Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 19
Capítulo 19: El mercado de Bocalarga
Envolví la pistola en una mascada de seda y la metí en el bolsillo escondido del vestido, el que quedaba pegado a la cadera, y toda la mañana llevé la mano derecha ahí, como quien se aprieta un costado que duele.
El vestido era de lino crudo, hasta la pantorrilla. Doña Meche me había dicho que al pueblo no se iba con el lobo en el pecho, y yo no discutí. Un vestido claro se pierde entre la gente. Un vestido claro cabe en un probador.
Anya llegó a las nueve en punto, con un overol de mezclilla arremangado y unas botas de casquillo que le daban dos centímetros más de los que ya le sobraban. Me miró de arriba abajo, se detuvo en mi mano, en el bulto bajo el lino, y no dijo nada. Me revolvió el pelo.
—Vámonos, conejita. Que el día es corto.
Afuera estaba mi plan, muerto.
Una Hummer verde con el motor encendido. Detrás, la Suburban negra. Detrás, un camión con lona. Y en dos filas, a los lados del camino de grava, más hombres de uniforme de los que yo había visto juntos, con el lobo gris en la manga y el rifle cruzado. Teo, de traje gris, en la puerta de la Suburban.
—Señorita Quintana. ¿Salimos?
Salimos. Anya me subió a la Hummer de un empujón amistoso y arrancó ella misma, y el camino se abrió como se abre el agua.
—¿Pensando en cómo correr? —dijo, sin mirarme, a los cinco minutos.
No contesté.
—Doscientos kilómetros a la redonda son su coto privado. Ni una mosca sale sin que él sepa por dónde. —Cambió de velocidad—. Guarda tu juguetito. Si lo pierdes, no vas a poder explicarlo.
Me quité la mano del costado.
—Yo también pienso en irme —agregó, más bajo—. Todos los días.
La selva se abrió en un pueblo de casas de lámina y después en la carretera. Dos hombres con machete al hombro nos vieron venir, tiraron los machetes al pasto y se hincaron con las manos en la nuca, sin que nadie les dijera nada, hasta que el último camión pasó. Miré por el espejo. Seguían hincados.
Con una pistola sin balas. Con una pistola sin balas y un vestido de lino, contra eso.
Anya me dejó rumiarlo un rato. Después habló con la voz que usaba para dar diagnósticos.
—Escúchame bien, porque lo digo una vez. El Lobo es un loco de verdad. Ahora te trata bien porque eres nueva. El día que cruces la línea, te mata, y yo no voy a poder pararlo. —Me miró de reojo—. A menos que te vengas conmigo. A Colombia. A Cali, a la casa de mi padre. Que venga a buscarte a la sede de los Sarmiento, si se atreve. —Volvió a la carretera—. La oferta no vence.
Se me apretó el estómago. No de esperanza. De miedo. Porque en esa casa nadie decía nada gratis, y el hombre de la libreta bien podía haber mandado a su amiga a ver qué contestaba yo.
—No sé —dije.
—Está bien no saber. —Anya sonrió—. Nada más no lo olvides.
El mercado de Bocalarga olía a pescado seco, a gasolina y a fruta demasiado madura, y era la cosa más hermosa que había visto en veinticuatro días.
Puestos de lona, gritos, una bocina con cumbia, gallinas. Los lobos se abrieron en abanico a veinte metros de nosotras y la gente les abría paso sin mirarlos, como se le abre paso al viento. Anya me llevó del brazo hasta los animales.
En una jaula de alambre, del tamaño de una caja de zapatos, había un mono tití del tamaño de mi mano. Me miró con dos ojos enormes. Sacó una manita por entre los alambres y me enganchó la punta del dedo, y no la soltó.
Me quedé ahí. Sentí que Anya me observaba.
Lo quería. Lo quería con una fuerza que no me había dado nada en semanas. Y solté el dedo.
De la jaula de Bocalarga a la jaula de la Casona. ¿En qué me iba a diferenciar yo de él?
Anya chasqueó los dedos, una vez, como quien anota algo, y me jaló hacia la ropa.
Compré como no había comprado nunca. Camisetas de colores que dolían, una amarilla, una verde fosforescente, una rosa con brillos. Dos pantalones de mezclilla. Tenis de lona. "La próxima vez que corra, no voy a correr con vestido", pensé, y me lo probé todo en un vestidor de cortina con un lobo parado del otro lado. Teo pagaba. Sacaba un fajo de dólares del saco y lo dejaba en el mostrador sin contar, y la marchanta tampoco contaba.
Quería gastar hasta dejarlo pobre. Y a la tercera tienda entendí, con las bolsas en las manos, que todo lo que yo pudiera gastar en ese mercado no les sacaba ni una moneda de un bolsillo que no tenía fondo. Yo era una hormiga cargando un grano de azúcar.
* * *
Detrás de un puesto de cocos, un hombre flaco con una serpiente tatuada asomando por el cuello de la camisa levantó un teléfono satelital y habló sin mover los labios.
—Aquí la Víbora. Anya Sarmiento en el mercado, con una cara nueva. Mexicana. Muy joven, muy bonita. Los del Lobo la cuidan como a una princesa.
Del otro lado, una voz suave, casi de mujer, se tomó su tiempo.
—Todos estos años el Lobo no acepta mujeres. —Una pausa—. Fotografíala. Quiero saberlo todo de ella.
El hombre guardó el teléfono, sacó otro, y sonrió a los cocos.
* * *
La Fonda del Río tenía un privado con vista al agua, con un ventilador que no servía y un mantel de plástico con flores. Pedí lo más picante de la carta.
—Soy chilanga —le dije a la mesera—. Sin chile no como.
Anya se rio y pidió cerveza. Comimos. Yo sudaba y me lloraban los ojos y era feliz de una manera pequeña y exacta, y en medio de esa felicidad Anya dejó el tenedor.
—¿Ya te bajó este mes?
Me atraganté.
—Contesta. Soy tu médica.
—Todavía… todavía no.
—¿Cuándo tocaba?
Le dije. Contó con los dedos, sin gesto.
—No te embaraces, conejita. —Lo dijo como se dice "no cruces sin ver"—. ¿Tú crees que el Lobo quiera un hijo tuyo? ¿De verdad lo crees? —No esperó respuesta—. Un aborto aquí, sin hospital, es la muerte.
Por la ventana del privado vi a Teo salir a la banqueta y encender un cigarro de espaldas a la puerta. Anya lo vio también. Abrió la mochila que llevaba cruzada, metió la mano hasta el fondo, y por debajo de la mesa me puso en la palma un frasquito blanco, sin etiqueta, que pesaba casi nada.
—Una al día. Se suspende en la regla. —Me cerró los dedos con los suyos—. Que no la encuentre.
Lo metí en el otro bolsillo del vestido. El izquierdo. Ahora caminaba con las dos manos en las caderas, como una mujer embarazada, y tuve que morderme el labio para no reírme de eso.
El supermercado era el último lugar. Pasillos angostos, luz blanca, una señora que barría. Y en el anaquel de las galletas, los paquetes rojos con las galletas alargadas dentro: Deditos.
Me quedé viéndolos.
"Te corto los dedos." Me lo había dicho una noche, sin subir la voz, y yo me había quedado de rodillas hasta el amanecer con las manos escondidas entre los muslos. Y ayer había visto unas tijeras. Y ahí estaban los dedos, en un paquete de a diez pesos, con un dibujo de un niño sonriendo.
Le gustarían. No sabía por qué lo pensé, pero lo pensé: a un hombre así, algo dulce que se parte con los dientes le gustaría.
—¿Lo quieres envenenar? —preguntó Anya, detrás de mí.
—Quiero… llevarle unas.
Anya me miró un momento largo. Después se dio la vuelta hacia el dueño.
—Las que tenga en la bodega. Todas. Al camión.
Diez cajas. El hombre las cargó él mismo, sudando, sin preguntar.
Cuando llegamos al camión el sol ya caía de lado, y Anya me detuvo antes de subir a la Hummer y me llevó a la parte de atrás. Levantó la lona.
Entre las cajas de galletas había una jaula de madera. Y adentro, con la manita agarrada de un barrote, el mono.
—Te vi cinco minutos parada frente a esa jaula —dijo Anya—. Si no lo puedes tener allá, se queda conmigo. Y lo visitas.
Lloré ahí, en el estacionamiento de tierra, con bolsas de camisetas fosforescentes en las manos, y no supe si por el mono, o por Anya, o por las dos manos en las caderas.
Teo vino desde la Suburban, mirando el reloj.
—Doctora. El patrón vuelve pronto.
—Él me la entregó a mí, Teo. —Anya no bajó la voz—. Yo la devuelvo. Antes de las nueve.
Teo no discutió; nunca discutía. Volvimos con la luz ya morada, por la misma carretera, con la gente hincándose en el pasto a nuestro paso, y en la Base el convoy se separó: el camión con las cajas hacia la Casona, la Hummer hacia el edificio gris del pabellón.
Anya bajó, dio la vuelta, me abrió la puerta y me pasó el brazo por los hombros.
—Vamos a un lugar sin cámaras —dijo—. A tomarnos una copa.