Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 22. MUNDANZAS DEL CORAZON Y UN NUEVO SOL
POV ROCÍO
El sol de la mañana se colaba sin pedir permiso por el ventanal del dormitorio de la tercera planta, dibujando líneas doradas sobre las sábanas de hilo blanco. Me desperté despacio, sintiendo una ligereza en el pecho que no había experimentado en toda mi vida adulta. No había pesadillas rondando en mi mente. No había fantasmas del pasado atenazándome el cuerpo.
Giré la cabeza sobre la almohada y me topé con el rostro relajado de Mario. Seguía dormido a mi lado, con el cabello oscuro un poco revuelto y la respiración acompasada. Un brazo suyo rodeaba mi cintura con firmeza, manteniéndome pegada a su calor incluso en mitad del sueño.
Lo observé en silencio, sintiendo una oleada de amor tan inmensa que me humedeció los ojos. Él había tenido la paciencia de guiarme a través de la oscuridad de mis miedos; había sido el único hombre capaz de sanar las cicatrices que Iván me dejó a los diecisiete años. Estiré la mano con una lentitud exquisita y le acaricié la línea de la mandíbula con la yema de los dedos.
Mario parpadeó, sus ojos oscuros enfocándose en mí mientras una sonrisa limpia y perezosa se dibujaba en sus labios.
—Buenos días, mi princesa —murmuró con una voz ronca por el sueño, atrayéndome aún más hacia él para plantar un beso tierno en mi frente.
—Buenos días —respondí, escondiendo el rostro en su cuello, respirando su aroma —. Me he despertado pensando en que... hoy es el primer día de nuestra verdadera vida. Sin Méndez, sin inspectores, sin mentiras.
—Así es —asintió él, entrelazando sus dedos con los míos—. Y lo primero que tenemos que hacer hoy es dejar de vivir en habitaciones separadas. Esta misma tarde voy a mudar mis cosas a tu dormitorio. Ya no tiene sentido mantener las distancias. Pero antes... tenemos que hablar con los niños. Lucas y Mía tienen que entender que esto ya no es un pacto por obligación.
El estómago me dio un vuelco sutil, pero esta vez fue de pura emoción. El guion de la mentira que le habíamos vendido a la trabajadora social se había convertido en nuestra realidad más absoluta.
POV MARIO
Bajar a la cocina agarrados de la mano, compartiendo besos rápidos en los descansillos de la escalera, se sintió como el mayor de los triunfos. El engranaje del caos de la semana pasada por fin rodaba a nuestro favor.
A las ocho de la mañana, los niños se sentaron a desayunar. Mía, devoraba sus trozos de plátano con la energía recuperada tras la otitis, mientras Lucas, terminaba de beber su vaso de leche con la mirada fija en mí. Los niños de cinco años son increíblemente perceptivos; Lucas nos observaba alternativamente a Rocío y a mí, notando que el ambiente ya no tenía la rigidez de los primeros días.
Rocío se sentó a mi lado, rozando su rodilla con la mía por debajo de la mesa, y tomó aire antes de romper el hielo.
—Lucas, Mía... El tío Mario y yo queremos contaros una cosa muy importante —dijo Rocío con una voz dulce, ganándose la atención de los pequeños de inmediato.
—¿Qué pasa, tía? ¿Va a volver la señora mala de la tablet? —preguntó Lucas con su vocecita, arrugando el entrecejo por el recuerdo de la inspectora.
—No, mi amor, esa señora ya no va a volver a molestarnos —le respondí, inclinándome hacia delante en la mesa—. ¿Os acordáis de que al principio la tía Rocío y yo os dijimos que viviríamos juntos en esta casa para cuidaros porque papá y mamá lo querían así?
Los dos niños asintieron con la cabeza al mismo tiempo.
—Pues... en estos días que hemos pasado juntos, cuidando a Mía cuando estaba malita y ayudando a Lucas con sus dibujos... el tío Mario y yo nos hemos dado cuenta de algo —continuó Rocío, estirando la mano sobre la mesa para entrelazar sus dedos con los míos a la vista de los niños—. Nos hemos dado cuenta de que nos queremos muchísimo. De verdad. No solo somos vuestros tíos; ahora también somos una pareja. Vamos a ser como vuestros papás de aquí en adelante, y siempre, siempre vamos a ser una familia de cuatro.
Mía soltó una risa limpia, batiendo sus manitas manchadas de fruta sobre la mesa. A sus tres años, el concepto de pareja le resultaba ajeno, pero entendía perfectamente la palabra "familia" y la felicidad que flotaba en el aire.
—¿Entonces el tío Mario ya no va a dormir en el cuarto del fondo? —preguntó Lucas, procesando la información con esa lógica aplastante que tienen los niños de cinco años.
—No, campeón —sonreí, revolviéndole el cabello—. A partir de hoy, la tía Rocío y yo compartiremos la misma habitación grande. Y todas las noches os leeremos el cuento juntos antes de dormir. ¿Qué te parece?
Lucas miró mi mano entrelazada con la de Rocío. Recordó el truco de la cera que ella le había enseñado y el abrazo del hospital. Se encogió de hombros con una pequeña sonrisa tímida, de esas que significaban una aceptación absoluta en su idioma infantil.
—Vale. Pero el cuento de los dinosaurios lo lees tú, tío Mario. La tía Rocío hace voces muy raras cuando imita al T-Rex —sentenció el niño, dándole un mordisco a su galleta.
La cocina se inundó con nuestras risas. Rocío me miró con los ojos brillando de una felicidad pura, apretando mis dedos con fuerza. Las piezas de nuestro rompecabezas familiar por fin encajaban a la perfección. La mudanza de las pertenencias de la tercera planta comenzó esa misma tarde, guardando la ropa en los mismos armarios y unificando nuestras vidas en el mismo espacio. El pasado de deudas, traumas y muertes había quedado sepultado bajo el peso de un amor limpio, paciente y respetuoso que estaba listo para escribir el capítulo más hermoso de nuestro destino.