Traicionada, echada a la calle y con su pequeño hijo Thiago al borde de la invalidez tras un trágico accidente, Domenica Montero creía haber tocado fondo cuando su marido la abandonó a su suerte. Sin embargo, el destino le tenía reservada una jugada maestra. Al aceptar un matrimonio de conveniencia con el magnate Alexis Alcalá para salvar a su familia y cumplir la promesa hecha a la matriarca Victoria Montenegro, Domenica pasa de ser la cenicienta humillada a convertirse en la intocable señora de Alcalá, dueña de un imperio y madre de unos gemelos rebeldes a los que curará con amor. Cinco años después, cuando la familia Bracamonte regresa ciega de soberbia para arrebatarle a su hijo y robarle la millonaria herencia que les pertenece, descubrirán demasiado tarde que la mujer a la que intentaron destruir ahora camina de la mano del hombre más poderoso del país. Una historia imperdible de venganza, amor incondicional y justicia divina.
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FURIA DESATADA Y EL CHOQUE DE DOS MUNDOS
La imponente sala de la mansión de los Alcalá se sumió en un silencio tan espeso que se podía escuchar el latido acelerado de los corazones de todos los presentes. La atmósfera vibraba con una tensión insostenible, alimentada por la presencia imponente y amenazante de Alexis Alcalá, cuyos ojos oscuros chispeaban de una ira indomable mientras miraba fijamente a Domenica. Los gemelos, Alexander y Alejandro, se habían aferrado instintivamente a los brazos de Doña Marta, mientras el pequeño Thiago observaba la escena desde su silla de ruedas con los ojos muy abiertos por el desconcierto y el miedo ante aquel hombre desconocido que acababa de irrumpir en su hogar como una tromba.
Domenica sintió que la sangre le herva en las sienes. El impacto inicial de verlo en persona, alto, de facciones duras y con un aura de poder absoluto, se disipó de inmediato, devorado por una rabia monumental ante la arrogancia y las acusaciones infundadas del hombre con el que estaba casada. Se enderezó con orgullo, levantó la barbilla y clavó sus profundos ojos color miel en la mirada furiosa de Alexis, negándose a temblar.
—¿Te has vuelto completamente loco, Alexis? —estalló Domenica con una voz cortante, firme y cargada de una indignación que retumbó en las paredes de la estancia—. ¿Con qué derecho irrumpes de esta manera en mi casa, asustando a los niños y lanzando insultos tan bajunos?
Alexis soltó una risa seca, amarga y carente de toda gracia, dando un paso más hacia ella, invadiendo su espacio vital con una presencia dominante que intimidaría a cualquiera.
—¿Que con qué derecho? —bramó Alexis con la voz ronca de ira, apreitando los dientes y sacando su teléfono celular para mostrarle las fotografías y los videos capturados por sus guardaespaldas—. ¡Tengo todo el derecho del mundo! Soy tu esposo, Domenica. Te recuerdo que llevas mi apellido, que esta mansión se mantiene con mi dinero y que mis hijos viven bajo mi amparo. ¿Y así es como me pagas? ¿Paseándote por los bares más caros de la ciudad, restregándote y bailando de manera indecente con otro hombre mientras te ríes de mis llamadas? ¡Te estuve marcando veinte veces y me ignoraste por completo!
Domenica sintió que la sangre se le congelaba al ver las imágenes en la pantalla del teléfono, pero la indignación pudo más que la sorpresa. Le arrebató el celular de las manos con un movimiento rápido y lo arrojó sobre la mesa de centro con desprecio.
—¡Eres un maldito desconfiado y un controlador de lo peor! —le gritó Domenica a la cara, sin importarle la presencia de sus hijos ni la de su madre—. ¡Salí a tomar unos tragos y a bailar un rato con mis amigos y compañeros de trabajo! ¡Tengo una vida, Alexis! No estoy encerrada en esta casa esperando como una sumisa a que te dignes a hacerme una videollamada de cinco minutos entre tus millones de negocios internacionales. ¡No te he fallado a ningún juramento, porque para empezar, este matrimonio tuyo y mío no es más que un contrato frío de conveniencia que tú ni siquiera te has tomado la molestia de alimentar!
Las palabras de Domenica cayeron como un balde de agua fría sobre el rostro de Alexis. Nadie, absolutamente nadie en su exclusivo círculo corporativo ni en su vida personal, se había atrevido jamás a hablarle en ese tono, a cuestionar su autoridad y a restregarle en la cara su fría negligencia con tanta elocuencia. El orgullo herido del magnate rugió con violencia en su interior, nublándole el juicio.
—¿Un contrato de conveniencia? —repitió Alexis con voz siseante, dando un paso al frente y sujetándola firmemente de los antebrazos con una fuerza contenida que rozaba la desesperación—. ¿Crees que esto es un simple juego para mí, Domenica? ¡Te casaste con un Alcalá! Y los Alcalá no compartimos lo que es nuestro. No me importa si el matrimonio empezó por un acuerdo o por las circunstancias de mi madre; desde el momento en que llevas mi apellido, tú me perteneces y le perteneces a esta familia. ¡Y ya que te negaste a cumplir como esposa por las buenas, te vas a dar cuenta de lo que significa desafiarme!
—¡Suéltame, me estás lastimando! —exclamó Domenica intentando zafarse de su agarre con furia, sintiendo una mezcla de repulsión y un extraño escalofrío que la recorrió por la espalda al sentir el calor de sus manos.
—¡Papá, déjala! ¡No le hagas daño a mamá! —gritó de repente Alexander, rompiendo el paralizante silencio de los niños. El mayor de los gemelos corrió hacia ellos con los puños cerrados, intentando golpear las piernas de Alexis para obligarlo a soltar a Domenica, mientras Alejandro se unía con lágrimas en los ojos para defenderla.
Al ver a sus hijos intervenir y notar el terror reflejado en la mirada del pequeño Thiago desde su silla de ruedas, Alexis parpadeó con fuerza. La furia ciega que lo cegaba comenzó a disiparse, dejando paso a una punzada de profunda culpa en el pecho. Soltó los brazos de Domenica de inmediato, dando un paso atrás como si el contacto le hubiera quemado.
Domenica se acomodó las mangas de la blusa con las manos temblorosas de rabia, respirando agitadamente mientras se interponía protectoramente frente a los gemelos y abrigaba con su cuerpo a Thiago.
—¡No te acerques a mis hijos! —le advirtió Domenica con la voz quebrada pero letal, apuntándole con el dedo índice directo al pecho—. Si viniste a esta casa a montar tu numerito de macho alfa celoso e inseguro, ya puedes dar media vuelta e irte por donde viniste. Aquí no le pertenecemos a nadie, Alexis. ¡Lárgate!
En ese preciso instante, Doña Marta intervino, avanzando con paso firme y una autoridad maternal que dejó a todos atónitos.
—Basta los dos. ¡Esto es inaceptable! —exclamó Doña Marta mirando fijamente al poderoso empresario—. Señor Alcalá, se equivoca de cabo a rabo si cree que puede venir a esta casa a tiranizar a mi hija. Domenica ha sacado adelante a esta familia con uñas y dientes cuando usted brillaba por su ausencia. Si tiene algo de dignidad, baje la cabeza y discúpese con ella y con los niños, o retírese de una vez.
Alexis se quedó inmovilizado. Miró a Doña Marta con respeto involuntario, luego desvió la vista hacia los gemelos, quienes lo miraban con un rencor puro y evidente, y finalmente sus ojos oscuros se posaron en Domenica, quien lo desafiaba con la barbilla en alto y los ojos anegados en lágrimas de pura impotencia. El magnate apretó los puños, tragándose el orgullo monumental que lo ahogaba, dándose cuenta de que había cruzado una línea muy peligrosa.
—No me voy a ir a ninguna parte... esta también es mi casa —respondió Alexis con voz ronca, bajando el tono pero manteniendo una obstinación férrea—. Y no pienso discutir esto delante de los niños. Mañana por la mañana hablaremos tú y yo a solas, Domenica. Quieras o no.
Dando la media vuelta con pasos pesados y una tormenta interna consumiéndole el alma, Alexis se retiró hacia el ala de huéspedes de la mansión, dando un portazo sordo que resonó en toda la estructura. En la sala, Domenica se dejó caer de rodillas frente a sus hijos, abrazándolos con fuerza mientras las lágrimas de desahogo corrían por sus mejillas, sabiendo perfectamente que la llegada de Alexis Alcalá había dinamitado para siempre la frágil paz de su hogar.