Valentina Buenavista está a punto de casarse con el amor de su vida cuando un hombre de su pasado lo destruye todo. Adrián Altamira —heredero de un imperio empresarial y su enemigo jurado desde la preparatoria— manda a destrozar la boda entera.
Pero eso es solo el principio.
Cuando la empresa de su padre queda al borde de la ruina, Valentina descubre que Adrián fue quien orquestó la caída. Y ahora le ofrece un trato imposible: casarse con él a cambio de salvar el Grupo Buenavista.
Atrapada entre la rabia y la desesperación, Valentina acepta. Lo que no esperaba era que vivir bajo el mismo techo que su peor enemigo despertara algo que no puede —ni quiere— controlar.
Adrián es arrogante, posesivo y exasperante. También es el único que la defiende cuando nadie más lo hace. A medida que las provocaciones se convierten en roces y los roces en besos que la dejan sin aliento, Valentina empieza a preguntarse si realmente lo odia... o si siempre lo ha sentido de otra manera.
Pero hay secretos mucho más oscuros detrás de este matrimonio. Emiliano, el hombre al que Valentina amó durante años, esconde un pasado manchado de sangre. Y la verdad, cuando salga a la luz, lo cambiará todo.
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Capítulo 19
—¡Ups!
Valentina se sobresaltó y se llevó ambas manos a la boca por puro reflejo. Jamás imaginó que el tacón que llevaba puesto se le saldría del pie y aterrizaría justo en la cabeza de Adrián.
—Ay, no... ¿Por qué tenía que darle en la cabeza? —se lamentó en voz baja.
Se mordió el labio inferior. El corazón le latía desbocado mientras veía a Adrián detenerse en seco.
Quién sabe lo que ese hombre le haría ahora. ¿Acaso le impondría otro castigo?
Pero... ¿y si volvía a besarla, o peor, se atrevía a ir más lejos?
Adrián se frotó la cabeza donde le había golpeado y soltó un suspiro cargado de irritación. Lentamente, giró sobre sus talones y clavó en ella una mirada afilada, intimidante.
—Tú...
Antes de que pudiera terminar la frase, Valentina se apresuró a cortarlo.
—F-fue sin querer. El tacón se me salió así, de repente.
Y enseguida desvió la conversación.
—Bueno, será mejor que empiece a limpiar la mansión.
Dicho eso, salió disparada, dejando a Adrián con la palabra en la boca.
Para Valentina, era infinitamente preferible que le impusieran el castigo de limpiar toda la mansión a que la besara su archienemigo. No iba a permitir que ese hombre volviera a ponerle un dedo encima.
Se dedicó entonces a limpiar cada habitación de la mansión, después cortó el césped del jardín y fregó la piscina. Aunque el agotamiento era brutal, no le quedaba más remedio que cumplir.
—Ya me lo imaginaba, tenía que ser así. Se casó conmigo solo para vengarse —masculló entre dientes.
Estaba regando las plantas cuando se detuvo de golpe al ver, sin querer, a Adrián corriendo por la pista de trote.
El sudor le empapaba el cuerpo. Se llevó una botella de agua a los labios y bebió un trago largo; la nuez de Adán se le movió arriba y abajo con cada trago.
Valentina se quedó inmóvil, como hipnotizada por la presencia de aquel hombre.
Sacudió la cabeza de inmediato. Admitía que era guapo, eso no podía negarlo, pero su actitud era insoportable. Jamás lograría hacer que se enamorara de él.
Sin embargo, como andaba distraída, no se dio cuenta de que la manguera que sostenía le apuntaba directamente. El chorro de agua le dio de lleno.
—¡Ahhh!
Estuvo a punto de caer, pero por suerte Adrián alcanzó a sujetarla a tiempo.
—Por eso hay que concentrarse en lo que una está haciendo. ¿O fue mi atractivo lo que te desconcentró? —le soltó con tono gélido.
Valentina se zafó de sus brazos al instante.
—Ay, por favor. ¿Quién se va a deslumbrar contigo?
Adrián reparó entonces en la blusa blanca de la muchacha, ahora completamente empapada, que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, dejándola transparente. Debajo de la tela mojada se distinguía con claridad un sostén negro.
La imagen lo perturbó. Apartó la mirada de inmediato.
Sin decir una palabra, le arrojó la toalla pequeña que traía consigo, apuntando directo al pecho de Valentina.
—Se te ve el sostén.
Valentina se puso roja hasta las orejas. Se cubrió el pecho con la toalla de un manotazo.
—¿O sea que todo este rato lo estuviste viendo?
Adrián respondió con frialdad absoluta.
—Hm. Es de un tamaño considerable.
¿Considerable?
Valentina se quedó boquiabierta. El rubor le incendió el rostro entero. En ese instante deseó que la tierra se la tragara.
Aunque frente a ella Adrián mantuvo su expresión impasible, en cuanto se alejó lo suficiente, esbozó en secreto una sonrisa imperceptible, difícil de descifrar.
Valentina, por su parte, solo pudo soltar un suspiro larguísimo. La vergüenza era tal que se revolvió el pelo con las dos manos.
—¡Dios! ¿Por qué tuvo que verlo?
Bip... bip... bip...
De pronto, el celular de Valentina vibró. Tenía un mensaje de Emiliano.
[Tu papá ya me contó sobre el plan que tienen, que en algún momento te vas a separar de Adrián. Yo te voy a ayudar a que te liberes de él lo antes posible. Por eso quiero verte ahora, Val.]