Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 9
Pasaron pocos días antes de que me decidiera a llamarlo.
Fue precisamente en mi día libre del trabajo. Marqué su número como a eso de las siete de la mañana y contestó al segundo timbre.
—Acepto —dije sin más.
Hubo una pausa breve.
—Sabía que lo harías.
Fruncí el ceño.
—Podrías fingir un poco más de emoción.
—La guardaré para la boda.
No pude evitar sonreír.
Le expliqué entonces lo único que todavía necesitaba resolver antes de seguir adelante: no quería volver a tener contacto con Alan ni con sus abogados. Ya había firmado los papeles de divorcio y quería que, a partir de ese momento, Alexander se encargara de todo.
No voy a mentir, había llorado al firmarlos.
No de una forma escandalosa. Simplemente me senté frente a la mesa, leí mi nombre junto al suyo una última vez y sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
Mi matrimonio reducidos a unas cuantas hojas.
Firmé aun con la vista borrosa.
Lloré porque, aunque todo hubiera terminado mucho antes de que esos documentos llegaran a mis manos, una parte de mí todavía necesitaba despedirse de la vida que había creído que tendría.
Después limpié mis lágrimas, cerré el sobre y no volví a abrirlo.
—Yo me encargo —respondió
No preguntó nada más.
La facilidad con la que lo dijo me produjo un alivio inesperado.
Después de colgar hice otra llamada.
Llevaba poco tiempo trabajando como mesera, así que renunciar fue mucho más sencillo de lo que esperaba. Expliqué que había surgido una situación personal y que no podría continuar. Me disculpé por avisar con tan poco tiempo.
No era el trabajo de mi vida.
Ni siquiera había estado ahí el tiempo suficiente para sentir que dejaba algo importante atrás.
Pero había sido mío.
Lo había conseguido sola cuando necesitaba empezar de nuevo y no tenía demasiadas opciones. Durante esas semanas me había dado algo que necesitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir: la sensación de que todavía podía sostenerme por mi cuenta.
Cuando terminé la llamada me quedé mirando el teléfono durante unos segundos.
En menos de una mañana había aceptado casarme con Alexander Blackwood, puesto mi divorcio en sus manos y renunciado al trabajo que apenas acababa de conseguir.
Al parecer, cuando decidía cambiar mi vida, no sabía hacerlo poco a poco.
Tres horas después Alexander estaba frente a mi puerta.
Con su traje impecable y esa expresión seria que parecía permanente en él, desentonaba completamente con el pasillo estrecho, las paredes desgastadas y el olor a comida que se filtraba desde alguna habitación vecina.
—¿Qué haces aquí?
—Empaca.
Lo miré.
—Alexander, acepté hace unas horas. Ni siquiera hemos hablado de lo que sigue.
—Lo que sigue es que no vas a pasar otra noche aquí.
No seguí protestando.
Una parte de mí sintió alivio al escucharlo decir eso.
Y que me aliviara dolió más de lo que esperaba.
Le entregué el sobre con los documentos firmados. Alexander lo tomó sin abrirlo y esperó afuera mientras yo terminaba de recoger mis cosas.
No tardé mucho.
Eso fue probablemente lo peor.
Toda mi vida cabía en dos maletas.
Las mismas dos maletas que había tomado el día que me marché de casa de mis padres.
Alexander no me apresuró. Simplemente esperó hasta que salí con todo lo que tenía.
El auto nos esperaba afuera.
Fue hasta que estuvimos en movimiento cuando le pregunté si íbamos a su casa.
—Vamos con tus padres.
Sentí que el estómago se me hundía.
—Alexander, no estoy lista para eso.
—Lo sé. Pero no vas a vivir conmigo antes de la boda.
Me quedé mirándolo.
La decisión ya estaba tomada. Podía notarlo en su tono.
—Esto es un acuerdo.
—Sigue siendo una boda.
Entonces añadió que ya había hablado con mis padres.
Sentí que algo se me cerraba en la garganta.
—¿Con ambos?
—Sí. Y ellos están esperando.
Aparté la vista hacia la ventana.
Dos años.
Habían pasado dos años desde la última vez que los vi.
Y ahora regresaba con las mismas dos maletas con las que me había ido y un compromiso que todavía ni siquiera existía ante el mundo.
—Pensé que me llevarías contigo —murmuré.
Alexander giró hacia mí.
—Imposible.
Volví a mirarlo.
—¿Por qué?
No dudó.
—Porque no voy a cometer la misma estupidez que cometió tu exmarido. Vas a volver con tus padres y te quedarás con ellos hasta el día de la boda.
No respondí.
Aparté la mirada y me recargué contra el asiento, volviendo el rostro hacia la ventana antes de que Alexander pudiera notar demasiado.
Sentí la presión conocida detrás de los ojos.
No quería llorar.
No otra vez.
Apreté los labios y respiré despacio, obligándome a mantener las lágrimas donde estaban.