Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
El agarre del emperador en su barbilla no era violento, pero era ineludible. La cercanía entre ambos permitía a Elizabeth percibir el aroma intenso a sándalo, tierra húmeda y la ferocidad contenida propia de un alfa puro de sangre real. Pero lo que más la aterraba no era su fuerza física, sino la forma en que esos ojos —ahora perfectamente simétricos, lúcidos y desprovistos de cualquier sombra o nubosidad— la escudriñaban con la precisión de un depredador que acababa de descubrir un tesoro enterrado bajo las ruinas.
—Mírame bien —ordenó Vinicius en un susurro grave que vibró directamente en el pecho de la joven.
Elizabeth tragó saliva con dificultad, obligándose a sostenerle la mirada, aunque cada fibra de su instinto le gritaba que corriera. Sabía que cualquier palabra mal calculada, cualquier parpadeo de más, podía sellar su sentencia de muerte o condenarla a los oscuros calabozos de los que tanto temía no volver a salir.
—No soy una amenaza para la corona, su alteza —logró decir ella, con la voz firme a pesar del temblor interno que amenazaba con destrozarla—. Lo que vio en el jardín... ni siquiera yo lo entiendo. No sé qué poder habita en mis manos, pero le juro por lo más sagrado que jamás dañaría a este palacio... y mucho menos al príncipe Lucas.
El sonido del nombre del heredero pareció resonar en la mente del emperador como un ancla. Las facciones duras de Vinicius se tensaron aún más, sopesando el peso de cada palabra. Su lobo interior, adormecido y cauto durante años de soledad y sospechas en el trono, aullaba ahora con una fuerza inusitada, reconociendo en la esencia de Elizabeth algo antiguo, perdido y profundamente entrelazado con su propio destino.
—¿No sabes lo que eres? —replicó el emperador con una mezcla de ironía helada y profunda intriga, deslizando lentamente los dedos desde su barbilla hasta su mejilla, un gesto tan íntimo como amenazante—. En este imperio, los milagros no existen, Elizabeth. Solo existen los secretos, las traiciones y las armas ocultas. Y tú te has presentado ante mí como un enigma imposible de ignorar.
Antes de que Elizabeth pudiera replicar, un crujido lejano en el corredor principal del ala residencial rompió la tensión de la madrugada. El sonido de unas botas imperiales acercándose y el tintineo de armaduras alertaron a ambos de que la guardia de relevo estaba a punto de doblar la esquina.
La reacción de Vinicius fue inmediata. Con un movimiento rápido y resolutivo, tiró suavemente de ella, apartándola del pasillo de servicio y empujándola con sigilo hacia una pequeña alcoba de almacenamiento contigua, cerrando la pesada puerta de madera casi por completo, lo suficiente para quedar ocultos en la absoluta oscuridad del recinto.
El cuerpo de Elizabeth quedó aprisionado contra la pared de piedra fría, mientras el imponente cuerpo del emperador se cernía sobre ella, bloqueando cualquier vía de escape. La cercanía era tan extrema que el calor de la respiración de Vinicius rozaba su frente.
—Guarda silencio —ordenó el emperador en un murmullo apenas perceptible, con el rostro a pocos centímetros del suyo, mientras sus ojos recién curados brillaban en la penumbra con una intensidad deslumbrante—. Si la guardia nos encuentra aquí, tu ejecución será sumaria. Pero si decides gritar o delatarte... te aseguro que el calabozo será un refugio comparado con lo que haré para arrancarte la verdad.
Afuera, los pasos de los guardias resonaron con claridad, deteniéndose por un segundo frente al pasillo antes de continuar su ronda reglamentaria y perderse en la lejanía.
Dentro del pequeño refugio a oscuras, el tiempo pareció detenerse. Elizabeth sentía el pulso desbocado retorciéndose en su garganta, y el aroma dominante del emperador la envolvía por completo, nublándole los pensamientos. Estaba atrapada entre la espada y la pared, a merced de un soberano que ya no era ciego a sus encantos ni a sus misterios, y cuyo próximo movimiento decidiría si vivía para ver otro amanecer.
El eco de las botas de los guardias se fue desvaneciendo poco a poco hasta perderse por completo en la vastedad de los corredores de piedra, dejando tras de sí un silencio espeso y cargado de electricidad.
En la penumbra claustrofóbica de la pequeña alcoba, el tiempo parecía haberse congelado. Elizabeth contenía la respiración, con la espalda firmemente apoyada contra la pared fría y el pecho agitado por el pánico. Apenas a unos centímetros de distancia, el imponente cuerpo de Vinicius bloqueaba cualquier salida. El calor que irradiaba el emperador contrastaba con la fría oscuridad del recinto, y el persistente aroma a sándalo y tierra húmeda envolvía por completo sus sentidos.
Sin embargo, lo que más la perturbaba era la absoluta cercanía de su mirada. En la penumbra, aquellos ojos que apenas unos minutos antes sufrían de una opacidad fragmentada, ahora brillaban con una lucidez avasalladora, escudriñando su rostro con la fijeza implacable de un depredador que no planea dejar escapar a su presa.
Vinicius no se apartó. Al contrario, su mano derecha se deslizó con lentitud desde la pared hasta quedar apoyada justo al lado de la cabeza de Elizabeth, acorralándola aún más en ese espacio diminuto. Podía sentir el temblor casi imperceptible en los músculos de la joven y escuchar el galope desbocado de su corazón.
—Se han ido —murmuró el emperador con voz ronca, muy cerca de sus labios, manteniendo un tono de advertencia que apenas superaba un suspiro—. La guardia cumplió su ronda sin sospechar nada. Pero nuestra conversación no ha terminado, Elizabeth.
El peso de sus palabras cayó sobre la muchacha como una losa de plomo. Sabía que la fachada de humilde niñera se había desmoronado por completo; ya no había excusas que valieran ante un soberano que había presenciado la milagrosa sanación de una bestia y, sobre todo, que había recuperado la vista al entrar en contacto con su piel.
—No tengo más que decir, su alteza... —respondió ella con un hilo de voz, intentando mantener la compostura a pesar de que el terror le helaba las venas—. Lo que vio... le juro que no fue un acto de traición ni magia oscura. No sé por qué mis manos tienen este poder, pero mi intención en este palacio jamás ha sido hacer daño.
Vinicius entornó los ojos, analizando cada matiz en su expresión, buscando la más mínima grieta de falsedad. Pero la sinceridad en la voz de la joven era palpable, lo que en lugar de calmar sus sospechas, incrementaba su desconcierto. Para un alfa acostumbrado a que todo el mundo le mienta por miedo o por ambición, la vulnerabilidad genuina de Elizabeth era un enigma desconcertante.
—¿Crees que puedes convencerme con ruegos? —replicó el emperador con una fría y peligrosa ironía, inclinando un poco más el rostro, al punto de que su respiración rozaba la mejilla de la joven—. Has curado a un lobo herido en mis jardines. Has desafiado las leyes de la naturaleza de este reino. Y, lo más importante... —hizo una pausa deliberada, bajando la voz hasta convertirla en un eco magnético—, me has devuelto la vista con un simple roce. Un milagro que ningún sanador de la corte pudo lograr en años.
Elizabeth sintió que un escalofrío le recorría la columna. Tragó saliva con dificultad, sin atreverse a apartar la mirada de esos ojos bicolores que ahora lo veían todo con absoluta claridad.
—¿Qué... qué va a hacer conmigo? —preguntó en un susurro tembloroso, preparándose para lo peor. ¿Los calabozos? ¿El destierro? ¿Una ejecución silenciosa bajo las sombras del palacio?
Vinicius guardó silencio durante unos segundos eternos. Su lobo interior, fascinado por la extraña energía que emanaba de ella y el lazo invisible que acababa de formarse al tocarla, le exigía retenerla cerca, desentrañar cada uno de sus secretos y apropiarse de ese poder. Pero su faceta de soberano implacable le recordaba el riesgo latente de mantener una incógnita tan peligrosa tan cerca de su heredero.
—Encerrarte en un calabozo sería lo más prudente —concedió el emperador con lentitud, alejándose por fin unos centímetros para darle un respiro al espacio entre ambos, aunque sin perder la rigidez de su postura—. Pero el príncipe Lucas te considera indispensable, y yo... tengo un profundo interés personal en descubrir la verdadera naturaleza del milagro que guardas en las manos.
El soberano se enderezó por completo, estirando su túnica imperial y apoyando la mano sobre el pomo de su bastón, aunque su vista seguía fija en ella con una intensidad incandescente.
—A partir de este momento, tus funciones como niñera continúan exactamente igual —decretó Vinicius con voz firme y absoluta—. Cuidarás de Lucas, cumplirás con tus deberes y te comportarás como si esta noche jamás hubiera ocurrido. Pero estarás bajo mi constante y directa observación. Un solo paso en falso... un solo intento de huir o de ocultarme algo, y te aseguro que ni el amor que mi hijo te tiene podrá salvarte. ¿Ha quedado perfectamente claro?
Elizabeth asintió con la cabeza, con el corazón aún latiéndole a mil por hora, comprendiendo que acababa de aceptar los términos de un pacto con el diablo.
—Sí, su majestad... Ha quedado claro —respondió en un susurro firme.
Vinicius dio media vuelta y abrió la puerta de la alcoba, dejando que la tenue luz de los antorchas del pasillo iluminara el umbral. Sin mirar atrás, se desvaneció en la oscuridad del corredor, dejándola sola en la penumbra con el eco de sus pasos y la abrumadora certeza de que su vida ya no volvería a ser la misma.