maxton buscó mi mano.
Sus dedos tocaron los míos.
Tardé un segundo en entrelazarlos.
Otro pequeño instante.
Otro detalle que no debería haber significado nada.
James bajó la mirada hacia nuestras manos.
Solo un instante.
Después se alejó para ayudar a papá.
Maxton quiso que fuéramos juntos hasta casa.
Acepté.
Durante el trayecto me contó sobre su trabajo, el viaje y todo lo que había tenido que reorganizar para poder regresar.
—Pensé que todavía tardarías —dije.
—Así es.
Lo miré.
Maxton sonrió ligeramente.
—Tengo que volver mañana.
—¿Mañana?
—Mi vuelo sale a las nueve.
No supe qué decir.
Su trabajo seguía allá. Sabía que todavía faltaban meses para que pudiera regresar definitivamente.
Aun así, había asumido que verlo significaba que algo había cambiado.
—Solo conseguí venir por hoy —explicó—. Cuando me dijiste que daban de alta a tu padre, moví todo lo que pude.
La culpa apareció inmediatamente.
—No tenías que hacerlo.
Maxton tomó mi mano.
—Quería hacerlo.
Sus dedos se entrelazaron con los míos.
—Y quería verte.
Lo miré.
Había viajado todo ese camino para pasar apenas un día con nosotros.
Conmigo.
Sonreí.
Pero algo dentro de mí seguía sin acomodarse.
Maxton acarició mi mano con el pulgar.
—¿Estás bien?
—Sí.
Me observó.
No me creyó.
—Han sido semanas difíciles —añadí.
—Lo sé.
No preguntó más.
Apoyé la cabeza contra el asiento y miré por la ventana.
Mañana se marcharía.
La idea debería haberme producido únicamente tristeza.
No fue así.
Y todavía no habíamos llegado a casa cuando comprendí, con una culpa que me revolvió el estómago, que una pequeña parte de mí acababa de sentir alivio.