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Status: En proceso
Genre:Aventura / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: FuKagaku

Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.

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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 15

​La ilusión de la libertad duró exactamente cuatro minutos.

​El aire en el centro del bosque, hasta entonces impregnado del olor a pino y tierra húmeda, se volvió denso, gélido y aplastante en cuestión de segundos. No fue un cambio paulatino; fue un colapso atmosférico. La presión del Qi que descendió desde las copas de los árboles fue tan brutal que la maleza se aplastó contra el suelo y las pequeñas piedras del camino comenzaron a vibrar, elevándose unos milímetros en el aire antes de pulverizarse.

​Daniel, que apenas intentaba ponerse de pie tras el episodio de náuseas, sintió un peso invisible sobre los hombros que lo hizo caer de rodillas, con los pulmones colapsados por la falta de oxígeno. Su mente de catorce años lo entendió de inmediato: eso no era una patrulla de guardias comunes. Era la presencia asfixiante de un cultivo de rango avanzado.

​—¡Atrás! —rugió Meili, cuya expresión dulce y burlesca desapareció por completo, reemplazada por una frialdad absoluta.

​En un movimiento instintivo, Lin sujetó a Daniel por la nuca de su túnica y lo arrojó metros atrás, haciéndolo rodar detrás de las raíces gruesas de un roble ancestral. Al mismo tiempo, el cielo sobre ellos pareció rasgarse.

​Cinco figuras vestidas con túnicas de seda negra bordadas con hilos de plata —el sello del Escuadrón de Exterminio de Hanyang— impactaron contra el suelo a escasos diez metros. La onda de choque levantó una cortina de polvo y hojas secas. Al frente del grupo, un hombre alto, de rostro pálido como el mármol y ojos teñidos de un rojo sanguinolento, desenvainó una espada corta cuyo filo emanaba una bruma corrosiva de Qi demoníaco.

​—Herederas del Clan Dok-Gag... —dijo el líder con una voz que sonaba como dos placas de metal frotándose entre sí—. ¿Realmente pensaron que un truco barato con hongos y humo de baja categoría engañaría los sensores del Pabellón del Juicio? Su insolencia termina aquí.

​—Tardaron más de lo previsto, perros de Hanyang —escupió Lin, dando un paso al frente mientras sus manos se cubrían de una tonalidad violácea oscura. Sus venas comenzaron a marcarse en los brazos con un tono negro brillante: la activación forzada del Cuerpo de Mil Venenos.

​—No hay tiempo para palabras, Lin —murmuró Meili en voz baja, ajustando su postura de combate. Su rostro estaba pálido y perlas de sudor frío caían por su frente. Las reservas de energía de ambas estaban desgastadas tras años de supresión en los calabozos y el esfuerzo de la carrera.

​El combate estalló sin advertencia.

​Tres de los ejecutores se abalanzaron sobre Meili con una coordinación quirúrgica. Sus espadas trazaron arcos de energía oscura que cortaron los troncos a su paso como si fueran papel. Meili esquivó el primer embate flexionando el torso hacia atrás, sintiendo el viento helado del filo rozarle la garganta, y respondió con una estocada con la palma abierta directamente al pecho del ejecutor central.

​Un chasquido seco resonó en el claro cuando el Qi de veneno corrosivo de la joven impactó la armadura del oficial, deritiendo las placas de metal al instante. Sin embargo, el hombre ni siquiera se inmutó; su cultivo de barrera redujo el daño y descargó un rodillazo brutal en el abdomen de Meili. La joven salió despedida hacia atrás, chocando contra una roca con un gemido de dolor ahogado.

​—¡Meili! —gritó Lin, intentando auxiliarla, pero el líder del escuadrón ya estaba frente a ella.

​La espada del líder trazó una trayectoria descendente implacable. Lin bloqueó el golpe cruzando dos dagas de hueso tóxico, pero la diferencia de fuerza física era abismal. La vibración del impacto hizo crujir las muñecas de Lin y la obligó a hincar una rodilla en el suelo. El suelo bajo sus pies se agrietó por la presión.

​—Unas crías desnutridas jugando a ser maestras de las toxinas —se mofó el líder, aplicando más peso sobre la hoja—. Su clan fue borrado del mapa por una razón. Son débiles.

​Desde su posición tras el árbol, Daniel observaba la escena con los dientes apretados y el pulso latiéndole con furia en las sienes. Su mente analítica procesaba cada variable a una velocidad vertiginosa, pero la conclusión era devastadora: no había jugada táctica posible.

​Era un niño de seis años. No tenía entrenamiento marcial, no poseía un solo hilo de Qi circulando por sus meridianos, y su "Ciencia Negativa" permanecía dormida, inalcanzable, como una ecuación cuya clave de acceso había sido borrada. Estaba completamente impotente. Si Lin y Meili caían, él sería ejecutado o arrastrado de vuelta a las celdas en cuestión de minutos.

​—¡Maldita sea! —masculló Daniel en un susurro cargado de rabia impaciente, golpeando el suelo con el puño—. Piensa... tiene que haber una brecha...

​En ese instante, Meili volvió a ponerse en pie, limpiándose un hilo de sangre que corría por su barbilla. Sus ojos brillaron con una luz desesperada. Miró a Lin a los ojos y, sin decir una sola palabra, ambas parecieron tomar una decisión suicida.

​Meili juntó los palos de sus manos frente a su pecho, rompiendo los sellos de moderación de sus propios meridianos. Una llamarada de energía púrpura e inestable estalló a su alrededor, liberando una onda de choque de veneno puro que obligó a los tres ejecutores a retroceder un par de pasos para desplegar sus escudos defensivos.

​El ruido de la explosión de Qi, sumado al impacto destructivo de las espadas contra los árboles, retumbó con la fuerza de un trueno en medio de la noche, propagándose en todas direcciones por la cadena montañosa.

​—¡Activó la técnica prohibida del sello de sangre! —gritó uno de los subordinados del escuadrón—. ¡Rápido, acaben con ellas antes de que infecten el aire del perímetro!

​Lin aprovechó la distracción para zafarse del líder, lanzando una lluvia de agujas de hueso envenenadas directamente a los ojos del hombre, obligándolo a esquivar con una pirueta hacia atrás.

​—¡Joven maestro! —gritó Lin con la voz rasgada por el esfuerzo, mientras la piel de sus brazos comenzaba a agrietarse por la sobrecarga de toxinas en su propio cuerpo—. ¡Estamos a menos de trescientos metros de la frontera de los Valles Tóxicos! ¡El ruido de la pelea ya debió activar los sensores de la vanguardia! ¡Resista!

​—¡Cállate y concéntrate en no dejar que te partan en dos! —respondió Daniel, cubriéndose el rostro mientras las briznas de energía salían proyectadas hacia todas partes.

​Sin embargo, el esfuerzo desesperado de las herederas tenía un precio brutal. El líder del escuadrón de exterminio, reponiéndose de la sorpresa, canalizó una cantidad masiva de Qi demoníaco en su espada. La hoja brilló con un fuego negro estigio.

​—Se acabó el juego —declaró el hombre, apareciendo instantáneamente detrás de Meili a una velocidad que la vista humana apenas podía seguir.

​El filo negro descendió en un corte diagonal perfecto. Meili apenas alcanzó a girar el cuerpo, pero la espada atravesó su hombro derecho, desgarrando carne y hueso antes de que ella pudiera soltar un alarido de dolor. Cayó sobre la hierba, cubiertas las manos de su propia sangre, mientras su energía comenzaba a fluctuar erráticamente.

​—¡Meili! —Lin intentó correr hacia su prima, pero dos de los ejecutores la flanquearon, clavándole dos lanzas cortas en los muslos que la clavaron contra el suelo, inmovilizándola al instante.

​El claro quedó sumido en un silencio sepulcral, roto solo por los jadeos pesados de las dos jóvenes desangrándose en el suelo y el crujido de las botas del líder caminando lentamente hacia Daniel.

​El hombre de ojos rojos se detuvo a tres pasos del roble, mirando al diminuto niño de seis años con una mezcla de desdén e indiferencia absoluta.

​—Así que este es el gusano que las acompañaba... —dijo el líder, alzando la espada ensangrentada, cuyo filo goteaba sobre la tierra—. Un desperdicio de carne sin cultivo.

​Daniel levantó la vista. A pesar de la pidez de su rostro y la fragilidad de su cuerpo infantil, no había miedo en sus ojos almendrados; solo un cálculo frío, desapasionado y absolutamente implacable. Pero el análisis no cambiaba la realidad física: la espada estaba comenzando a descender hacia su cuello.

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FuKagaku
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