Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 11
Alana contuvo el aliento y cerró los ojos, esperando el impacto inevitable de las garras. Sin embargo, el golpe nunca llegó.
Un rugido ensordecedor sacudió las paredes de piedra. Azrael se cruzó en la trayectoria del atacante a una velocidad sobrehumana, interceptando a la fiera en pleno vuelo. Lo agarró por la garganta con una sola mano y lo estampó brutalmente contra el suelo de losas, provocando un crujido seco que retumbó en la habitación.
El tercer rebelde aprovechó la brecha para abalanzarse sobre la espalda expuesta de Azrael, clavándole las garras en el hombro. El Alfa ni siquiera se inmutó; emitió un gruñido grave desde el fondo de su pecho y giró sobre sus talones, sujetando al intruso del cuello antes de arrojarlo con una fuerza descomunal contra el marco de la chimenea. El cuerpo cayó inerte entre las brasas encendidas.
En cuestión de segundos, el silencio volvió a adueñarse de los aposentos privados.
El lugar era un caos de cristales rotos, pieles desordenadas y mapas manchados de sangre oscura. Azrael permanecía de pie en el centro del recinto, respirando con pesadez. Sus ojos no eran azules; brillaban con un dorado salvaje y cegador mientras la transformación parcial de su rostro cedía lentamente, regresando a su forma humana.
Alana continuaba en el suelo, con las manos apoyadas sobre la piedra fría y el corazón desbocado contra sus costillas. La brutalidad y la eficiencia de la escena la habían dejado sin habla.
Azrael ignoró la herida de su hombro, de la que brotaba un hilo de sangre carmesí, y caminó directo hacia ella. Se detuvo a centímetros, obligándola a alzar la cara bajo su sombra imponente.
—Te dije que te alejaras de la ventana —dijo con la voz rasposa, cargada aún de la adrenalina de la bestia.
—Se... se movieron demasiado rápido —logró articular Alana, intentando que los labios no le temblaran mientras miraba el corte en su hombro—. Estás sangrando.
Azrael miró de reojo la herida sin darle la menor importancia.
—Es el precio de este reino, humana —respondió él, volviendo a fijar sus ojos, ahora azules de nuevo, en los de ella—. Aquí los enemigos no envían advertencias.
Las pesadas puertas de roble se abrieron de golpe y el capitán de la guardia entró junto a seis soldados con las espadas desenvainadas. Al ver los cadáveres de los rebeldes en el suelo, el capitán palideció e inclinó de inmediato la cabeza.
—¡Majestad! Escuchamos el estruendo... ¿Cómo lograron burlar la muralla del ala oeste?
—Alguien en este castillo les abrió el paso —sentenció Azrael con una helada serenidad que infundió pavor en sus guardias—. Limpien este desastre, refuercen las torres y busquen al traidor. Si no lo encuentran al amanecer, rodarán cabezas.
—¡A la orden, Señor! —gritó el capitán, haciendo una señal a los soldados para que retiraran los cuerpos inmediatamente.
Azrael se giró hacia la mesa auxiliar y sirvió una copa de agua para limpiarse la sangre del brazo. Alana se puso de pie con lentitud, sacudiéndose el polvo del vestido. A pesar del pánico que acababa de presenciar, sus instintos le decían que la herida del Alfa, infligida por garras enemigas, podía estar envenenada o necesitar atención.
—Déjame ver eso —dijo Alana, dando un paso cauteloso hacia él y señalando su hombro—. Sé cómo limpiar una herida.
Azrael se detuvo con la copa a medio camino de los labios. Ladeó la cabeza, mirándola con una mezcla de mofa y auténtico desconcierto, como si ella acabara de hablarle en un idioma extinto.
—¿Limpiar una herida? —repitió él, dejando la copa sobre la madera con un golpe seco—. ¿A un Alfa?
—Sé cómo tratar un corte —insistió Alana, tomando un paño limpio que descansaba sobre la bandeja de la jarra—. En mi mundo... en mi tierra, si no limpias una herida abierta con garras mugrientas, se infecta. Salvo que prefieras que se te pudra el hombro por puro orgullo.
Por un segundo, la habitación pareció quedarse sin aire. El capitán de la guardia, que aún ordenaba a dos soldados arrastrar el último cadáver fuera de los aposentos, se congeló en el umbral, mirando a Alana como si estuviera presenciando a una suicida en potencia.
Sin embargo, Azrael no la atacó. Soltó una risa baja, un sonido oscuro que no llegó a sus ojos.
—Los hombres lobo sanamos en cuestión de horas, humana. La carne se cierra sola —dijo, pero no se apartó cuando ella dio un paso más hacia él—. Aunque la ponzoña de los rebeldes del Norte suele llevar plata fundida en las garras para retrasar la cura.
Alana no esperó permiso. Presionó el paño contra la herida. Al contacto con la tela, un hilillo de humo negro y un olor acre salieron de la carne desgarrada. Azrael tensó la mandíbula hasta que los músculos del cuello se le marcaron como cuerdas de violín, pero no emitió un solo gemido.
—Duele, ¿verdad? —musitó Alana, limpiando con cuidado la sangre carmesí mezclada con el rastro negruzco de la plata—. No es invencibilidad, solo es resistencia.
—Es control —corrigió Azrael con la voz extrañamente baja, clavando sus ojos azules en el rostro de ella. Estaban tan cerca que Alana podía sentir el calor abrasador que desprendía su piel, un contraste brutal con el aire helado que aún entraba por el ventanal destrozado—. Si no controlas el dolor, la bestia toma el mando. Y si la bestia toma el mando ahora mismo, no quedaría nada de ti en esta habitación.
Alana sostuvo su mirada mientras terminaba de retirar la última impureza del corte. La piel alrededor de la herida ya empezaba a cerrarse a una velocidad antinatural, sellando los bordes con un leve chispazo de luz rojiza.
—Listo —dijo ella, dando un paso atrás para devolverle su espacio personal.
Azrael se movió el hombro, probando la movilidad del brazo. La miró de arriba abajo, deteniéndose en sus manos manchadas de su propia sangre.
—Esa sangre es de tu Rey —dijo él, dando un paso hacia ella y acorralándola sutilmente contra el borde de la mesa—. En este castillo, tocar la sangre del Alfa sin su consentimiento se castiga con la traición. Pero tú... pareces disfrutar caminando al borde del abismo.
—Prefiero caminar al borde del abismo que dejarme caer en él —respondió Alana con firmeza, cruzándose de brazos—. Si vas a matarme por limpiar tu herida, hazlo de una vez. Pero si no, dime qué más tengo que hacer para que me dejes dormir un par de horas.
Azrael la contempló en silencio. La intriga en sus ojos era cada vez más evidente; la presencia de esta mujer sin aroma a manada y sin miedo a la muerte estaba alterando el orden de su castillo mucho más que el ataque de los rebeldes.
—Cambia las sábanas —ordenó finalmente, señalando la enorme cama cubierta de pieles al fondo de la estancia—. El olor a sangre de esos bastardos ha arruinado mi descanso. Y no te vayas lejos, Alana. A partir de esta noche, tú duermes en el diván de este salón.
Alana abrió los ojos de par en par.
—¿Aquí? ¿En tu habitación?
—Hay un traidor en el castillo que les abrió la puerta —dijo Azrael, caminado hacia la mesa para servir dos copas de vino de golpe—. Nadie entra ni sale de este piso sin que yo lo sepa. Y si el traidor eres tú... quiero tenerte lo suficientemente cerca como para cortar tu cuello mientras duermes.