Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo XIX Ataque en el centro comercial
El ambiente en la boutique de alta costura era tranquilo hasta que el sonido de unos tacones resonó con fuerza en la entrada.
Emma se encontraba frente al espejo probándose un elegante vestido de seda en tono marfil que resaltaba su piel y la sutileza de su figura. Martha y Graciela asentían con aprobación desde los sofás de espera, cuando una risa aguda y llena de veneno cortó la conversación.
—Vaya, vaya... Miren a quién nos encontramos aquí —soltó Samantha, entrando a la tienda con bolsas de marcas de lujo en los brazos y una mirada cargada de envidia pura.
A su lado, vistiendo un traje a la medida pero con el rostro desencajado por la frustración, caminaba Rodrigo.
Emma se congeló frente al espejo. Al girarse, la mirada de Rodrigo se clavó en ella con una mezcla de sorpresa, despecho y rabia contenida.
—Samantha, vámonos. No tenemos nada que hacer aquí —intentó decir Rodrigo, incómodo por la presencia de las amigas de Emma.
—¿Vámonos? ¡Por supuesto que no, mi amor! —intervino Samantha, dando un paso adelante con una sonrisa maquiavélica—. Quiero ver cómo la hermanita abnegada gasta el dinero del hombre con el que se vendió.
—Cállate, Samantha —respondió Emma con la voz firme y la frente en alto, aunque por dentro sentía que el aire le faltaba.
—¿Por qué tendría que callarme? —se burló Samantha, volteándose hacia Rodrigo para echarle leña al fuego—. Cuéntale a Rodrigo cómo de la noche a la mañana te mudaste al departamento de un multimillonario. Le llorabas a mi prometido jurándole amor eterno y resultaste ser una cualquiera que se vende al mejor postor por un poco de lujo.
Las palabras de Samantha hicieron eco en el orgullo herido de Rodrigo. Dando un paso agresivo hacia Emma, la tomó bruscamente del antebrazo izquierdo con violencia.
—¿Es verdad, Emma? —exigió Rodrigo con los ojos inyectados en ira, apretando el agarre—. ¿Por eso no me contestabas las llamadas? ¿Por eso me dijiste que lo nuestro se acabó? ¡Te vendiste como una cualquiera! ¡Eres una hipócrita!
—¡Suéltala, imbécil! —gritó Graciela poniéndose de pie de golpe, mientras Martha intentaba interponerse.
—¡No te metas! —le gritó Rodrigo a Graciela, fuera de sí, zarandeando levemente a Emma—. Dime quién es el tipo, Emma. ¡Dime con quién te estás acostando!
En ese preciso instante, fuera de la tienda, los dos escoltas que Damián había enviado en la camioneta blindada notaron la alteración dentro del local. Uno de ellos desenfundó su radio de comunicación de inmediato y marcó el número directo de presidencia.
En el piso cuarenta y dos del Grupo Thorne, Damián revisaba unos balances financieros cuando su teléfono privado comenzó a sonar. Al ver que era la línea de la escolta de Emma, contestó al primer tono.
—Habla Thorne.
—Señor, tenemos una situación en el centro comercial —informó el escolta con voz rápida y profesional—. La señorita De la Rivera fue abordada por su hermana y por un sujeto llamado. El hombre la tiene sujetada del brazo y la está alterando verbalmente. Estamos a punto de intervenir.
Al escuchar que alguien estaba lastimando a su prometida y saber que le estaba poniendo una mano encima a Emma, a Damián se le encendió la sangre. Una ráfaga de ira ciega y territorial le recorrió la espina dorsal. Se puso de pie bruscamente, derribando la silla de cuero.
—Intervengan ahora mismo. Saquen a ese infeliz de su vista y no dejen que la toque ni un segundo más —ordenó Damián con una voz tan helada que hizo estremecer al escolta—. Voy para allá.
Damián colgó, pero antes de salir de su despacho, tomó el teléfono fijo y marcó la línea directa del despacho de Guillermo de la Rivera.
Guillermo contestó al segundo repique, sorprendido por la llamada del magnate.
—¿Señor Thorne? Qué gusto...
—Escúchame bien, Guillermo —lo interrumpió Damián con una furia contenida que sonaba terrorífica al otro lado de la línea—. Tu hija Samantha y el estúpido de su prometido están en este preciso momento acosando y agrediendo a Emma en un centro comercial público.
Guillermo se quedó mudo.
—Si el acuerdo que tú y yo firmamos llega a filtrarse a la prensa, o si ese par de incompetentes vuelve a poner en riesgo mi imagen pública o a tocar a la mujer que va a llevar mi apellido, la fusión se cancela hoy mismo —sentenció Damián, apretando el puño sobre la madera del escritorio—. No solo te dejaré en la quiebra absoluta, sino que me voy a encargar personalmente de hundir tu apellido y enterrar viva a tu familia en los tribunales.
—¡Señor Thorne, por favor! —balbuceó Guillermo, aterrorizado al escuchar la amenaza que destruiría su imperio—. Le pido una disculpa. Le aseguro que yo no sabía nada de esto, Samantha solo...
—Controla a tus perros, Guillermo —escupió Damián, manteniendo su fachada de hombre frío e implacable—. Emma es de mi propiedad mientras esté bajo mi contrato, y cuido muy bien lo que me pertenece. Si vuelven a molestarla, las consecuencias las vas a pagar tú.
Damián cortó la llamada sin darle tiempo a responder. Se ajustó el botón del saco, tomó las llaves de su vehículo y salió a pasos agigantados hacia el ascensor privado. La cacería acababa de comenzar.