Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 12: Grietas en la fachada
^^^(Narrado por Camila)^^^
La semana avanzó con la pesadez de un ancla arrastrándose sobre piedras. El frío de agosto comenzó a instalarse en los patios del Saint Mary’s Academy, colándose por las rendijas de las ventanas del segundo piso y obligándome a abrocharme el suéter del uniforme hasta el cuello, buscando una falsa sensación de refugio que no lograba calmar el temblor constante en mis manos.
Desde la llegada de los folletos universitarios, la presión en casa se había vuelto insoportable. Mi padre no hablaba de otra cosa en las cenas que de la necesidad de mantener el apellido en los círculos académicos de prestigio, repitiendo como un mantra que un tropiezo ahora equivaldría a tirar por la borda el esfuerzo de toda una vida. Cada palabra suya era un ladrillo más en el muro invisible que sentía cerrarse sobre mi pecho.
Esa tarde, el laboratorio de biología estaba casi vacío. Tenía una hora libre antes de la práctica de química analítica y me había ofrecido voluntaria para ordenar el inventario de los frascos de reactivos con tal de evitar la sala de descanso de los estudiantes, donde Vanessa y el grupo de las porristas ya habían comenzado a ensalzar las virtudes de las fiestas del fin de semana y a especular sobre qué chicos serían los invitados de honor.
Estaba revisando la etiqueta de un frasco de ácido acético cuando la puerta se abrió con un chirrido leve. No hizo falta levantar la vista para saber quién había entrado. El aire en la habitación pareció volverse más denso, cargado con esa electricidad silenciosa que siempre precedía a nuestros encuentros.
Máximiliano dejó su mochila sobre la mesa de trabajo del fondo, sacó un cuaderno de notas y se dispuso a preparar su material para la clase siguiente sin dirigirme la palabra. Éramos expertos en ignorarnos, pero el silencio entre nosotros nunca era vacante; siempre estaba lleno de reproches mudos y de la conciencia absoluta de la presencia del otro.
Traté de concentrarme en los números del inventario, pero el nudo en la boca del estómago, ese que llevaba arrastrando varios días por la falta de sueño y la ansiedad acumulada, amenazaba con desestabilizarme. Apoyé una mano contra el borde de la mesa de mármol y respiré hondo, intentando que el mareo sutil que me nublaba la vista desapareciera antes de que fuera evidente.
—Si vas a desmayarte, te sugiero que elijas otro lugar —la voz de Máximiliano sonó a espaldas mías, seca, con ese tono cínico que usaba siempre que quería mantener su propia armadura intacta—. El profesor de química no tiene paciencia para limpiar desastres de última hora.
Me giré bruscamente, sintiendo que la sangre me subía a las mejillas en una mezcla de rabia y humillación por haberlo dejado verme vulnerable, aunque fuera por un segundo.
—No te pedí tu opinión, Máximiliano —repliqué, cruzando los brazos sobre el abdomen con la suficiente firmeza como para disimular el temblor—. Preocúpate por tus notas, que los demás sabemos perfectamente cómo cuidar de nosotros mismos.
Él levantó la vista de sus apuntes. Sus ojos se clavaron en los míos con una fijeza desconcertante, recorriendo mi rostro con una atención clínica que me desarmó por completo. Por un instante, la dureza en su expresión pareció fracturarse, dejando ver una sombra de genuina preocupación que se apresuró a enmascarar con una sonrisa torcida.
—Claro. Se nota a leguas lo bien que estás cuidando de ti —murmuró, guardando sus cosas con movimientos bruscos y dándose la vuelta antes de que pudiera replicarle algo más.
Se marchó sin despedirse, dejándome sola entre los frascos de vidrio y el olor a formol. Me dejé caer en el banco de metal, apretando los ojos con fuerza mientras sentía que el control por el que tanto había luchado se me resbalaba entre los dedos, presagiando que la tormenta apenas comenzaba a gestarse.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto