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Prohibido a propósito

Prohibido a propósito

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Romance oscuro
Popularitas:51.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Ophelia Blaire

A los veinte años, Wren Ashford tiene una vida perfecta sobre el papel: un apellido poderoso, un novio encantador y una familia que solo exige una cosa: que no arruine nada. Lo que nadie sabe es cuánto desea ella justo lo que no debería tener.

Una foto enviada por error lo cambia todo. En vez de llegar a su novio, aterriza en el teléfono de Weston Sinclair: el hombre más frío e intocable que conoce, dueño de un imperio tecnológico… y prometido de su hermana mayor.

Él podría destruirla con un solo mensaje. En cambio, le propone un trato.

Lo que empieza como un secreto para sobrevivir se convierte en un juego peligroso de miradas robadas, encuentros a puerta cerrada y una atracción que ninguno de los dos puede apagar. Cada regla que rompen los acerca más al abismo: si los descubren, no pierden solo un romance, pierden a sus familias, sus planes y la vida cuidadosamente construida de Wren.

Pero cuanto más finge que puede parar, más claro le queda la verdad: lo prohibido no fue un accidente. Lo eligió a propósito.

NovelToon tiene autorización de Ophelia Blaire para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: La villa de al lado

# Capítulo 7: La villa de al lado

Wren despertó de un sueño en el que Weston le tapaba la boca con la mano y la embestía desde atrás.

Estaba sola. Durante unos segundos se quedó acostada escuchando el mar, tratando de calmar la respiración.

El camisón se le pegaba al vientre. Lo había empacado para Bowen.

Habían llegado el viernes para la inauguración del complejo. Ahora eran las dos de la mañana, y Bowen no llegaría hasta más tarde ese mismo día.

Se había pasado la ceremonia manteniéndose lejos de la alberca infinita. No sabía nadar, y culpar a su peinado había sido más fácil que explicárselo a su madre.

Se incorporó y bebió un poco de agua. Tenía la cara caliente. Necesitaba aire.

Abrió la puerta del balcón y se apoyó en el barandal. El viento se sentía bien en los hombros desnudos. Intentó pensar en algo que no fuera el sueño.

Entonces Weston alzó la vista desde el balcón vecino.

Seguía vestido, aunque llevaba el cuello abierto y las mangas arremangadas.

Pudo haber vuelto directo adentro. En cambio, se oyó preguntar:

—¿No puedes dormir?

Él le miró el camisón antes de contestar.

—Por lo visto, tú tampoco.

—Salí a tomar aire.

—Eso explica la lencería.

—Es ropa de dormir.

—¿Bowen sabe que sales así?

Wren apretó el barandal.

—Es mi novio.

—Eso dices.

Se dio la vuelta para entrar. Una ráfaga barrió la ladera. La puerta del balcón se cerró de golpe detrás de ella.

Probó la manija. El pestillo había caído con el portazo, y la manija de afuera no alcanzaba a levantarlo.

—No puede ser.

—¿Teléfono?

Miró a través del vidrio. Su teléfono se cargaba en el buró junto a la cama a la que ya no podía llegar.

—Adentro, entonces —dijo Weston.

—Cállate.

Él echó un vistazo a la cornisa de piedra bajo los balcones. A lo largo de ella había macetas, con el espacio justo detrás para caminar.

—Ven acá.

Wren miró la caída.

—Esperaré a que amanezca.

—¿Con eso puesto?

El viento le movía la seda contra los muslos.

—Llama a seguridad.

—Puedo llamarlos. O puedes pasar por aquí y usar el pasillo.

Wren se imaginó esperando en camisón mientras el personal entraba a su habitación. Volvió a mirar la cornisa y las macetas que la bordeaban.

Weston le tendió la mano.

—La cornisa es más ancha de lo que parece.

—Eso dice la gente antes de los funerales.

—Wren.

Mantuvo la mano extendida. Ella miró la caída una vez más y luego el espacio que tendría que cruzar.

Wren pasó por encima del barandal. Las flores le rozaron las piernas desnudas. La piedra aguantó bajo un pie, luego bajo el otro. Mantuvo el cuerpo vuelto hacia la pared y se negó a mirar abajo.

—A la izquierda —dijo Weston.

—Sé dónde está tu balcón.

—Tienes el pie a quince centímetros del hueco del desagüe.

Se detuvo. La mano de él se cerró alrededor de su muñeca. Un solo tirón la hizo cruzar el espacio que faltaba y la dejó contra él.

Wren se aferró a sus hombros. Él la sostuvo por la cintura mientras ella recuperaba el equilibrio, con el muslo apretado contra el pantalón de él.

Recordó el sueño y lo soltó.

—Ya puedes soltarme —susurró.

—¿Estás firme?

—No tengo miedo.

—Claro que no.

No había querido acordarse de la oficina.

Wren dio un paso atrás.

—Solo necesito cruzar tu habitación y salir al pasillo.

Weston abrió la puerta del balcón. Una luz tenue junto a la entrada iluminaba el borde de la cama. Rosalind estaba acostada bajo la sábana blanca.

Wren se quedó helada.

Su hermana dormía de lado, con una mano junto a la cara. Wren reconoció el anillo antes de terminar de creer a quién estaba viendo.

—¿Por qué está en tu cama?

Weston bajó la voz.

—Estábamos revisando la agenda de prensa. Se había tomado su medicamento para dormir. No la desperté.

—¿Por qué no me dijiste que estaba aquí?

—Baja la voz.

Rosalind se movió. Wren se aferró al brazo de Weston.

Él reaccionó al instante y la guio por la habitación hacia el baño. Pasaron a poco más de un metro de la cama. La respiración de Rosalind cambió.

La lámpara se encendió con un clic. El corazón de Wren golpeó contra sus costillas.

Rosalind se incorporó sobre un codo, parpadeando ante la luz.

—¿Weston?

Wren se pegó detrás de la puerta del baño. Weston se paró delante, tapando la rendija con el cuerpo.

—Es tarde —dijo con calma—. Vuelve a dormirte.

—Necesito lavarme la cara. No terminamos la agenda.

La puerta del baño estaba entreabierta. Wren alcanzó a ver los pies descalzos de su hermana tocar el piso.

Weston no miró atrás.

—Me tiré bourbon en la camisa —dijo—. Voy a darme un baño. Vemos la agenda a las ocho.

Rosalind dudó.

Wren no respiraba.

—Está bien. —Rosalind sonaba demasiado cansada para discutir. Wren oyó el colchón moverse cuando volvió a acostarse, y luego el clic de la lámpara del buró al apagarse.

Weston entró al baño, cerró la puerta, le puso el seguro y abrió la regadera tipo lluvia.

El agua cayó sobre la piedra en un torrente pesado.

Wren se sentó sobre la tapa del escusado, con las rodillas temblando. Weston bajó la vista hacia ella.

—¿Ahí escogiste?

—Se me doblaron las rodillas. ¿Está bien?

El vapor empezó a acumularse en el vidrio.

A medida que el cuarto se calentaba, la seda se le pegaba al cuerpo. Cruzó los brazos sobre el pecho, consciente de lo poco que cubría el camisón. No se había recuperado del todo del sueño, y la mirada de él no ayudaba.

—Deja de mirarme.

—Párate.

—No.

—Entonces quédate ahí hasta que se duerma.

No podía quedarse sentada ahí toda la noche. Wren aguzó el oído por si había movimiento en la habitación y luego se puso de pie.

Él se acercó. Ella retrocedió hasta el tocador.

—La puerta está detrás de mí —dijo Weston—. Dime que me quite y me quito.

Rosalind estaba al otro lado de esa puerta. Bowen llegaría en unas horas.

Wren había oído la oferta de Weston de apartarse. Sabía lo que debía decir.

—Sabías que iba a cruzar.

—No.

—Mentiroso.

—Lo esperaba.

Había esperado que lo negara. Cuando le puso una mano en el pecho, su intención era apartarlo.

El corazón de él latía rápido. Lo había sentido también en la oficina, pero había olvidado cuánto la tranquilizaba.

—¿Soñaste conmigo? —preguntó él.

Wren se quedó inmóvil.

—No.

—Casi no me has mirado a la cara desde que cruzaste.

—Tú no sabes nada.

—¿Entonces por qué estás tan alterada?

Le dio una bofetada.

No fue fuerte, pero el sonido se oyó. Wren miró hacia la puerta.

Durante un segundo terrible, ninguno se movió. Luego Weston la besó. Fue un beso duro, y ella se lo devolvió.

Su boca era caliente y segura, nada parecida a la dulzura cuidadosa de Bowen. Con una mano le enmarcó la mandíbula mientras la otra le rodeaba la cintura y la subía al borde del tocador. La piedra estaba fría bajo sus muslos. El vapor entibiaba el aire. El contraste la hizo jadear dentro de su boca.

Weston se tragó el sonido.

—Silencio —murmuró—. A menos que quieras que se entere.

Wren aguzó el oído por si oía a su hermana. Solo se escuchaba la regadera.

La boca de él recorrió su mandíbula y bajó por su cuello. Encontró demasiado rápido el punto sensible debajo de su oreja, como si hubiera estudiado cada reacción que ella no había logrado esconder en la oficina. A Wren se le fue la cabeza hacia atrás. Enganchó el talón detrás de la pierna de él.

Él le bajó un tirante de seda del hombro. Luego se detuvo.

—Mírame.

Lo miró.

—Entendías lo que podía significar cruzar ese balcón.

—Me quedé afuera.

—Y yo me ofrecí a quitarme.

Podía seguir insistiendo en que se había quedado afuera. Eso no explicaba por qué seguía ahí, con la mano aferrada a su camisa.

—Lo sabía —susurró.

—Bien.

Le bajó el otro tirante. La seda cayó hasta su cintura.

Ella giró la cabeza hacia el espejo y alcanzó a ver su cara encendida, los hombros desnudos, la cabeza de él inclinándose. Su boca siguió una línea de vapor por su pecho. Cuando llegó a los cuatro lunares que habían delatado su primera mentira, se detuvo.

Sus labios tocaron cada marca, una por una.

Wren se estremeció con tanta fuerza que la espalda le chocó contra el espejo.

—Te acuerdas —musitó.

—Era difícil no verlos.

Las manos de él se cerraron sobre sus pechos.

La sujetaba con firmeza, y ella se arqueó hacia él antes de poder evitarlo. Eso era lo que había querido al despertar. Se le cortó el aliento con tanto ruido que él volvió a cubrirle la boca con la suya.

—Silencio —repitió, más áspero ahora.

Ella asintió.

Él lo hizo de nuevo.

El segundo sonido fue peor.

Ella apartó la cara mientras los pulgares de él le frotaban los pezones. No podía mirarlo mientras hacía eso. Tenía miedo de pedirle más.

—Mírame —dijo Weston junto a su oído.

—No.

—Viniste a mi balcón vestida para otro hombre.

—Me quedé afuera.

—¿Y ahora?

Wren cerró los ojos. La mano de él se detuvo.

—Ábrelos.

Los abrió.

La otra mano se deslizó bajo la seda, más allá de la línea temblorosa de su vientre. Sus dedos la encontraron mojada e hinchada, ya abierta por el sueño y por él, y la vergüenza de eso la hizo morderse un gemido.

Él sabía dónde acariciarle el clítoris, dónde presionar dos dedos contra su entrada resbaladiza, dónde retirarse hasta que ella persiguiera su mano sin querer.

—Weston.

—Otra vez.

—Weston.

Él premió el nombre con una caricia más firme sobre el clítoris.

El placer la atravesó como un destello, tan intenso que la hizo morderle la camisa.

Wren seguía atenta a cualquier movimiento en la habitación. La regadera hacía tanto ruido que no estaba segura de poder oírlo.

Él fue haciendo crecer el placer despacio, con crueldad, leyendo cada temblor de sus muslos y cada aliento entrecortado que ella intentaba ocultar. Su boca volvió a su pecho mientras los dedos le acariciaban el clítoris en círculos lentos y exactos, bajando solo para recoger más humedad antes de arrastrarla de vuelta hacia arriba.

—Dime qué soy para ti —dijo contra su piel.

Wren negó con la cabeza. La mano de él se detuvo. Ella gimoteó cuando paró.

—Entonces paramos.

Él se apartó. Ella lo atrapó por el frente de la camisa.

—Eres el hermano de Bowen.

Weston cerró los ojos un brevísimo segundo. Cuando los abrió, la contención se había adelgazado casi hasta desaparecer.

—¿Y?

Le temblaba la respiración.

—El prometido de mi hermana.

Él soltó un sonido áspero contra su boca y la apretó más contra sí.

Había dicho los dos nombres. Weston la había oído y seguía abrazándola.

Después de eso, el placer subió rápido, afilado por cada nombre que estaban traicionando. Wren intentó guardar silencio. Fracasó de maneras pequeñas e indefensas: un aliento contra la garganta de él, un grito ahogado en su hombro, el sonido húmedo de sus dedos moviéndose sobre su sexo al amparo de la regadera.

Weston la bajó del tocador y la giró hacia el espejo. Las palmas de Wren golpearon el vidrio frío.

Él se quedó detrás de ella, con un brazo alrededor de su cintura. En el espejo veía la cara de él por encima de su hombro. La seda resbaló por sus caderas. El agua de la regadera les salpicaba caliente las piernas.

—No —susurró Wren, porque la postura se parecía demasiado al sueño.

Weston se detuvo de inmediato. Esperó su respuesta.

—¿No? —preguntó.

Ella miró su reflejo. Él tenía la mandíbula tensa. Ella tenía la boca hinchada de besarlo.

Todavía podía pedirle que se apartara.

—Si digo que pares, paras —susurró.

—Sí.

—Y no si hago ruido.

—Entonces muérdeme.

Le sostuvo la mirada en el espejo.

Weston le subió más la seda y le abrió las rodillas con el muslo. Wren lo vio en el espejo, vio una mano abrirse el pantalón, vio su miembro duro y grueso liberado en medio del vapor.

Su cuerpo se quedó inmóvil de miedo y de deseo.

—Weston.

—Dímelo ahora.

Él apoyó la mano en su cintura mientras esperaba. Más allá de la regadera, no se oía a su hermana en absoluto.

Wren se miró en el espejo empañado.

—Hazlo.

Weston se inclinó sobre su espalda y le tapó la boca con la mano.

Entró despacio.

El primer estiramiento le robó todos los pensamientos.

Wren se puso rígida, con los dedos extendidos contra el espejo y los labios entreabiertos contra la palma de él. Era demasiado. Demasiado caliente. Demasiado sólido. El sueño había mentido al hacer que pareciera sencillo. En la realidad, cada centímetro exigía un espacio que su cuerpo no sabía cómo dar.

—Respira —dijo Weston junto a su oído.

Lo intentó.

Él se quedó quieto hasta que el filo agudo se suavizó en una plenitud profunda, imposible.

Luego empujó más hondo. Wren le mordió la palma. El sonido que él soltó fue casi una maldición.

Cuando estuvo completamente dentro de ella, ninguno de los dos se movió.

Podía verlos a ambos en el espejo: ella inclinada hacia adelante, Weston detrás, con la mano sobre su boca. Había soñado eso apenas minutos antes. Wren cerró los ojos.

—Mira —dijo él.

Esperó hasta que ella lo hizo. Tenía las pestañas mojadas y apenas reconocía su propia cara bajo la mano de él.

Weston salió a medias. Luego volvió a entrar.

El placer llegó tarde, después del impacto, tan hondo que le dobló las rodillas. Él la sujetó por la cintura y empezó a moverse, despacio al principio, cada embestida lo bastante controlada para que el tocador no golpeara la pared, lo bastante fuerte para que ella tuviera que apoyarse contra el vidrio.

Wren intentó guardar silencio, pero la siguiente embestida la tomó por sorpresa.

La palma de Weston ahogó el primer grito. Ella volvió a morderlo cuando la siguiente embestida entró más hondo y rozó un punto dentro de ella que le nubló la vista.

—Silencio —dijo él.

Luego la tomó con más fuerza.

La regadera se tragó casi todo: su respiración entrecortada, el sonido húmedo del cuerpo de él entrando en el suyo, el golpe suave de la piel cuando sus caderas chocaban con ella. Cada embestida la empujaba hacia adelante, las palmas resbalando por el espejo, los pechos balanceándose bajo la seda suelta. Podía verlo todo a pedazos a través del vapor.

Siguió mirando su reflejo.

—Dilo —dijo Weston, con la voz áspera junto a su oído.

Ella negó con la cabeza. Él fue más lento. La pérdida le arrancó de la garganta un sonido indefenso.

—Di lo que soy.

—El hermano de Bowen —jadeó contra su mano.

Las caderas de él se lanzaron hacia adelante. A ella casi se le doblaron las rodillas.

—¿Y?

—El prometido de mi hermana.

Weston gimió y volvió a hundirse en ella, más hondo, más fuerte, como si las palabras le hubieran arrancado la última contención.

Apenas podía pensar después de decirlo. La culpa volvía cada vez que se acordaba de la habitación, y luego volvía a perder el hilo.

Él pasó una mano de su boca a su clítoris.

—Muérdete la muñeca —dijo.

Wren se llevó la muñeca a la boca.

Los dedos de él le rodeaban el clítoris mientras la embestía desde atrás, y la combinación la deshizo. El placer subió demasiado rápido para controlarlo. Se mordió la muñeca hasta que el dolor y el calor se enredaron, hasta que el espejo se volvió borroso, hasta que su cuerpo se cerró alrededor de él en pulsos indefensos.

El orgasmo la alcanzó con él todavía dentro.

Wren tembló de principio a fin, en silencio solo porque tenía los dientes clavados en su propia piel. Su sexo se apretó con fuerza alrededor de él una y otra vez. Weston maldijo en voz baja, la sujetó de las caderas y siguió moviéndose a través de las contracciones hasta que ella apenas podía sostenerse en pie.

Entonces su ritmo se quebró.

Salió en el último segundo y acabó sobre la parte de atrás de su muslo y la seda arruinada, caliente e inconfundible, con la frente apoyada entre los omóplatos de ella mientras todo su cuerpo temblaba.

Durante varios segundos ninguno habló. La regadera seguía abierta.

Wren miró su camisón y luego la puerta. Tenía que volver a su habitación. No podía cruzar la recámara de su hermana con ese aspecto.

El colchón crujió.

—¿Weston?

Wren dejó de respirar.

1
Sol Flores
Emocionante desde el comienzo.!
Graciela Saiz
la historia está buena , pero se hizo demasiada extensa, sin que en realidad pasara nada , 🤷
Graciela Saiz
la actitud de de ella me enoja TANTO!!!! a veces 😡,
Graciela Saiz
me van a volver loca éstos dos 🫣🤭
karen S
Se an enamorado sin aceptarlo aun 🤭☺️
Laura Paredes
🤭🤭
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