Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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La melodía del primer beso.
Pasaron dos semanas. Dos semanas que Diego vivió en una ensoñación constante, flotando en una burbuja de felicidad que aún le parecía demasiado frágil para ser real. Veía a Alicia casi todos los días: la acompañaba a la floristería por las mañanas, paseaban por las tardes, cenaban juntos en el italiano de Francesca o en el café de Laura, y las noches se le iban hablando por teléfono hasta que el sueño los vencía a ambos.
Elena, testigo privilegiado de aquella transformación, no dejaba de maravillarse. Su hermano, siempre tan reservado, tan contenido, se había convertido en un manojo de nervios y sonrisas. Canturreaba por los pasillos, improvisaba melodías alegres al piano y había empezado a interesarse por cosas que antes le traían sin cuidado, como la ropa que se ponía o el perfume que usaba.
—Estás irreconocible —le dijo una noche, mientras cenaban sobras de lasaña—. ¿Qué te ha hecho esa chica?
—No lo sé —respondió Diego, y su tono era genuinamente perplejo—. Me hace sentir... visto. Es raro. Me hace sentir que existo, que no soy solo una presencia invisible que la gente esquiva por la calle.
—Eso es maravilloso.
—Sí. Pero también da un poco de miedo. ¿Y si se cansa? ¿Y si un día se da cuenta de que estar conmigo es más complicado de lo que pensaba?
—Diego, esa mujer te llevó al jardín botánico para que tocaras las plantas y tiraras piedras a un estanque. No creo que se canse tan fácilmente.
Diego sonrió, aceptando la lógica de su hermana, pero el miedo seguía ahí. Era un miedo antiguo, enquistado en lo más profundo de su ser, que le susurraba al oído que él no era suficiente, que el amor era para otras personas, para las que podían ver las puestas de sol y los gestos de complicidad y las miradas que lo dicen todo sin necesidad de palabras.
Y sin embargo, Alicia seguía allí. Día tras día. Con su risa de campanillas y sus cuadernos de dibujo y su costumbre de describirle el mundo con un lujo de detalles que a Diego le parecía poesía pura.
—Hoy hay un hombre en el metro que lleva un loro en el hombro —le contó una mañana, mientras caminaban hacia la floristería—. Un loro verde con el pico naranja. El hombre está leyendo el periódico y el loro le imita, hace como que lee con él.
—Me lo estás inventando.
—Te juro que no. La gente les mira y sonríe. Es lo mejor que he visto en semanas.
—Ojalá pudiera verlo —dijo Diego sin pensar, y enseguida se arrepintió por el tono melancólico que había teñido sus palabras.
Alicia se detuvo. Le tomó la mano y la apretó.
—Tú ves otras cosas. Cosas que yo no veo. Como la mentira en la voz de alguien, o el miedo en un silencio. A mí me encantaría tener ese superpoder.
—No es un superpoder. Es solo... adaptación.
—Pues a mí me parece un superpoder. Y te aseguro que el loro del metro no es tan fascinante como tu capacidad para saber si Laura está triste solo por cómo apoya la taza en la barra.
Diego se quedó callado. Alicia tenía esa habilidad: tomar sus inseguridades y darles la vuelta, convertirlas en virtudes. Y aunque él seguía pensando que la ceguera era, en el fondo, una pérdida irreparable, empezaba a aceptar que quizás no todo fuera negativo. Que quizás, como decía ella, su forma de percibir el mundo tuviera un valor propio.
Fue un viernes por la tarde cuando ocurrió. Un viernes cualquiera, sin nada especial que lo distinguiera de los demás, salvo que el otoño estaba en su apogeo y las hojas crujían bajo los pies y el aire olía a castañas asadas y a tierra mojada.
Habían quedado en el parque cercano a casa de Diego, un espacio verde con árboles centenarios y un pequeño lago artificial donde los patos nadaban en formación. Alicia llevaba su cuaderno de dibujo, por supuesto, y un termo con chocolate caliente que había preparado en su casa.
—Hoy quiero dibujarte en el banco —dijo—. Con los árboles detrás y la luz de la tarde. ¿Te importa posar un rato?
—¿Yo, posar? —Diego se rió—. No sé si voy a ser muy buen modelo. No puedo quedarme quieto mucho rato.
—No necesito que estés quieto. Solo necesito que estés. Ya me encargo yo de capturar lo importante.
Se sentaron en un banco de madera, bajo un plátano de sombra cuyas hojas amarillas se desprendían lentamente, meciéndose en el aire antes de aterrizar en el suelo. Max se tumbó a los pies de Diego y se quedó dormido casi de inmediato, agotado por el paseo.
Alicia sacó su carboncillo y empezó a dibujar. Diego la oía trabajar: el rasguido del carboncillo sobre el papel, el sonido de sus dedos difuminando las líneas, el leve suspiro cuando algo no le salía como quería. Era una banda sonora íntima y concentrada, que le hacía sentirse extrañamente importante.
—¿En qué piensas? —preguntó Alicia de repente.
—En ti. En esto. En que hace un mes ni siquiera te conocía y ahora me cuesta imaginar un día sin tu voz.
—Eso es muy bonito.
—Es verdad. No sé mentir. Mi hermana dice que soy un desastre mintiendo, que se me nota en el tono.
—¿Y alguna vez has querido mentirme?
—Nunca.
Hubo una pausa. El carboncillo dejó de rasgar. Diego notó que Alicia se movía, que se levantaba del banco portátil que había traído y daba unos pasos hacia él.
—He terminado —dijo ella, con una voz un poco extraña, como si estuviera nerviosa—. ¿Quieres tocarlo?
—Siempre.
Alicia le tendió el cuaderno y guio sus dedos por la superficie del papel. Diego recorrió las líneas, reconociendo la silueta de un hombre sentado en un banco, el perro a sus pies, los árboles al fondo. Pero esta vez, a diferencia del dibujo anterior, notó algo nuevo: en este retrato, el hombre estaba sonriendo. Una sonrisa abierta, franca, sin rastro de la melancolía que Alicia le había atribuido en su primer dibujo.
—Estoy sonriendo —observó Diego.
—Sí. Últimamente sonríes mucho. Me gusta.
—Es por ti.
La frase salió sin filtros, sin la censura que él solía aplicar a sus emociones. Y en el silencio que siguió, Diego sintió que el mundo se detenía. Que las hojas dejaban de caer, que los patos dejaban de graznar, que el aire mismo contenía la respiración.
—Diego... —la voz de Alicia sonó muy cerca, apenas un susurro.
—¿Sí?
—Voy a hacer algo. Y necesito que me digas si no quieres que lo haga.
—¿El qué?
En lugar de responder, ella se inclinó sobre él. Diego sintió la calidez de su aliento en el rostro, el perfume a jazmín más intenso que nunca, la cercanía abrumadora de su cuerpo. Y luego, sin previo aviso, los labios de Alicia se posaron sobre los suyos.
Fue un beso suave, contenido, casi tímido. Un beso que preguntaba más que afirmaba. Pero para Diego fue como un incendio. Porque era el primer beso de su vida, el primer contacto íntimo con otra persona, la primera vez que alguien traspasaba la barrera invisible que su ceguera parecía haber erigido a su alrededor.
Correspondió con torpeza, con miedo a hacerlo mal, con el corazón galopando tan fuerte que estaba seguro de que Alicia podía oírlo. Y cuando ella se separó, dejando una estela de calor en sus labios, Diego sintió que algo se había roto dentro de él. Algo que llevaba años conteniendo, como un dique que por fin cedía.
—Era mi primer beso —confesó, y su voz sonó vulnerable y desnuda—. No sé si lo he hecho bien.
—Has estado perfecto —dijo Alicia, y él notó que estaba llorando por el leve temblor en sus palabras—. Perdona, no sé por qué lloro. Es que... verte tan emocionado, tan auténtico... No estoy acostumbrada a esto.
—¿A qué?
—A que alguien sienta de verdad. Mis relaciones anteriores fueron... no sé, superficiales. Chicos que querían pasar el rato, que nunca se implicaban. Y tú, en un mes, me has demostrado más que todos ellos juntos en años.
Diego alzó la mano y buscó a tientas el rostro de Alicia. Sus dedos encontraron sus mejillas, húmedas de lágrimas, y las acariciaron con una delicadeza casi reverencial.
—No llores —dijo—. O bueno, llora si quieres. Pero que sepas que yo también estoy a punto.
Alicia soltó una risa aguada y se enjugó las lágrimas con la manga.
—Somos un desastre —dijo.
—Un desastre precioso.
Se besaron otra vez. Y otra. Y otra más, hasta que Max se despertó y empezó a ladrar, pidiendo atención o quizás reclamando su parte del pastel emocional. Se rieron, acariciaron al perro y compartieron el chocolate caliente, que ya estaba tibio pero seguía sabiendo a gloria.
—Quiero que conozcas a mi madre —dijo Alicia de repente, cuando ya recogían las cosas para irse—. Sé que es pronto, pero... me gustaría que supiera de ti. Que viera lo feliz que me haces.
Diego sintió un escalofrío de aprensión. Conocer a los padres siempre era un paso complicado, y en su caso, con el añadido de su ceguera, podía ser un desastre.
—¿Estás segura? —preguntó—. ¿Crees que está preparada para...?
—¿Para qué? ¿Para conocer a un chico maravilloso que resulta que es ciego? Mi madre no es mala, Diego. Solo es... sobreprotectora. Pero cuando te conozca, cuando vea cómo me miras —bueno, como me escuchas—, estoy segura de que lo entenderá.
—No quiero ser un problema entre vosotras.
—No lo serás. Confía en mí.
«Confía en mí.» Las mismas palabras que le había dicho aquel sábado en el café. Y Diego se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, quería confiar. Quería creer que las cosas podían salir bien, que el amor podía ser sencillo, que no todo en la vida era lucha y adaptación y resignación.
—De acuerdo —dijo—. Conoceré a tu madre.
—¿Este domingo? Hace paella los domingos. Es lo único que le sale bien en la cocina.
—Este domingo.
Caminaron hacia la salida del parque cogidos de la mano, con Max trotando a su lado. La tarde se había convertido en anochecer sin que se dieran cuenta, y las farolas empezaban a encenderse, salpicando de luz anaranjada el camino de grava.
—Diego —dijo Alicia cuando ya estaban en la parada del autobús—, ¿puedo pedirte una cosa?
—Lo que quieras.
—El domingo, en casa de mi madre... No intentes ser alguien que no eres. No finjas que la ceguera no te afecta, ni hagas ver que puedes hacer cosas que no puedes. Sé tú. Simplemente tú. Porque ese es el Diego del que me estoy enamorando.
Diego sintió que el corazón se le hinchaba hasta ocuparle todo el pecho. «El Diego del que me estoy enamorando.» Presente continuo. Un proceso en marcha. Algo que estaba ocurriendo, aquí y ahora, sin estridencias pero con una fuerza imparable.
—Vale —dijo, con un nudo en la garganta—. Seré yo.
El autobús llegó demasiado pronto, como siempre ocurría en los momentos importantes. Se despidieron con un beso breve pero intenso, y Diego subió al vehículo con las piernas temblorosas y una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
Esa noche, cuando Elena le preguntó qué tal el día, él solo dijo:
—La he besado.
—¿Y? —su hermana se inclinó hacia delante, expectante.
—Y ha sido... —Diego buscó la palabra exacta, pero no la encontró—. No tengo palabras. Como tocar la nota perfecta en el momento perfecto. Como cuando improvisas y todo encaja. Algo así.
Elena le abrazó con fuerza, y él sintió que su hermana también estaba un poco emocionada.
—Te lo mereces, enano —le susurró—. Te lo mereces más que nadie.
Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, Diego pensó que quizás era verdad. Que quizás el amor no era un premio reservado a los que veían, sino un regalo que la vida otorgaba a los que sentían. Y él sentía. Vaya si sentía.