Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 15
Cap 15: El video de la dashcam
La marea se volteó sola. O eso pareció.
De un día para otro, la etiqueta #La madre asesina# se apagó, y en su lugar empezó a subir otra: #Justicia para Rosaura Nava#. Salieron cosas a la luz, una tras otra, en cascada. Testimonios de vecinos sobre las palizas que Cástulo Nava le daba a su mujer cada fin de semana. Deudas de juego que ahogaban la casa. Un historial de violencia de años, documentado. Un abogado apareció en un noticiero rival declarando que la señora había actuado en legítima defensa y que el caso se había juzgado a la carrera, sin peritajes. Y alguien, desde una cuenta anónima, filtró el viejo expediente del hospital donde había nacido Ximena, con anotaciones extrañas y una sospecha vieja sobre un intercambio de bebés que nadie se había molestado en investigar.
Los seguidores de Ximena se dispararon. En dos días, la audiencia del noticiero del mediodía superó a la del estelar.
El jefe Tafoya, oliendo el rating como un tiburón huele sangre, la reincorporó al estelar como si jamás la hubiera congelado.
—Bienvenida de vuelta, Salazar. —Le abrió los brazos, todo sonrisas—. Yo siempre creí en ti, tú lo sabes. Estas cosas del qué dirán pasan, pero el talento se impone.
—Claro que sí, jefe. —Ella le sostuvo la sonrisa sin creerle una sola sílaba—. El talento y unas cuantas cosas más.
Sola en su camerino, se sentó frente al espejo y repasó la cadena de filtraciones, punto por punto. Demasiado limpia. Demasiado a tiempo. Demasiado bien orquestada. Solo alguien con muchísimos recursos —y con la información exacta de dónde y cuándo apretar cada tuerca— podía haber volteado la opinión pública así, con esa precisión de cirujano.
No hacía falta preguntarse quién.
Y sin embargo, no le gustó. Se quedó mirando su propio reflejo en el espejo del camerino, con el pincel de maquillaje detenido en el aire. Ella había pasado tres años levantándose sola, aclarando sola, reuniendo sola cada prueba con sus propias manos, sin deberle un favor a nadie. Que ahora un hombre moviera montañas por ella, en silencio, sin pedirle permiso ni gracias, la dejaba con una sensación rara en el pecho: mitad calor, mitad alarma. El calor lo entendía. La alarma también. Los favores de esa clase de hombres siempre pasaban factura, tarde o temprano. Aunque este, se dijo, parecía no querer cobrar nunca. Y eso era lo que más la inquietaba.
Dejó el pincel. Ya lo hablaría con Noa, con una copa de por medio y sin cámaras cerca. Su comadre siempre le decía la verdad a la cara, aunque doliera.
Adrián llevaba varios días sin buscarla. Después de la noche del club, cada uno había andado por su lado, midiéndose de lejos como dos gatos en un tejado. Fue él quien cedió primero. Le llegó un mensaje de dos líneas, sin saludo:
"¿Nunca me vas a buscar tú, ni una vez? Te espero en el Cumbre a las ocho. No llegues tarde."
Ella fue.
El restaurante Cumbre coronaba la torre más alta de Monteverde, en el piso ochenta y siete, con la ciudad entera desparramada de luces allá abajo. Y en el vestíbulo, mala suerte, Ximena se topó de frente con don Joaquín, doña Leticia y Susana, que salían justo de apartar un salón privado.
—¡Xime! —Don Joaquín fingió una alegría enorme—. Qué casualidad tan bonita. Mira, estábamos reservando para el domingo. —Se frotó las manos—. Ya sabes, tú y tu hermana cumplen el mismo día, y a Susana se le ocurrió la maravillosa idea de festejar juntas, aquí mismo, en grande. Como familia unida que somos.
Susana sonrió con toda la dentadura.
—Sí, hermanita. Una fiesta doble. ¿A poco no te encanta? —Los ojos le decían algo muy distinto de la boca.
—Me encanta —respondió Ximena, con la misma sonrisa de porcelana—. Ahí estaré, puntual.
Doña Leticia no dijo una palabra. Solo la miró un segundo de más, con algo raro cruzándole la cara —una sombra, casi un dolor— y desvió la vista al piso.
Ya en la mesa, junto al ventanal, con la ciudad brillando bajo ellos, Adrián sacó su teléfono y deslizó un archivo hacia el de ella.
—Toma. Esto te lo debía.
Ximena abrió el video. Era la grabación de una dashcam: un camión de carga estacionado de noche frente a una obra escolar, con la fecha y la hora impresas en la esquina de la imagen. La madrugada del crimen. En el metraje granulado pero legible, una figura salía a toda prisa de la casa de los Nava, cruzaba la calle medio agachada, se subía a un auto y arrancaba con las luces apagadas. Al pasar bajo un poste, la cara quedaba nítida durante un segundo entero.
Era Susana.
—El camionero durmió ahí esa noche, esperando descargar en la obra a primera hora —explicó Adrián, sin darle importancia, girando su copa—. La cámara del tablero estuvo grabando sola todo el tiempo. Ahí está: prueba que Susana estaba en la escena, que salió corriendo y que Rosaura Nava pudo haber actuado en defensa propia. Con esto, cualquier abogado decente pide la reapertura del caso.
Ximena se quedó mirando la pantalla un momento más de lo necesario. Rosaura Nava llevaba tres años tras las rejas, cargando una condena que no le tocaba, mientras la verdadera culpable brindaba con champaña en el piso ochenta y siete. Ese pedazo de video granulado podía cambiarlo todo. Podía sacar a una mujer inocente de una celda.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó al fin—. La policía cerró el caso hace años. Nadie buscó dashcams.
—Nadie que tuviera con qué pagar veinte años de bodegas de camiones de carga y a cincuenta personas revisando metraje viejo cuadro por cuadro. —Adrián bebió de su copa—. Yo sí.
Ximena guardó el archivo en tres lugares distintos —el teléfono, un correo, una nube cifrada— antes de levantar la vista.
—¿Por qué haces todo esto por mí? —preguntó, en voz baja—. La opinión pública. Esto. No te pedí nada.
—Porque me da la gana. —Adrián se encogió de hombros, pero apartó los ojos hacia la ventana—. Y porque no me gusta que te toquen. A nadie. Ni con el pétalo de una noticia.
Se inclinó sobre la mesa y la besó, corto, en los labios, con la ciudad de testigo.
Ninguno de los dos notó que, en la puerta del salón privado del fondo, Susana había vuelto por el bolso que olvidó sobre una silla. Se detuvo en seco, con la mano en el marco.
Vio a Ximena cenando con un hombre. Vio al hombre —solo de espaldas: un traje oscuro, hombros anchos, el pelo negro, no era Fernando, imposible que fuera Fernando— inclinarse sobre la mesa y besarla en la boca.
A Susana se le iluminó la cara con una alegría venenosa, casi golosa.
"Con que la santa Ximena tiene un amante", pensó, apretando el bolso contra el pecho. "Un amante que no es su marido. La perfecta, la intachable, la mártir. Un amante."
Retrocedió despacio, sin hacer ruido, sonriendo para sus adentros, guardándose el as en lo más hondo de la manga.
Ya encontraría el momento exacto para jugarlo.
ojalá y no se vuelva aburrida .