La guerra entre Elarion y Drakhar ha durado años, pero, cuando el príncipe heredero de Drakhar se fija en la santa Sylvia, de Elarion, propone un tratado de paz, pero a cambio deben entregarle a la santa como concubina. Sylvia acepta esta condición para salvar a su nación, pero, no se imagina que, al entrar al palacio de Drakhar se encontrará con las amantes del príncipe heredero, pero, aunque ella no es fácil de intimidar, pronto descubre, que, en ese palacio, tiene un aliado más poderoso que el mismísimo emperador, el dragón rojo de la calamidad, que se ha liberado del control del príncipe heredero, y que, esta dispuesto a vengarse por usarlo como una maquina de guerra.
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Capitulo 13.
Para Sylvia, ya era una rutina ir y venir de aquel ala custodiada por el dragón. Así qué, el hecho de que, en el palacio no le dieran comodidades le tenía sin cuidado. Esa noche, como de costumbre, iba camino al muro, pero, al llegar, en una columna estaba apoyado aquel pelirrojo que vio días antes.
—la santa es muy cruel, le deje mi abrigo con buena intención y lo dejo tirado.— se queja haciendo una expresión lamentable.
—no aceptó cosas de extraños, señor. Podría tener alguna sustancia, y usted podría tener malas intenciones.— responde la albina.
—¿yo?— se señala así mismo.— solo soy un servidor del palacio que vio injusto el trato que le dan.
—agradezco su preocupación pero no hace falta.— responde con calma.
—entonces supongo que ya no hace falta que abra la muralla para usted.— señala las espinas.
La albina aprieta en su pecho la bolsa de tela que lleva abrazada.
—usted no puede evitar que entre. Si lo hace, el dragón lo hará cenizas.— advierte.
—no creo...solo le diré que usted se acobardo y no volvió. Soy su fiel sirviente, me creerá a mi.— asegura el pelirrojo.
La albina se queda en silencio, observando al pelirrojo. Será guapo, pero es odioso. Sacude la cabeza, no es momento de pensar en su apariencia.
—eso lo veremos. Mejor hágase a un lado, se me hace tarde.— empieza a caminar.
Pero el pelirrojo levanta el brazo para evitar que la albina pase. Incluso se inclina lo suficiente para quedar cerca de su rostro.
—nos vemos, ratoncita.— guiño.
El pelirrojo se aparta y las espinas abren el camino para que, la albina pase. Todo esto, era observado por Meredith a distancia. Esa mujer podía pasar esa muralla donde los dragones estaban aislados, y además, ¿quien era ese hombre?, tenía una presencia imponente y además, por sus ropas parece un noble de alto rango.
Friedrich se ha dado cuenta de la presencia de Meredith, pero, por ahora prefiere ignorarlo, era mejor ver que hará la albina cuando esta la enfrente.
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En la residencia del príncipe, un mago oscuro hablaba con él en privado. Le explicaba que, el sello era imposible de romper, no había forma de que este se desgastara.
—¿y porqué esta desapareciendo?— grita mostrando la palma de su mano.
El mago observa la marca, y sobresalta, justo como dijo, nadie ha sido capaz de romper ese sello y no había forma de que desapareciera.
—I-imposible...¿como ha pasado esto?, su alteza, le juro por mis antepasados que esto jamás había sucedido.— asegura el mago.
—pero esta pasando...y si pierdo el control de los dragones...mi padre estará furioso...y la guerra se complicará...— reclama Balthazar.
—no se preocupe alteza...yo, buscaré en los libros de mis antepasados...debe de haber una forma de potenciar de nuevo el sello.— promete.
—bien, hazlo rápido...no puedo darle más largas a mi padre...debemos regresar al campo de batalla y llevar a cabo la destrucción de Elarion.—
El mago se retiro, y Meredith entró. Hizo una reverencia.
—alteza...hay algo que necesita saber...esa mujer...la perra que trajo de Elarion...ella encontró una entrada al ala donde los dragones están recluidos.— informa.
—¿que?— la expresión de furia en Balthazar no se hizo esperar.— eso es imposible...ni yo he podido pasar...y esos malditos dragones no responden al sello.
Balthazar apretó el puño donde lleva el sello. Meredith sabía la desesperación del príncipe, y le urgía ayudarlo, porque, si alguien descubre sobre la debilidad del sello, el príncipe podría perder el derecho de heredero y ella, perderá su opinión de volverse emperatriz.
—mañana, trae a esa mujer ante...si ella puede entrar, tendrá que abrir la entrada para mi.— ordena furioso.
—por supuesto majestad. Así lo haré.— sonríe con malicia.
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En el ala del emperador, Friedrich estaba sentado en el trono, bebiendo una taza de té, mientras que el emperador y la corte, permanecen de rodillas.
—sinceramente Veyron...creí que criarias a un hijo digno del trono, pero, mientras más lo veo, mas inútil es.— se burla el pelirrojo.
—no cantes victoria bestia...mi hijo te tendrá bajo su control de nuevo.— asegura el emperador.
—¿eso crees?, pero, si el sello desaparece por completo...¿crees que existe un mago capaz de crear otro?— pregunta con una sonrisa ladina.
—¿q-que quieres decir?, no hay forma de que ese sello se rompa...y aun existen mago capaces de reforzar de nuevo el sello.— asegura con una sonrisa burlona.
—¿si?, magos como...¿este?— truena los dedos.
Las puertas se abren, el mago que recién hablo con Balthazar es arrastrado por Faramud, lleno de heridas y golpes. Faramud lo lanzo contra el suelo como un trapo viejo y el mago se queja. Veyron se sobresalta, porque lo reconoce de inmediato. El mago quien apenas puede sentarse, observa a su alrededor, ve al emperador y los nobles de rodillas y al levantar la vista, un par de ojos dorados lo observan con frialdad.
—m-majestad...¿que esta pasando?— pregunta entre balbuceos.
—pasa que, estamos jugando, todos montamos una divertida obra de teatro para el príncipe heredero.— responde Friedrich.
—¿q-quien eres?, su majestad...¿por que todos están de rodillas?— pregunta nervioso el mago.
Friedrich se pone de pone, y al levantar la mano, Faramud le entrega una espada.
—así que, tú eres descendencia de quien creo el sello sagrado.— pregunta el pelirrojo.
—¿y que?, aun no respondes...¿quien eres?—
—¡oh!, si, que malos modales los míos.— se lamenta sobándose la sien.— Friedrich Von Alhen, el dragón rojo de la calamidad. Un placer, descendiente de Igor.— responde Friedrich.
El mago da un respingo y se arrastra hacia atrás. No podía creer lo que escuchaba, ¿en verdad el dragón podía verse como un humano?, había leído sobre eso en los libros de sus antepasados, pero desde que el sello sagrado fue creado, los dragones jamás han podido cambiar.
—n-no...no puede ser...
Friedrich sonrió.— siéntete honrado, desde Igor, has silo el primero de tu estirpe en verme así.
Dicho esto, agito su espada y la cabeza del mago rodo por el suelo hasta los pies del emperador, este grito y los nobles presentes se asustaron.
—salúdame a Igor en el infierno.— sonrió ladino.
Faramud ordeno a los guardias que sacaran el cuerpo, mientras que Friedrich regresa al trono.
—Faramud, transmite mi orden a nuestros hermanos. Que encuentren a los descendientes de Igor y que no dejen ninguno vivo.— ordena.
—así lo haré, su majestad.— Faramud hace una reverencia.
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