A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.
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Capítulo 7
¿Cara de marrana?
El teléfono me despertó cuando apenas clareaba. No eran los Rendón esta vez. Era peor.
—¿Bueno? —contesté con la voz todavía dormida.
—¿Se puede saber en qué estás pensando? —La voz de mi madre entró como un cuchillo, sin buenos días, sin preguntar cómo amanecí—. Me llamó tu suegra hecha una furia. ¿Que te vas a divorciar? ¿Que armaste un escándalo en un restaurante? Regina, ¿en qué cabeza cabe?
—Buenos días, mamá.
—No me vengas con buenos días. —La oí respirar, tomando vuelo—. ¿Tú crees que un hombre se busca a otra por gusto? Búscale la culpa en ti misma, hija. Ningún hombre aguanta a una mujer seca. Se lo dije a tu padre desde que no le dabas hijos: esta muchacha va a terminar sola. Y así vas a acabar, sola, por soberbia.
Cerré los ojos. Cuarenta años y todavía dolía. Dolía exactamente igual que a los diez, cuando me servía a mí el caldo aguado y a mis hermanos la carne, porque "las niñas no la necesitan, las niñas son para servir". Nunca lo dijo con maldad; lo dijo con la naturalidad de quien repite un mandamiento. Ese fue el veneno: que lo creyó de verdad, y me lo enseñó a creer. Todavía, a mi edad, si me sentaban a una mesa, mi mano iba primero al plato de sopa y esquivaba la carne sin pensarlo. Un reflejo. Una cicatriz que comía.
—Mamá, Gustavo me engañó. Tengo pruebas.
—¡Y qué importa eso! —casi gritó—. ¿Vas a exhibir a la familia por un capricho? ¿Qué van a decir en Córdoba? Que la hija de Ofelia no supo conservar a su marido. Vas a aguantar, como aguantamos todas, y vas a...
—No —dije. Y me sorprendió lo firme que sonó—. Yo no aguanto nada, ya no.
Colgué. Me temblaban las manos, pero no de miedo. De algo nuevo, filoso. Abrí la lista de contactos y bloqueé a doña Ofelia. Después a don Ernesto. A doña Carmen. A Gustavo. Uno tras otro, como quien apaga luces al salir de una casa que ya no es suya. Me ardían los ojos, pero no lloré. Casi no lloré.
Me quedé un momento sentada en el borde de la cama, con el teléfono en el regazo, dejando que el silencio del departamento nuevo me devolviera el cuerpo. Afuera empezaba a haber ciudad: cláxones, un perro, el camión de la basura. Vida ajena, normal, indiferente a que a mí me acabaran de partir en dos otra vez. Respiré hondo. Ya había sobrevivido a esa mujer una vez, saliendo de Córdoba con una maleta. Podía volver a sobrevivirla, ahora con casa propia y cuenta propia. Ni modo. La orfandad de madre viva también se elige, cuando la madre no deja otra salida.
Fue Jimena la que me sacó de ahí, media hora después, con su llamada y su chisme fresco de las siete de la mañana.
—Comadre, te tengo el reporte del frente enemigo —arrancó—. Anoche fue de circo en casa de los Rendón. Me lo contó la esposa del notario, que es prima de una de las sirvientas, así que dalo por cierto. Gustavo ni durmió en su casa. Amaneció en un hotel, y llegó a la de sus papás ya entrada la mañana, briago todavía, hablando por teléfono con una tal Brenda, toda mieles, sin fijarse en dónde estaba. Y don Ernesto, que ya venía caliente, le arrebató el celular y le puso el altavoz enfrente de toda la familia. Se oyó clarito lo que la mujer le decía. Se armó el fin del mundo. El viejo le aventó un vaso a la pared, lo corrió a gritos, "eres la vergüenza de este apellido". Y Yésica, del otro lado, haciendo berrinche porque la exhibiste con las joyas robadas y ahora resulta que ni era la única.
—¿Brenda? —No conocía el nombre—. ¿Otra más?
—Otra más. Ese hombre coleccionaba mujeres como quien junta deudas, comadre. —Bajó el tono—. Pero óyeme esto, que es lo importante: los viejos ya saben lo del divorcio y lo de tu cuenta de nueve cifras. Y en lugar de bajar la cabeza, se pusieron peores. No piensan soltar ni un peso. Don Ernesto anda diciendo que la repartición la va a pelear "hasta en el infierno". Van a alargar esto como puedan, para desgastarte.
Me levanté y puse a hervir agua para el café. Mientras la veía subir, tomé la decisión que llevaba días rondándome, esa que se había ido armando sola entre insomnios.
—Que peleen —dije—. No quiero pasarme tres años metida en tribunales peleando el veinticinco por ciento de Náyra acción por acción. Que se lo queden. Pero que me lo paguen a su valor real, hasta el último centavo, en efectivo. Yo entrego mis acciones y me largo limpia. Prefiero el dinero en la mano y la libertad, que estar amarrada a esa empresa, a ese apellido y a esos pleitos un solo día más de mi vida.
—Ahora sí hablas como mi clienta favorita. —Casi la oí sonreír—. Es la jugada inteligente, comadre. Ellos creen que amarrándote a la sociedad te desgastan; tú te sales con líquido y los dejas peleándose entre ellos el cascarón. Déjame hacer números y armar la propuesta. Yo te lo saco, y te lo saco bien.
Colgamos. Y entonces tocaron a la puerta.
Miré por la mirilla con el recelo ya instalado en el cuerpo. Era Leo. Cargaba una lonchera térmica rosa, enorme, absurdamente rosa, sostenida con las dos manos como si transportara algo sagrado.
Abrí. Y lo primero que hizo no fue saludar: fue mirarme a los ojos —los tenía rojos, hinchados, no había manera de esconderlo— y apretar la mandíbula un instante. No preguntó. Ese fue el detalle que me desarmó: no preguntó quién me había hecho llorar, no exigió explicaciones, no me obligó a contar. Solo entró.
—Con permiso —dijo, y ya estaba adentro—. Me sobró desayuno.
—Joven Mendívil, no es buen momento...
—Es el mejor momento. —Puso la lonchera en la barra y empezó a sacar—. Nadie llora bien con el estómago vacío.
Y ahí, sobre mi mesa, fue desplegando un desayuno para un regimiento. Un recipiente de chilaquiles verdes, todavía humeando. Otro de rojos, "por si prefería". Fruta picada en un tóper con el mango separado del melón porque "hay quien no los quiere revueltos". Un termo de café de olla que olía a canela y a piloncillo. Pan dulce. Un frasquito de crema. Salsa aparte. Servilletas dobladas en triángulo, otra vez esos triángulos perfectos.
Lo puso todo, pieza por pieza, con la concentración de quien arma un altar. Yo lo miraba desde la puerta, con los brazos cruzados y los ojos ardiendo, sin saber si estaba enojada o conmovida o las dos cosas al mismo tiempo, que era lo peor.
Y pensé, sin poder evitarlo, en todos los desayunos de veinte años de matrimonio en los que Gustavo bajaba, olía la cocina, y preguntaba "¿ya está?" sin levantar la vista del teléfono. En que jamás, ni una vez, me sirvió él a mí. En que el amor, según me habían enseñado, era eso: una mujer de pie junto a la estufa y un hombre sentado esperando. Y ahora, en mi cocina prestada al mundo, había un muchacho de veintitantos poniéndome la mesa como si fuera lo más natural del universo. Se me hizo un nudo raro en la garganta, mitad rabia con mi pasado, mitad algo tibio que preferí no mirar de frente.
—Joven Mendívil —dije por fin, cuando sacó el sexto recipiente—. ¿Me ves cara de marrana o qué?
Se quedó quieto, con el frasco de crema en la mano.
—¿Perdón?
—¿Quién se va a comer todo esto? —Solté una risa que se me escapó sola, húmeda, ridícula—. ¿A quién en su sano juicio le caben seis kilos de chilaquiles a las siete de la mañana? Me ve cara de marrana.
Leo dejó la crema en la mesa. Y sonrió, apenas, esa sonrisa suya que no terminaba de salir pero que le llegaba hasta los ojos.
—Le veo cara —dijo despacio— de que hoy nadie la había tratado bien todavía. Así que exageré. Siéntese, Regina. Se le enfrían.