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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.
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MIL ALMAS EN UN SOLO CORAZÓN CAPÍTULO 5
El grito de Gülşah Kadın resonó en todo el Salón del Trono, cortando el aire como un cuchillo de obsidiana. Por un instante, todo el mundo se quedó en silencio, paralizado por la audacia de la acusación. Las palabras “brujería” y “hechicera” flotaban en el aire, cargadas de un peligro mortal que todos conocían bien. En los balcones superiores, las damas de la corte murmuraban entre sí, sus ojos fijos en Elif con mezcla de terror y curiosidad. Los guardias en las esquinas se tensaron, listos para actuar en cuanto el Sultán diera la orden.
Pero Elif no retrocedió. No tembló. No lloró. En ese momento crucial, cuando todo el mundo la esperaba desmoronarse en lágrimas o confesar un delito que no había cometido, se mantuvo firme. Levantó la cabeza, miró a Gülşah directamente a los ojos sin vacilar ni un segundo, y habló con una voz clara, segura y tranquila que contrastaba de forma dramática con la histeria de la otra mujer:
—Usted acusa de brujería a alguien que ha ganado la prueba con honor, frente a todos los jueces y toda la corte. Usted acusa de traición a alguien que ha salvado la vida de una novata sin dudar en arriesgar la suya propia. ¿Y usted, ¿qué ha hecho para merecer el título de Kadın? ¿Ha ganado pruebas? ¿Ha salvado vidas? ¿O solo se dedica a esconderse detrás de su título, a mentir, a calumniar y a hacer trampas para humillar a las demás?
Un murmullo de aprobación se esparció por la sala. Zeynep, Lila y Gül la miraron con orgullo. Incluso Valide Dilara, en su sillón, esbozó una sonrisa imperceptible. Gülşah se puso roja como un tomate de vergüenza y rabia, pero no se dio por vencida. Dio un paso adelante, dispuesta a seguir gritando, a seguir mintiendo, a seguir haciendo cualquier cosa para salirse con la suya.
Pero antes de que pudiera abrir la boca de nuevo, el Sultán Murad se puso de pie.
El salón se quedó en un silencio tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Todos los rostros se volvieron hacia el trono. Murad bajó los escalones lentamente, con paso firme y seguro, sin decir palabra. Se acercó hasta el centro de la sala, entre Elif y Gülşah, y se detuvo. Miró a la primera con una expresión que nadie lograba descifrar: no era solo admiración, no era solo curiosidad. Había algo más, algo profundo, antiguo y familiar, como si la conociera de toda la vida. Luego se volvió hacia Gülşah, y su rostro se tornó frío, duro, impenetrable.
—La acusación de brujería requiere pruebas irrefutables —dijo con su voz grave y joven, que resonaba en toda la sala—. Pruebas que usted no ha presentado. Todo lo que ha hecho hasta ahora es gritar, insultar y hacer trampas para sabotear una prueba que usted misma organizó. Eso no es honor. Eso no es lealtad. Eso es cobardía.
Gülşah abrió los ojos como platos. No podía creer lo que estaba escuchando. El Sultán, su Sultán, el hombre al que había servido con obsesión durante años, le estaba reprobando delante de todo el mundo.
—Majestad… yo… yo solo quería protegerla… proteger el harén… de una chica… —balbuceó ella, sin fuerzas, sin argumentos, sin nada.
—“Proteger” —repitió Murad, con un tono de voz que denotaba ironía y desdén—. Usted llama “proteger” a humillar a una joven que ha demostrado valor, inteligencia y lealtad? Usted llama “proteger” a hacer trampas para que una novata fallezca? Usted llama “proteger” a acusar a alguien sin pruebas, condenándola a muerte sin juicio? No, Gülşah. Usted no protege. Usted odia. Y el odio no tiene cabida en mi harén.
La sala estalló en aplausos. Las damas de la corte aplaudían discretamente, los guardias mostraban su aprobación con un breve asentimiento de cabeza. Gülşah se quedó quieta, blanca, sin fuerzas, sin palabras. Murad no le dio ni un segundo más. Se volvió hacia el visir mayor y dijo en voz alta, para que todo el mundo lo oyera:
—La prueba está terminada. La novata Elif ha superado todas las pruebas con honor y ha demostrado ser digna de ascender de rango. A partir de este momento, dejará de ser una simple novata y pasará a ser una de las Kadines del harén, con todas las prerrogativas y derechos que conlleva este título.
Elif no se lo creyó. Miró a Murad con los ojos muy abiertos, con la boca abierta, sin poder articular ni una sola palabra. Zeynep la abrazó con fuerza, Lila le dio un apretón de mano, Gül sonrió con orgullo. Todo el mundo le felicitaba. Pero ella solo podía pensar en una cosa: había ganado. Había derrotado a Gülşah. Había superado la prueba. Pero ¿a qué precio?
Murad se dio cuenta de su estado de shock. Se acercó un poco más, de forma que solo ella pudiera oírlo, y le susurró al oído con una sonrisa:
—No te preocupes. La suerte no ha terminado contigo. De hecho, solo está empezando.
Luego se dio la vuelta y volvió a subir al trono. El visir mayor dio la señal para que terminara la ceremonia. Elif, Zeynep, Lila y Gül salieron del Salón del Trono caminando lentamente, con la cabeza alta, mientras todo el mundo les aplaudía. Pero Elif no podía evitar sentir un nudo en el pecho. Sabía que la victoria no era gratuita. Sabía que Gülşah no se rendiría así, sin más. Sabía que el peligro no había terminado. De hecho, estaba convencida de que estaba apenas empezando.
La noche siguiente, Elif recibió la visita de Valide Dilara en su nueva habitación. Era un pequeño dormitorio con una ventana que daba al jardín, mucho mejor que el rincón oscuro del dormitorio común que había ocupado hasta entonces. La habitación estaba adornada con alfombras de lana, tapices de seda y una pequeña mesa de madera con un frasco de flores frescas. Valide Dilara entró sin anunciarse, como siempre, y se sentó en la única silla de la habitación. Elif se puso de pie inmediatamente, pero la mujer mayor le indicó que se sentara también.
—Te felicito, pequeña —dijo con su voz suave y ronca—. Has hecho lo que nadie creía posible. Has derrotado a Gülşah en su propio juego. Eso requiere valor. Y astucia. Y suerte, por supuesto.
Elif sonrió, pero no se sintió cómoda.
—Gracias, Valide —dijo—. Pero no estoy segura de que haya sido una buena idea. Gülşah no se rendirá. Me odia. Y ahora, después de lo que pasó en el Salón del Trono, la odiará aún más.
—Tienes razón —dijo Dilara, asintiendo con la cabeza—. Gülşah no se rendirá. Nunca se rinde. Pero eso no es lo que te debes preocupar ahora. Lo que te debes preocupar es el Sultán.
Elif frunció el ceño.
—El Sultán? ¿Por qué? Él me ha ascendido de rango. Él me ha defendido de Gülşah.
—Exactamente —dijo Dilara, con una expresión seria—. Él te ha defendido. Él te ha admirado. Él te ha mirado con ojos que no mira a nadie más. Y eso, Elif, es mucho más peligroso que el odio de Gülşah.
Elif no entendió. Miró a Dilara con interrogación.
—No entiendo, Valide. ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que el Sultán te ha notado —dijo Dilara—. Y en un harén como este, ser notado por el Sultán es a la vez una bendición y una maldición. Es una bendición porque te da poder, estatus, protección. Es una maldición porque te convierte en el objetivo principal de todos los demás, en el blanco de todos los celos, todas las envidias, todas las traiciones.
Elif se quedó en silencio. Sabía que Dilara tenía razón. Sabía que ser notada por el Sultán era un riesgo. Pero también sabía que no tenía elección. Había llegado demasiado lejos para retroceder. Había ganado demasiado para perderlo todo ahora.
—¿Qué debo hacer? —preguntó.
—Debes seguir siendo tú misma —dijo Dilara—. Debes seguir actuando con humildad, con discreción, con suerte. Debes seguir haciendo creer a todo el mundo que eres solo una chica del pueblo afortunada, y no una mujer con mil vidas de experiencia guardadas en el alma. Debes seguir manteniendo tu máscara. Porque si la quitas, si dejas ver lo que realmente eres, no solo te matarán. Te destruirán. Y con ella, a todas las personas que quieres proteger.
Elif asintió con la cabeza. Sabía que Dilara tenía razón. Sabía que debía seguir manteniendo su máscara. Pero también sabía que no sería fácil. Sabía que el Sultán no se dejaría engañar fácilmente. Sabía que él seguiría observándola, seguiría intentando descubrir su secreto, seguiría intentando ver más allá de la máscara.
—Gracias, Valide —dijo—. Por todo lo que has hecho por mí. Por la nota. Por el consejo. Por la protección.
Dilara sonrió.
—No te preocupes, pequeña —dijo—. No lo hago por ti. Lo hago por el palacio. Lo hago por el imperio. Lo hago por la verdad. Y la verdad, Elif, es que este palacio necesita alguien como tú. Alguien con valor. Alguien con astucia. Alguien con suerte. Alguien que no se deje intimidar por nadie. Alguien que no se rinde. Alguien que lucha por lo que cree. Alguien que…
Se detuvo. No dijo más. Se puso de pie, se dio la vuelta y salió de la habitación sin decir adiós. Elif se quedó sola, con la cabeza baja, pensando en las palabras de Dilara. Sabía que tenía razón. Sabía que el palacio necesitaba alguien como ella. Pero también sabía que no estaba segura de ser la persona adecuada. Sabía que no estaba segura de ser capaz de hacer lo que tenía que hacer. Sabía que no estaba segura de ser capaz de salvar a nadie. Incluso a sí misma.
Las semanas siguientes fueron un calvario para Elif. Ahora que era una Kadın, tenía que asistir a todas las reuniones, a todas las fiestas, a todas las ceremonias. Tenía que vestirse con ropa de seda bordada en oro, con joyas de diamantes y perlas. Tenía que maquillarse con kohl y henna. Tenía que hablar con las damas de la corte, con los eunucos, con los guardias. Tenía que comportarse como una verdadera Kadın, con elegancia, con discreción, con respeto. Y todo ello mientras seguía manteniendo su máscara, mientras seguía haciendo creer a todo el mundo que era solo una chica del pueblo afortunada.
Pero lo peor no era el protocolo. Lo peor era la hostilidad de las demás Kadines. Todas ellas la odiaban. Todas ellas envidiaban su suerte, su belleza, su ascenso rápido. Todas ellas veían en ella una amenaza, una competidora que podía quitarles el favor del Sultán en cualquier momento. Así que se dedicaron a hacerle la vida imposible: se reían de ella en sus espaldas, le decían mentiras sobre las reglas del harén, le ocultaban información importante, le hacían caer en trapos sucios, le rompían sus joyas, le arruinaban sus vestidos. Pero Elif no se rendía. No lloraba. No se quejaba. Simplemente se levantaba, se limpiaba, se arreglaba y seguía adelante. Sabía que no tenía otra opción. Sabía que si se rendía, si lloraba, si se quejaba, perdería todo lo que había ganado. Perdería su título. Perdería su habitación. Perdería su estatus. Perdería la protección del Sultán. Y perdería a sus amigas.
Pero las amigas no la abandonaron. Zeynep, Lila y Gül seguían a su lado, apoyándola, defendiéndola, ayudándola en todo lo que podían. Zeynep le enseñaba a luchar con palabras, a defenderse con ingenio, a no dejarse intimidar por nadie. Lila le enseñaba a coser, a bordar, a preparar platos complejos, a hacer perfumes simples. Gül le enseñaba a leer y a escribir con fluidez, a entender los mapas, a interpretar los mensajes secretos, a protegerse de las trampas. Y Elif les enseñaba a ellas cosas también: les enseñaba a ver más allá de las apariencias, a no creer en las mentiras, a confiar en su intuición, a luchar por lo que creían, a no renunciar a sus sueños. Juntas, formaban un equipo imparable, un círculo de amistad y lealtad que nadie podía romper.
Y mientras tanto, el Sultán Murad seguía observándola. Seguía encontrando mil excusas para verla, para hablarle, para estar cerca de ella. Le pedía que le preparara su baklava favorita. Le pedía que le bailara la Danza de los Siete Velos. Le pedía que le leyera poemas antiguos. Le pedía que le contara historias de su pueblo. Y Elif lo hacía todo con alegría, con humildad, con suerte. Hacía todo lo posible para mantener su máscara, para hacer creer a Murad que era solo una chica del pueblo afortunada, y no una mujer con mil vidas de experiencia guardadas en el alma. Pero Murad no se dejaba engañar. Seguía observándola. Seguía intentando descubrir su secreto. Seguía intentando ver más allá de la máscara.
Una tarde, mientras Elif estaba en el jardín recoleccionando flores para hacer un perfume simple, Murad apareció de repente detrás de ella. No tenía guardias a su lado. No tenía eunucos. No tenía nadie. Solo él. Elif se dio la vuelta, se sorprendió, y se puso de pie inmediatamente para hacer una reverencia.
—Majestad —dijo—. No le esperaba. ¿Necesita algo?
Murad sonrió.
—No necesito nada, Elif —dijo—. Solo quería verla. Solo quería hablarle. Solo quería estar cerca de ella.
Elif se sonrojó. No sabía qué decir. No sabía qué hacer.
—Gracias, Majestad —dijo, bajando la cabeza—. Es un honor para mí.
—No es un honor —dijo Murad, acercándose un poco más—. Es un placer. Un placer que no me puedo negar.
Elif no dijo nada. Se mantuvo quieta, con la cabeza baja, con las manos entrelazadas.
—Te observo mucho, Elif —dijo Murad—. Te observo en las reuniones. Te observo en las fiestas. Te observo en las ceremonias. Te observo en el jardín. Te observo en las cocinas. Te observo en todo lo que haces.
Elif se tensó. Sabía que el momento de la verdad había llegado. Sabía que Murad estaba a punto de descubrir su secreto. Sabía que su máscara estaba a punto de caerse.
—¿Por qué? —preguntó, sin levantar la cabeza.
—Porque eres diferente —dijo Murad—. Porque no eres como las demás Kadines. Porque no te dejas intimidar por nadie. Porque no te rindes. Porque luchas por lo que crees. Porque tienes un fuego en los ojos que no se apaga. Porque tienes una sonrisa que ilumina todo el palacio. Porque…
Se detuvo. No dijo más. Se acercó un poco más, hasta que sus rostros estaban muy cerca el uno del otro. Elif podía sentir su aliento caliente en su cara. Podía sentir su mano tocar su cabello blanco. Podía sentir su mirada profunda en sus ojos.
—Porque me gustas, Elif —dijo Murad—. Me gustas mucho.
Elif se quedó en silencio. No podía creer lo que estaba escuchando. El Sultán, su Sultán, le estaba diciendo que le gustaba. Le estaba diciendo que la quería. Le estaba diciendo que la amaba. No, no. No era amor. No era querer. Era interés. Era curiosidad. Era obsesión. Pero Elif no podía decirle eso. No podía romper su sueño. No podía romper su corazón. No podía romper su confianza.
—Gracias, Majestad —dijo, bajando la cabeza, con las lágrimas a punto de caer—. Es un honor para mí.
Murad sonrió.
—No es un honor —dijo—. Es un placer. Un placer que no me puedo negar.
Luego se dio la vuelta y se fue, sin decir adiós. Elif se quedó sola en el jardín, con la cabeza baja, con las lágrimas rodando por sus mejillas. Sabía que había cometido un error. Sabía que había jugado con fuego. Sabía que había arriesgado demasiado. Sabía que el peligro no había terminado. De hecho, estaba convencida de que estaba apenas empezando.
Esa noche, Elif recibió una visita inesperada en su habitación. No era Valide Dilara. No era Zeynep. No era Lila. No era Gül. No era nadie que ella conociera. Era una mujer desconocida, con el rostro cubierto por un velo negro, con la túnica de color oscuro, con los pies descalzos. Entró sin anunciarse, como siempre, y se detuvo en el centro de la habitación. Elif se puso de pie inmediatamente, con la mano en el bolsillo de su túnica, donde guardaba una navaja pequeña que Gül le había dado para defenderse.
—¿Quién eres? —preguntó, con la voz fría y segura—. ¿Qué quieres?
La mujer desconocida no respondió de inmediato. Se quitó el velo negro que cubría su rostro y lo arrojó al suelo. Elif se quedó en silencio. No podía creer lo que veía. Era Gülşah Kadın. Pero no era la misma Gülşah que había conocido hasta entonces. Tenía el rostro pálido, los ojos oscuros, las mejillas huecas, los labios agrietados. Parecía una mujer diferente. Parecía un fantasma.
—¿Te sorprendes? —preguntó Gülşah, con una sonrisa fría y cruel—. ¿Te creías que te habías librado de mí para siempre? No, Elif. Nunca te librarás de mí. Nunca.
Elif no retrocedió. No tembló. No lloró. Se mantuvo firme.
—¿Qué quieres, Gülşah? —preguntó, con la voz fría y segura—. ¿Acusarme de brujería otra vez? ¿Hacer trampas para humillarme otra vez? ¿Intentar matarme otra vez?
Gülşah sonrió.
—No, Elif —dijo—. No quiero acusarte de brujería. No quiero hacer trampas para humillarme. No quiero intentar matarte. Quiero hacer un trato contigo.
Elif frunció el ceño.
—Un trato? ¿Qué tipo de trato?
—Un trato mutuamente beneficioso —dijo Gülşah—. Te ayudo a mantener tu máscara. Te ayudo a seguir siendo la chica del pueblo afortunada. Te ayudo a seguir engañando al Sultán. Te ayudo a seguir ganando su favor. Y tú…
Se detuvo. No dijo más. Miró a Elif con una expresión de odio y rencor.
—Y tú me ayudas a vengarme —dijo Gülşah—. Me ayudas a vengarme de Valide Dilara. Me ayudas a vengarme de las demás Kadines. Me ayudas a vengarme de todo el mundo que me ha humillado, que me ha abandonado, que me ha olvidado.
Elif se quedó en silencio. No podía creer lo que estaba escuchando. Gülşah le estaba pidiendo ayuda. Le estaba pidiendo unirse a ella. Le estaba pidiendo ser su aliada.
—¿Por qué debería ayudarte? —preguntó.
—Porque no tienes otra opción —dijo Gülşah—. Porque si no me ayudas, te destruiré. Te destruiré de una forma que ni siquiera te imaginas. Te revelaré todos tus secretos. Te mostraré al mundo lo que realmente eres. Te haré perder todo lo que has ganado. Perderás tu título. Perderás tu habitación. Perderás tu estatus. Perderás la protección del Sultán. Y perderás a tus amigas. Todas ellas.
Elif se tensó. Sabía que Gülşah tenía razón. Sabía que no tenía otra opción. Sabía que si no la ayudaba, perdería todo lo que había ganado. Perdería todo lo que quería proteger.
—¿Qué debo hacer? —preguntó.
—Debes ser mi espía —dijo Gülşah—. Debes informarme de todo lo que pasa en el harén. Debes informarme de todo lo que dice Valide Dilara. Debes informarme de todo lo que hacen las demás Kadines. Debes informarme de todo lo que hace el Sultán. Debes informarme de todo lo que haces tú misma. Y en cuanto tenga la información que necesito, te daré la señal para actuar.
Elif se quedó en silencio. No podía creer lo que estaba haciendo. No podía creer lo que estaba a punto de hacer. No podía creer lo que estaba a punto de convertirse.
—De acuerdo —dijo—. Te ayudaré.
Gülşah sonrió.
—Muy bien, Elif —dijo—. Muy bien. Ahora somos aliadas. Ahora somos socias. Ahora somos amigas. Pero recuerda una cosa: no te hagas el listo. No te hagas el valiente. No te hagas el heroico. Porque si lo haces, te destruiré. Y con ella, a todas las personas que quieres proteger.
Luego se dio la vuelta, se puso el velo negro de nuevo y salió de la habitación sin decir adiós. Elif se quedó sola en la habitación, con la cabeza baja, con las manos temblorosas. Sabía que había cometido un error. Sabía que había jugado con fuego. Sabía que había arriesgado demasiado. Sabía que el peligro no había terminado. De hecho, estaba convencida de que estaba apenas empezando.
Y en ese momento, mientras se sentaba en la cama y se cubría la cara con las manos, Elif comprendió algo que había empezado a sospechar hacía días: en un harén como este, no había amigos. No había aliados. No había socios. Solo había enemigos. Solo había traidores. Solo había sobrevivientes. Y ella, ella tenía que ser la mejor de todas. Tenía que ser la más astuta. Tenía que ser la más valiente. Tenía que ser la más fuerte. Tenía que ser la más lista. Tenía que ser la más sobreviviente. Porque si no lo era, perdería todo. Incluso su vida.
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FIN DEL CAPÍTULO 5
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