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Bajo contrato con el magnate

Bajo contrato con el magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Maltrato Emocional / Venderse para pagar una deuda / Amante arrepentido / Romance oscuro / Completas
Popularitas:282
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.

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Capítulo 2

Capítulo 2 — La misma águila

Valentina esperó junto al mueble que Lino estaba abriendo. Tenía que quitarle el vino de la ropa al cliente y salir de ahí. Cuanto menos tardara, menos motivos le daría a doña Yoli para echarla sin pagarle.

—Aquí hay toallas —dijo Lino, y le señaló un mueble antes de salir y cerrar la puerta.

Se quedaron solos.

Damián dejó el saco sobre el respaldo del sillón y se desabotonó un puño. La manga de la camisa negra estaba empapada y se le pegaba al brazo.

—La camisa también —dijo, sin mirarla, tendiéndole el brazo—. Está fría. Sécame.

Valentina tomó una toalla con las dos manos para que no se le notara el temblor. Se acercó. Le rozó la muñeca con la tela, apenas, como si él fuera de vidrio y ella lo hubiera roto ya suficiente esa noche.

—No muerdo —dijo Damián.

—Perdón.

—Deja de decir perdón.

—Sí. Perdón. —Cerró los ojos—. Digo... está bien.

A Damián se le escapó una risa breve. Valentina se concentró en absorber el vino sin restregar la tela; nunca había lavado una camisa como esa y no quería empeorarla. Cuando él se movió, retiró la toalla de inmediato.

—¿Cuánto te pagan por noche aquí? —preguntó.

—Es mi primer día.

—No pregunté eso.

Valentina no sabía si la pregunta era una forma de calcular cuánto podía descontarle.

—Lo que junte de propinas. Doña Yoli dice que si le caigo bien a alguien, puede ser mucho.

—¿Y necesitas que sea mucho?

Ella no contestó. Siguió secando.

Le secó el antebrazo, el codo. Él empezó a desabrocharse la camisa con la otra mano, botón por botón, sin ningún pudor, como quien está acostumbrado a que lo vean. Valentina bajó la vista para no mirar. Pero él se giró un poco para alcanzar la toalla, la camisa se le abrió sobre el hombro, resbaló por la espalda.

La toalla quedó inmóvil en su mano.

Un águila le cubría la espalda de hombro a hombro. Las plumas se abrían sobre los músculos; las garras, trazadas con una precisión que ella no había visto de cerca, quedaban a la altura de la cintura. Valentina bajó los ojos hacia su propia manga y volvió a mirar.

A Valentina se le cayó la toalla.

—¿Qué? —Damián giró la cabeza.

—Nada. Yo... —tragó saliva. Y entonces, antes de decidir si quería enseñárselo, se subió la manga del uniforme y le enseñó el interior de la muñeca—. Yo también.

Ahí, sobre la vena, había otra águila. Pequeña. Torcida. Mal hecha, con una línea que se salía y una pluma que parecía una rama seca. Se la había tatuado una amiga con una aguja y tinta china a los quince años, la noche en que juró que un día iba a volar lejos de la vecindad, lejos de todo. Le había quedado horrible. Nunca se arrepintió.

Damián se quedó viendo esa muñeca flaca durante un largo rato.

Damián dejó la camisa en el sillón y se inclinó para mirar el tatuaje. Por primera vez desde el accidente, Valentina no se sintió apurada a disculparse.

Alargó la mano y le rodeó la muñeca con dos dedos, apenas, girándosela hacia la luz para ver mejor el garabato. La piel de ella se erizó. No sabía si de miedo o de otra cosa que no tenía nombre.

—¿Quién te la hizo? —preguntó.

—Una amiga. Está fea, ya sé.

—Está fea —concedió él. Y algo parecido a una sonrisa le tocó la boca sin llegar a serlo—. Pero es un águila. ¿Sabes por qué la gente se tatúa águilas, niña?

—Para volar.

—No. —Se acercó un paso. Con el pecho desnudo y la toalla en una mano—. Para no ser presa.

El corazón de Valentina daba tumbos. Retrocedió hasta que la pantorrilla chocó con el sillón.

—¿Cómo te llamas?

—Valentina.

—Valentina —repitió él, despacio, como si probara si le quedaba bien en la boca—. ¿Y todos te dicen así?

—Mi abuela me dice Vale.

—Vale. —Algo se le suavizó apenas en la voz, y enseguida se corrigió, como si se hubiera descuidado—. ¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

Él la observó unos segundos más. Valentina sostuvo la mirada; quería dejar de oírlo llamarla niña.

—Veinte —repitió Damián—. No eres menor, entonces. Entonces se puede arreglar.

—¿Qué cosa?

Él no contestó. Metió dos dedos en el bolsillo interior del saco arruinado, sacó una tarjeta y se la tendió. Negra, gruesa, sin nombre. Solo una "M" dorada grabada en relieve, brillando en la penumbra como un sello.

—Guárdala —dijo.

—Yo no...

—Guárdala. —Le tomó la mano, la de la muñeca tatuada, y le cerró los dedos alrededor de la tarjeta con una suavidad que no cuadraba con nada de lo demás—. No sé qué te trajo a un lugar como este con esos tacones que no son tuyos. Pero se te ve en la cara que estás en un problema. —Se inclinó. Su voz bajó hasta el ronco—: Si tienes un problema, yo lo resuelvo. Y tú resuelves lo que yo necesito. Así de simple.

Valentina pasó el pulgar por el borde de la tarjeta. Si preguntaba cuánto ofrecía, ya no podría fingir que no había entendido.

Sabía lo que era. No era tonta. Sabía exactamente qué clase de "resolver" ofrecía un hombre que le entregaba un millón de pesos a una mujer para que se fuera.

—Yo no soy... —empezó, y no supo cómo terminar. "Yo no soy de esas." Pero ¿qué era ella, arriba en el piso siete, sirviéndoles copas a hombres que no la veían? ¿Qué iba a ser mañana, cuando el hospital pidiera el depósito?

—No dije que fueras nada —respondió Damián, como si le hubiera leído el pensamiento—. Dije que se te ve el problema. Los problemas los tiene cualquiera. Lo raro es tener con qué pagarlos. —Recogió el saco para apartarlo del sillón—. Yo tengo con qué. Tú tienes con qué. Nada más es cuestión de que un día te decidas.

Debería tirarla. Debería salir corriendo con sus tacones prestados y no volver.

Cerró la mano sobre la "M".

—Buena niña —dijo Damián, y por fin se puso la camisa limpia del mueble que Lino le había señalado, dándole la espalda, dándole otra vez el águila.

La puerta se abrió. Doña Yoli asomó la cabeza, blanca como el papel.

—Valentina, m'ija, te necesitan abajo, ándale, deja al señor descan...

Y entonces, en el bolsillo del uniforme, el celular de Valentina empezó a vibrar. Una, dos veces. Ella lo sacó por instinto.

HOSPITAL SANTA ELENA.

Contestó ahí mismo, sin pensar, con el borde de la tarjeta todavía clavándose en la otra mano.

—¿Bueno? —Su voz salió delgadita—. Sí, soy yo, soy la nieta de la señora Amparo Cabrera, sí...

Escuchó.

No retuvo el nombre de quien llamaba. Oyó "sangrado", después "quirófano". Interrumpió para preguntar si su abuela estaba viva. Doña Yoli se acercó y Valentina le hizo una seña para que esperara. Necesitaba escuchar la respuesta.

—Voy para allá —dijo en cuanto pudo hablar. Guardó la tarjeta y el teléfono juntos, sin distinguirlos, y buscó la puerta.

Le falló un tobillo. Doña Yoli la sostuvo del codo, pero Valentina ya estaba pidiendo que llamaran al elevador.

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