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La Empleada del Magnate

La Empleada del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Niñero / Completas
Popularitas:279
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.

Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.

Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…

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CAPÍTULO 20

Sábado

El despertador sonó a las siete de la mañana y lo atendí de inmediato porque el sábado con compromiso no es sábado de dormir hasta tarde.

Me levanté, fui al baño, me di el primer baño del día, que era el baño de despertar nomás, ese rápido que sirve para abrir los ojos de verdad. Salí, me puse ropa de limpieza y fui al departamento.

Nuestro departamento pequeño no tarda mucho en limpiarse pero yo lo hago bien. Cada rincón, cada superficie, debajo de los muebles, detrás del refrigerador que acumula esa polvorilla gruesa que nadie ve pero yo sí. La abuela no estaba pero la casa era de ella y yo la iba a mantener como a ella le gustaba sin importar eso.

Cuando terminé estaba sudada y con olor a producto, así que volví al baño, me di el segundo baño con más calma, me lavé el cabello, me vestí con ropa sencilla y me fui.

---

Llegué al Hospital de los Ángeles a las nueve de la mañana.

La abuela Cida estaba sentada en la cama con el pañuelo blanco en la cabeza y cuando me vio su expresión cambió de ese modo en que solo cambia el rostro de quien te ama cuando te ve, ese modo que no se puede fingir.

—Mi niña. —abrió los brazos. —Qué ganas que tenía de verte. Toda la semana sin verte.

Me senté a su lado, la abracé con cuidado y con fuerza al mismo tiempo.

—¿Desde cuándo me estaba esperando?

—Desde las ocho. —dijo sin ninguna vergüenza.

Me reí.

—Carla vino a verme dos veces desde que me trasladaron aquí. —continuó, con esa voz de quien tiene una novedad guardada. —Buena chica esa Carla.

—Sí, abuela.

—Me dijo que estaban trabajando con el hospital público y que fui seleccionada por el avance del cáncer. Que yo tenía prioridad en el tratamiento.

—Sí, abuela. —dije con esa calma de quien eligió las palabras antes de abrir la boca.

—Le pregunté de dónde habías sacado el dinero para todo esto.

Pausa.

—Y me lo dijo.

—Ah, sí. —respondí solo. —Entiendo.

La abuela me miró por un segundo con esos ojos que lo veían todo y después no dijo más nada sobre el asunto, porque ella era así, sabía cuándo tenía información suficiente y sabía cuándo dejar de jalar del hilo.

Y por eso la amaba como la amaba.

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Pasamos el día juntas.

Chismeamos sobre el hospital, sobre las enfermeras, sobre la paciente del cuarto de al lado que se quejaba de todo en voz alta desde las seis de la mañana y a quien la abuela había bautizado como la Quejona con esa seriedad de quien le está dando un título oficial.

Almorzamos juntas, su bandeja y el tupper que yo había traído, sentadas con la televisión puesta en un canal de cocina que ninguna de las dos estaba mirando de verdad.

El café de la tarde llegó con ese panqué de zanahoria que el hospital servía a las tres y que la abuela había descubierto el martes y que claramente estaba esperando desde entonces.

Fue cuando el celular sonó.

Glória.

—Hola querida, ¿no vienes?

—Sí, Glória, estaba con mi abuela. Ya voy, ¿está bien?

—Bien, te espero. Hasta luego.

Colgué.

La abuela tenía esa mirada.

Esa mirada específica que ella tenía que era radiografía, ultrasonido y polígrafo al mismo tiempo.

—¿Trabajo o compromiso?

—Trabajo, abuela, usted sabe que lo de compromisos no es lo mío.

—Ya, ya. —soltó esa risita corta suya que tenía malicia por debajo. —Niña, ya pronto vas a tener cuarenta años y no sabes lo bueno que es cabalgar encima de un hombre.

—Abuela. —dije horrorizada. —Dios mío.

—¿Estoy mintiendo?

—Adiós. —me levanté, le besé la frente antes de que completara el razonamiento. —Te quiero, vengo mañana otra vez.

Estaba riendo cuando salí.

Fui al elevador con la cara caliente y una sonrisa que no pude contener.

---

Llegué a la mansión a las tres y treinta.

Glória estaba en el hall esperándome y cuando entré se acercó a mí con ese paso preciso de siempre y me abrazó. Firme, rápido, real. Me sorprendió porque Glória no era de abrazar y justamente por eso su abrazo pesaba más que cualquier abrazo de persona que abraza a todo el mundo.

Se lo devolví.

—Me alegra que hayas conseguido el dinero, Antonieta. —dijo cuando se apartó, los ojos azules serios. —Y lo siento por la forma en que tuviste que conseguirlo. Nadie merece eso. Con Beth la situación fue diferente, tal vez sea porque tú eres joven y—

—Glória. —corté con cuidado. —No voy a ser su acompañante de lujo.

Ella se quedó callada.

—Caramba. —dije más para mí que para ella. —Es lo que todo el mundo va a pensar. Qué feo.

—Antonieta, yo no quería—

—No, escucha. —respiré. —Yo necesitaba dinero. Él necesitaba una novia falsa. Le funcionó a los dos lados. Es un negocio, Glória. Solo un negocio. ¿Entiendes?

Ella asintió despacio con esa expresión de quien está reorganizando una conclusión.

—Perdóname, mi ángel. No quería juzgarte así.

—Para nada. —sonreí. —En tu lugar yo pensaría lo mismo. Cualquiera pensaría lo mismo.

Ella respiró profundo y volvió a ser la Glória de siempre, esa postura, esa precisión, esa energía de quien tiene una lista y la va a cumplir.

—Ahora. ¿Cuáles son las exigencias del todopoderoso? —pregunté.

—Primero vamos a una boutique. Guardarropa completo, ropa, zapatos, bolsos, todo.

—¿Todo?

—Todo. —confirmó sin parpadear. —Después salón. Y cuando volvamos tenemos algunas lecciones sobre cómo comportarse en los ambientes que frecuenta el señor.

No aguanté y me reí.

—¿En serio, Glória? ¿Clases de etiqueta? Mi abuela me crió bien, gracias, soy educada. Y comer sé comer muy bien; pensé que era por la boca y no por otro lado.

—Niña. —cerró los ojos por medio segundo.

—¿Qué?

—No hagas eso. Ahora ven, te va a gustar, soy una excelente tutora.

—Solo que no es rica. —dije sin pensar.

Ella me miró.

—¿Comparada con él? No. —hice un gesto amplio. —Pero comparada conmigo, contigo, con todos aquí adentro, ¿sí lo es, mi amor, sí es mucho.

Ella se quedó mirándome con esa expresión que no supe clasificar del todo pero que tenía algo por debajo que era cálido.

—Niña boba. —dijo por fin. —Ahora vamos.

---

La boutique era el tipo de lugar al que yo nunca había entrado en mi vida.

No por inseguridad, simplemente porque nunca había tenido motivo. Puerta de vidrio, alfombra suave, ese silencio específico de tienda cara que es diferente al silencio de un lugar vacío; es el silencio de un lugar donde el dinero circula con discreción.

Glória entró como quien entra a su casa.

Yo entré mirando todo con esa curiosidad que no me di el trabajo de esconder.

En dos horas Glória eligió, aprobó, descartó y eligió de nuevo con una eficiencia que me dejó parada. Vestidos largos, vestidos midi, conjuntos de pantalón, sacos, faldas, blusas de tela que yo pasaba la mano y entendía de inmediato por qué costaba lo que costaba. Zapatos de tacón, bailarinas de cuero, una sandalia dorada que miré y pensé que no era para mí hasta que me la puse y cambié completamente de opinión. Bolsos que cabían en la palma de la mano y que no tenían nada de funcional pero que tenían todo de elegante.

Cuando terminó miré los percheros y las bolsas organizadas con el logo de la boutique y dije:

—Glória, ¿cuánto salió todo esto?

—Ciento cincuenta mil dólares.

Me quedé parada.

—En dos horas.

—Años de experiencia, mi ángel. —dijo simplemente. —Ahora ven, todavía tenemos el salón.

---

El peluquero se llamaba Rafael y era exactamente el tipo de persona que quieres a tu alrededor cuando estás cansada: animado, gentil, con esa energía que no es invasiva sino simplemente cálida.

Me miró cuando entré y se quedó parado por un segundo con esa expresión de artista estudiando un lienzo.

—Dios mío. —le dijo a Glória. —Pareces una diosa de tan linda. Mira ese cabello, Glória, es liso y chino natural al mismo tiempo; daría todo por tener ese cabello.

—Gracias. —respondí sin saber bien dónde poner el elogio.

—Vamos a darle un poco de iluminación, realzar lo que ya es perfecto. Nada de cambiar, solo revelar. —me apuntó con el peine. —¿Y Ariana se va a encargar de tus uñas mientras trabajo, está bien, mi amor?

Dos horas después yo tenía el cabello con esa iluminación que Carla había intentado explicarme una vez y que yo nunca había entendido hasta verla en el espejo, esos mechones que agarran la luz de un modo que parece que la luz viene de adentro del cabello y no de afuera. Las uñas en nude rosado que Ariana había elegido con esa seguridad de especialista que yo simplemente había dejado hacer.

—Listo. —Rafael se quedó detrás de mí en el espejo con los brazos cruzados de satisfacción. —Obra de arte.

Glória me miró con esa media sonrisa rara.

No le llevé la contraria.

---

Llegamos a la mansión a las siete y treinta.

Glória me llevó al cuarto de huéspedes del ala sur, ese que yo había limpiado decenas de veces y en el que ahora entraba como huésped, lo cual tenía una ironía que decidí no quedarme elaborando.

—Date un baño, no mojes el cabello. —dijo en la puerta. —Cuando salgas hay una sorpresa.

Me bañé rápido, envolví el cabello en una toalla sin mojarlo, salí del baño con la otra toalla enrollada en el cuerpo.

Y me detuve.

Sobre la cama estaba extendido un vestido largo en color rosa bebé, ese rosa que no es color de niña sino color de mujer que sabe lo que está haciendo. Tenía una abertura discreta en el muslo, delicada, elegante, ese tipo de detalle que aparece cuando te mueves y desaparece cuando te detienes. Al lado un tacón alto de strass que captaba la luz desde cualquier ángulo. Y un bolsito pequeño rosa bebé que no cabía casi nada pero que era la cosa más delicada que había visto en mi vida.

Sonreí sola.

Glória sabía lo que hacía. Eso ya lo sabía pero se me estaba confirmando con cada hora de ese sábado.

Me puse el vestido.

Me calcé el tacón.

Solté el cabello que la iluminación de Rafael había convertido en algo a lo que yo todavía me estaba acostumbrando a reconocer como mío.

Me miré en el espejo del cuarto entero.

Me quedé parada por un buen rato.

—A la chingada. —dije en voz alta para nadie. —Esa de ahí no soy yo.

Pero sí era.

Era yo con tiempo, con cuidado, con recursos. Era yo sin las carreras, sin el cansancio de la semana, sin la ropa elegida por el criterio de aguantar un trapeador.

Era yo cuando la vida daba espacio.

Fui hasta el bolsito, saqué la crema de vainilla que había traído de mi bolso, me la apliqué en el cuello y en las muñecas con ese aroma que era mío desde siempre, ese que no iba a cambiar por vestido caro ni salón de lujo ni contrato de asociación estratégica temporal alguno.

El perfume floral y dulce no era para mí.

La vainilla sí.

Y eso no estaba en ninguna cláusula del contrato de Luke Petronius, así que iba a seguir así.

Agarré el bolsito.

Respiré.

Estaba lista.

Continúa...

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