Morí una vez intentando salvar una vida. No pienso morir una segunda vez por culpa de unos traidores.
Cuando Saray Lagranh reencarna como Kaileris Enthal, la villana destinada a ser ejecutada en una novela que había leído, descubre que la verdadera culpable era su mejor amiga y que su prometido jamás estuvo de su lado.
Conociendo su trágico final, decide cambiar su destino de la forma más escandalosa posible.
"¿Mi ex prometido y mi ex mejor amiga me convirtieron en la villana? Perfecto. Entonces voy a convertirme en la mujer más influyente de este imperio. Y si para lograrlo termino casándome con el padre de mi ex prometido, mejor aún."
Entre intrigas nobles, planes de venganza, animales rescatados y una protagonista tan inteligente como sarcástica, Kaileris está decidida a demostrar que la mejor venganza no es destruir a tus enemigos...
Es convertirte en la persona que jamás podrán superar.
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La tormenta que se avecina
Cuando salí del despacho del Duque, Relis estaba a punto de cavar su propia tumba en la alfombra del pasillo de tanto caminar de un lado a otro. Al verme salir ilesa, con la cabeza en alto y una sonrisa que ella conocía perfectamente como mi "sonrisa de haber ganado una cirugía difícil", soltó un suspiro tan largo que casi desinfla su corsé.
—¿Y bien? —susurró, pegándose a mi costado mientras el mayordomo ducal nos guiaba con perfecta etiqueta hacia el carruaje—. ¿La mandó a ejecutar? ¿Le prohibió volver a pisar el territorio Carsont? ¿Llamó a los guardias?
—Todo lo contrario, mi querida Relis —respondí en un murmullo juguetón, abriendo mi abanico de encaje negro para cubrir mis labios mientras avanzábamos por el pasillo de mármol—. El Duque ha demostrado tener un gusto excelente. Firmaremos los papeles del compromiso esta misma noche.
Relis se tropezó con su propia enagua. Si no la hubiera sostenido del brazo, habría terminado estampada contra una estatua de la dinastía anterior. Su rostro pasó del blanco al rojo en tres segundos.
—¡¿Qué?! —chilló en un susurro ahogado—. ¡Señorita, eso es... eso es un escándalo monumental! ¡El joven amo Selius va a quemar la ciudad con usted adentro!
—Que traiga los fósforos —dije con total ligereza mientras subíamos al carruaje de la casa Enthal—. Yo pondré la leña.
El viaje de regreso a nuestra mansión fue una mezcla de los sermones histéricos de Relis y mi mente trabajando a mil por hora. Como veterinaria, sabía que cuando alteras el orden de una manada, los miembros más débiles y ruidosos son los primeros en atacar por puro pánico. Sabell y Selius no se quedarían de brazos cruzados. Habían construido toda su felicidad futura sobre la base de humillar a Kaileris y quedarse con el patrimonio de los Enthal. Al romper el compromiso y apuntar directamente al Duque, les había cortado las patas antes de que pudieran empezar a correr.
En cuanto el carruaje se detuvo ante nuestra residencia, Jeffrey, el mayordomo, ya nos esperaba en la escalinata con una expresión que vaticinaba el fin del mundo.
—Lady Kaileris —dijo con una reverencia apresurada—. Su padre, el Marqués, la espera en el estudio. Y... me temo que no está solo. El joven amo Selius regresó hace una hora acompañado por Lady Sabell y el Barón Hart. El salón principal es un polvorín.
—Vaya, qué rápido se esparce el veneno —comenté, ajustando el escote barco de mi vestido azul noche y acomodando las ondas de mi cabello oscuro sobre mis hombros con una parsimonia que desesperó a Jeffrey—. Relis, ve a mi habitación y busca el juego de té de porcelana importada, el que tiene detalles de oro. Si vamos a presenciar un drama de alcurnia, por lo menos quiero estar bien atendida.
Caminé hacia el salón principal con un paso firme y rítmico, dejando que la seda pesada de mi falda rozara las paredes del pasillo. No sentía ni un ápice de nerviosismo. Al contrario, la adrenalina de la confrontación me hacía sentir más viva que nunca.
Al abrir las puertas del salón, el ambiente era asfixiante. El Marqués Enthal se frotaba las sienes con evidente desesperación, mientras que Selius caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, con el rostro desencajado por la furia. Sabell estaba sentada junto a su padre, el Barón Hart, un hombre gordo y ambicioso que lucía una capa demasiado ostentosa para su rango. Sabell fingía sollozar con un pañuelo de encaje apretado contra sus ojos, pero alcancé a notar el brillo calculador en su mirada en cuanto me vio entrar.
—¡Ahí está! —rugió Selius en cuanto me divisó, dando tres pasos agresivos hacia mí—. ¡Kaileris! ¿Cómo te atreves a presentarte así después de la humillación de ayer? ¿Y de dónde demonios vienes vestida como una... una...?
Se quedó mudo a mitad de la frase. Sus ojos plateados, encendidos por la rabia, bajaron inevitablemente por la línea de mi cuello expuesto y la pronunciada curva de mi busto que el vestido azul noche enmarcaba de forma pecaminosa. El enojo en su rostro se mezcló por un segundo con esa atracción física involuntaria y posesiva que le causaba mi nuevo aspecto. Odiaba que lo hubiera dejado, pero odiaba aún más descubrir que la mujer que despreciaba se había vuelto jodidamente irresistible.
—Modera tu vocabulario en mi presencia, Selius —dije, mi voz sonando fría, calmada y arrastrada, mientras me sentaba en el sillón presidencial del salón, cruzando las piernas de un modo que dejó ver la finura de mis tobillos—. Ya no tienes ningún derecho a cuestionar mis pasos, ni mis vestidos.
—¡Kaileris! —intervino el Barón Hart, poniéndose de pie con falsa indignación—. ¡Has roto un compromiso sagrado e insultado el honor de mi hija Sabell al llamarla hiena! El nombre de la casa Hart y de la casa Carsont ha sido pisoteado por tus caprichos de niña malcriada. Exijo una disculpa pública inmediata o este asunto llegará a oídos del Emperador.
Miré al Barón con el mismo interés con el que miraba a un parásito intestinal en mi antigua clínica. Luego, desvié la mirada hacia Sabell, quien me observaba por encima de su pañuelo con una sonrisa de suficiencia oculta. Creían que me tenían acorralada entre la autoridad de mi padre y las amenazas sociales.
—¿El Emperador, Barón? —solté una risa suave, sensual y cargada de desprecio, desplegando mi abanico frente a mi rostro—. Me temo que Su Majestad tiene asuntos más importantes que atender que los amoríos clandestinos de su hija con el heredero Carsont. Todos en este salón sabemos qué hacían Selius y Sabell en el festival del norte. Si quieren hablar de honor pisoteado, sugiero que revisen las sábanas de la posada donde se hospedaron.
Sabell ahogó un grito genuino de horror y se puso de pie, perdiendo toda su fachada de víctima.
—¡Eso es una calumnia! ¡Kaileris, estás loca!
—¡Suficiente! —intervino mi padre, el Marqués, golpeando la mesa con el puño—. ¡Kaileris, has ido demasiado lejos! El compromiso con Selius no se puede romper por tus celos. El Duque Xilian jamás aceptará este deshonor para su apellido. Acabo de enviar un mensajero para solicitar una audiencia con él y enmendar esta locura antes de que...
—No es necesario, padre —lo interrumpí, cerrando el abanico con un golpe seco que resonó en todo el salón.
Me levanté del sillón, acomodando el terciopelo invisible de mi postura, y miré directamente a Selius, cuyos ojos seguían fijos en mis labios rojos con una mezcla de furia y deseo frustrado.
—¿Qué quieres decir con que no es necesario? —preguntó Selius, apretando los puños, dando un paso hacia mí como si quisiera obligarme a mirarlo con la sumisión de antes.
—Quiero decir que el Duque Xilian Carsont no necesita que le envíen mensajeros —declaré, dando un paso hacia adelante, reduciendo la distancia entre Selius y yo hasta que pudo oler el sándalo de mi piel. Le dediqué una sonrisa letal—. Vengo directamente de su despacho. Y lamento informarte, Selius, que tu padre no tiene ninguna intención de mantener nuestro compromiso.
Sabell sonrió con triunfo, dando un paso al frente.
—¡Lo sabía! El Duque te ha echado como la basura que eres...
—No me interrumpas, Sabell —la corté, mirándola de reojo con un desprecio soberbio que la hizo retroceder—. El Duque no va a mantener mi compromiso con Selius... porque ha aceptado mi propuesta de matrimonio.
El salón se quedó en un silencio tan sepulcral que el pañuelo de Sabell cayó al suelo con un eco invisible. Mi padre abrió la boca, el Barón Hart se puso pálido, y Selius retrocedió un paso, como si le hubiera dado un puñetazo directo en el estómago.
—¿Qué... qué estás diciendo? —tartamudeó Selius, el color abandonando su rostro por completo—. ¿Mi padre... y tú? ¡Eso es mentira! ¡Estás demente! ¡Él jamás...!
Antes de que pudiera terminar su berrinche, las puertas del salón se abrieron de par en par. Jeffrey entró con las piernas temblorosas, anunciando con voz quebrada:
—El... el Gran General del Imperio, el Duque Xilian Carsont, acaba de entrar a la mansión. Trae consigo a los notarios imperiales y el sello ducal de compromiso.
Miré a Selius, cuya mirada de horror absoluto se cruzó con la mía. Me incliné sutilmente hacia él, dejando que mis labios rozaran casi su oreja mientras le susurraba con una sensualidad letal:
—Te lo dije, cachorro. Me gustan los hombres de verdad. Ve practicando tu saludo... a partir de hoy, me vas a llamar mamá.
perro Selius,
salio igual a la mamá.
Ésto es un bono extra.°~😁~°😄😆😅😂
Y tú...¡No llegas ni a Simi!.
Porque aunque se crea bueno no deja de ser lo que es: "Una paloma, codiciando migajas desechadas, creyendo que era pan de primera y Dandose cuenta que solo era puro recorte de basura.😈😈
😈😈 Pero al fin y al cabo la basura de unos es el tesoro de otros.°~😌~° Y al no tener algo bueno con que comparar... Lo comparan con la liquidación del bote😈.😏😈 ¿Verdad "Reina "?.°~😌~°😈😈😈😏😈😁😈😉😈