no estaba buscando amor cuando descargó una app de citas.
Solo quería escapar de la vida asfixiante que tenía en Londres.
Sin trabajo y desesperada por irse de casa de sus padres, acepta la extraña propuesta de , un hombre frío, reservado y marcado por un divorcio escandaloso.
Él le ofrece ayudarla.
A cambio, solo debe acompañarlo a Emiratos Árabes Unidos.
Sin sentimientos.
Sin preguntas.
Sin involucrarse demasiado.
Pero entre el lujo, los silencios y la distancia que Nael impone entre ambos, Liora descubre que algunas personas esconden más dolor del que dejan ver.
Y que enamorarse de alguien como Nael Al-Hadid nunca fue parte del plan.
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Capitulo 24
Liora
La pesadilla comenzó pasada la medianoche.
Yo seguía despierta porque no quería apagar la luz de mi habitación. Tenía el teléfono en las manos mientras organizaba citas para ver apartamentos al día siguiente.
No iba a quedarme más en esa casa.
Ya no.
Había tomado la decisión de irme definitivamente de la vida de mis padres.
Aunque me doliera.
Aunque me aterrara hacerlo sola.
Estaba guardando mi ropa en bolsas negras cuando escuché que mi madre intentaba abrir la puerta.
El mueble que había atravesado detrás de ella se lo impidió.
Y entonces comenzaron los gritos.
—¡Liora, abre ahora mismo!
Cerré los ojos con fuerza.
—Mamá, mañana me voy… —dije intentando mantener la calma—. Ya no tendrán que preocuparse por mí. Los voy a dejar en paz.
Pero eso solo empeoró todo.
Los golpes contra la puerta comenzaron inmediatamente.
Mi madre gritaba insultos mientras golpeaba la madera con desesperación.
Yo seguía empacando con las manos temblando.
Pasaron largos minutos.
Quizás horas.
Hasta que finalmente todo quedó en silencio.
Miré la hora.
Casi las dos de la mañana.
Respiré aliviada pensando que tal vez se habían cansado.
Seguí doblando ropa lentamente.
Y entonces escuché el primer golpe.
Uno seco.
Pesado.
La puerta vibró.
Fruncí el ceño confundida.
Otro golpe.
Más fuerte.
Y entendí lo que estaba pasando cuando escuché la voz de mi padre gritando del otro lado.
—¡ABRE ESA MALDITA PUERTA!
El miedo me paralizó.
Vi cómo la madera se astillaba.
Mi padre estaba rompiendo la puerta con un hacha.
Las manos comenzaron a temblarme violentamente mientras tomaba el teléfono.
Llamé a Nael casi sin poder respirar.
Él respondió rápido.
Y justo en ese momento la puerta terminó de romperse.
Mi padre entró completamente fuera de sí.
Sus ojos daban miedo.
Mucho miedo.
Intenté retroceder pero me sujetó del cuello y me levantó bruscamente.
El teléfono cayó al suelo.
—¡¿Te quieres ir?! ¡¿Eso quieres?!
Me golpeó.
Mi madre gritó detrás de él.
—¡Baja el hacha!
Pero él ya no escuchaba.
Nada.
Caí al suelo y ambos comenzaron a golpearme mientras yo intentaba cubrirme el rostro.
Todo sucedía demasiado rápido.
Demasiado.
Recuerdo el sabor de la sangre en mi boca.
El dolor en las costillas.
Los gritos.
Y luego…
vi a mi padre levantar el hacha.
El mundo se detuvo.
—No… no, papá… no…
Intenté moverme.
Pero no fui suficientemente rápida.
El hacha cayó cerca de mí.
Mi madre gritó horrorizada.
—¡¿ESTÁS LOCO?! ¡¿CÓMO SE TE OCURRE MATAR A TU HIJA?!
Pero él estaba completamente cegado por la ira.
Después todo se volvió confuso.
Vi a mi padre abalanzarse otra vez.
Y vi a mi madre interponerse entre nosotros.
Escuché un grito desgarrador.
La sangre manchó el suelo de mi habitación.
Intenté moverme pero otro golpe me alcanzó el rostro.
Después sentí dolor en todo el cuerpo.
Recuerdo cuando Nael llegó que lo abrace, como él me acompañó hasta la ambulancia y después solo oscuridad.
Cuando desperté estaba dentro de la ambulancia.
El sonido de las sirenas me perforaba la cabeza.
Me costaba respirar.
Intenté moverme y el dolor me arrancó un pequeño gemido.
—¿Mi mamá…? —pregunté con dificultad.
El paramédico me observó con expresión seria.
—La están atendiendo.
Vi sangre seca en mis manos y empecé a llorar.
—¿Por qué nos trajeron aquí?
El hombre acomodó una vía intravenosa en mi brazo.
—El señor Al-Hadid indicó que las trasladáramos a este hospital. Él está cubriendo todos los gastos.
Eso hizo que llorara todavía más.
Mi madre había perdido demasiada sangre.
Y yo no sabía si iba a sobrevivir.
Cuando llegamos al St Thomas' Hospital apenas podía mantenerme consciente.
Vi a mi madre desaparecer rápidamente hacia cirugía.
Y entonces mi cuerpo simplemente colapsó.
Desperté horas después.
La habitación era enorme.
Elegante.
Silenciosa.
Ya era de día.
Todo me dolía.
Intenté moverme pero un dolor agudo atravesó mis costillas.
—Tranquila.
La voz de Nael hizo que girara lentamente el rostro.
Estaba sentado junto a mi cama.
Tenía ojeras profundas y la ropa arrugada.
Como si no hubiera dormido nada.
—Respira despacio —dijo suavemente.
Intenté hablar.
—¿Qué… me pasó?
Mi mano subió automáticamente hacia mi cara.
Solo podía ver bien por un ojo.
Sentía vendas cubriendo parte de mi rostro.
Nael tomó mi mano con cuidado.
—No te toques.
Tragué saliva.
—¿Qué pasó?
Él dudó unos segundos.
—Uno de los golpes provocó una hemorragia alrededor del ojo y una lesión importante en el pómulo. Te operaron hace dos horas para drenar la inflamación y reconstruir parte del tejido afectado. Vas a estar bien, pero necesitas descansar.
Sentí miedo.
Mucho miedo.
—¿Y mi mamá?
El silencio de Nael me asustó todavía más.
—Está en UCI.
Las lágrimas comenzaron a caer inmediatamente.
—Mi papá casi la mata…
Nael apretó suavemente mi mano.
—Perdió mucha sangre.
Lo miré desesperada.
—Dime la verdad.
Vi cómo tragaba saliva.
—Tu madre tiene múltiples heridas profundas. Perdió varios dedos intentando detener el hacha… los cirujanos lograron reimplantarlos, pero todavía no saben si recuperará completamente la movilidad.
Me quebré por completo.
Nael se acercó inmediatamente.
—No llores, Liora. No puedes mojar el vendaje.
Lloré igual.
Porque nada de aquello parecía real.
Un médico entró poco después revisando mi historial.
—Señorita Quinn, tiene tres costillas fisuradas, una fractura pequeña en el radio derecho, múltiples hematomas y una lesión orbital importante alrededor del ojo izquierdo. La cirugía salió bien, pero deberá permanecer hospitalizada entre siete y diez días.
Asentí lentamente.
Todo dolía.
El médico continuó:
—La visión debería recuperarse por completo cuando disminuya la inflamación. También necesitaremos fisioterapia para el brazo y reposo absoluto durante varias semanas.
Cuando el médico salió, el silencio volvió a llenar la habitación.
Miré a Nael.
—Yo te voy a pagar todo esto…
Él negó inmediatamente.
—No vuelvas a preocuparte por dinero.
—Nael…
—Solo descansa y recupérate.
Se inclinó y besó suavemente mi frente.
Y por primera vez en mi vida…
sentí que alguien realmente quería cuidarme.
Horas después, Samira llegó desde los Emiratos.
Cuando me vio, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Me abrazó con muchísimo cuidado.
—Allah yihfazik wa yashfik, habibti…
La miré confundida y sonrió.
—Que Allah te proteja y te conceda sanación, querida.
Sonreí débilmente.
—Gracias por venir.
—Somos amigas —dijo acariciando mi cabello—. Claro que tenía que venir.
Y no vino sola.
La familia Al-Hadid había llenado la habitación de flores.
Globos.
Cartas.
Canastas.
Mensajes escritos a mano que decían:
“Eres fuerte.”
“Recupérate pronto.”
“Estamos contigo.”
“Te queremos.”
Miré todo aquello sintiendo un nudo en la garganta.
Porque nunca en toda mi vida…
me había sentido querida así.