Todo empezó en la crueldad: el hombre que amo se casa con mi mejor amiga, y yo debo presenciarlo todo, humillada, en primera fila.
Para dejar de ser su juguete, suelto la mentira que me salva y me venga:
—Estoy comprometida con Denney Callahan.
Se burlan… hasta que él aparece, me rodea la cintura con posesión feroz, me pega a su cuerpo y declara:
—Es mi prometida. Créanlo.
La mentira se vuelve verdad. Y el juego dulce, vengativo y oscuro ha comenzado.
NOVELA EXTENSA...
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Capítulo 1: La mentira y la sombra
El aire pesa tanto que tengo que respirar por la nariz, despacio, para no toser. O tal vez no es el aire. Son ellos. La multitud, el brillo de las lámparas de cristal, el olor a rosas importadas y perfume que cuesta más que el alquiler de mi apartamento durante un año. Todo aquí respira riqueza, y todo me grita que no pertenezco.
Pero estoy aquí. En primera fila. Exactamente donde querían que estuviera.
Lo veo en el altar. Él. El hombre que me juró que el mundo empezaba y terminaba en mis ojos. Ahora sostiene la mano de ella, y cuando la mira, sus labios se curvan en esa sonrisa que antes era mía. Ella lleva un vestido blanco tan deslumbrante que duele mirarlo, y su cabello, que solía enredarse entre los míos cuando nos quedábamos despiertas hasta el amanecer hablando de sueños, cae en ondas perfectas sobre su espalda.
Mi mejor amiga. Y él. El hombre que amaba.
Cada pocos segundos, él levanta la vista. No para mirar al oficiante. No para ver a sus padres. Me busca a mí. Y cada vez que nuestros ojos se cruzan, no hay arrepentimiento en los suyos. Hay triunfo. Como si yo fuera la pieza que ha sacrificado para ganar la partida, y ahora disfruta de ver cómo la dejo caer.
El blanco de su vestido no era por pureza, pienso, apretando las manos bajo el abanico que me dieron al entrar. Era la bandera de rendición que me obligaron a presenciar. Querían que me arrastrara, que llorara en silencio, que fuera el espectáculo secundario de su gran día.
Enderezo la espalda. Siento la tela de mi vestido, elegante, cuidadosamente elegido para no parecer la abandonada, pero lo sé: todos me ven. Todos saben. Puedo sentirlo en la forma en que las miradas se deslizan hacia mí y luego se apartan, como si yo fuera algo sucio que no debía tocarse.
La ceremonia termina. Los aplausos estallan, ensordecedores, y ella se gira hacia la concurrencia radiante, su mano aferrada a la de él como si fuera un trofeo. Y entonces, la recepción. La parte donde la crueldad se disfraza de champán y sonrisas educadas.
Me siento en mi mesa, la más solitaria de todas, y bebo agua como si fuera veneno. Sé que vendrán. Lo he estado esperando desde que empezó la música.
Aparecen cuando la sala está más llena. Caminan hacia mí como dos reyes que bajan a visitar a un súbdito. Ella aprieta su brazo contra el suyo, y él mantiene la cabeza alta, sus ojos fijos en mí con esa calma que duele más que un grito. Se detienen justo delante de mi silla. Las conversaciones a nuestro alrededor se apagan, poco a poco, como si alguien hubiera cerrado una puerta tras otra.
—Lana —dice ella, con esa voz suave que solía usar para consolarme cuando tenía pesadillas—. Nos alegró tanto que vinieras. Sabíamos que sería duro para ti vernos juntos, pero… —sonríe, dulce y afilada como una cuchilla recién afilada— demuestra lo madura que eres al aceptar que él siempre perteneció a este nivel.
El me mira, asintiendo levemente, con esa superioridad que me hace sentir pequeña, insignificante, rota.
—Así es —dice, su voz baja y segura—. Sabía que entenderías. Lo nuestro… era bonito, pero no estaba hecho para durar. Tú misma lo verás, con el tiempo. Encontrarás a alguien. Alguien que esté a tu altura.
Las risas ahogadas estallan a mi alrededor. Siento el calor subirme al rostro, no de vergüenza, sino de furia, una llama ardiendo en el pecho que me consume por dentro. Quiero gritar. Quiero decirle que anoche me escribió diciendo que la amaba a ella solo porque no podía tenerme a mí. Quiero derramar su copa sobre ese vestido impecable y marcharme para siempre.
Pero no puedo. Porque si lo hago, pierdo. Y ya he perdido demasiado.
Me levanto despacio. Mis rodillas tiemblan, pero no dejo que se note. Levanto la barbilla y los miro a los dos, a los ojos, sin apartar la vista. La llama se convierte en hielo en mi garganta, y cuando hablo, mi voz suena firme, tranquila, casi fría.
—No se preocupen por mí —digo, y veo cómo parpadean, sorprendidos—. Al contrario, me alegro por ustedes. De verdad. Aunque… —hago una pausa, suave y deliberada— lamento que mi prometido no haya tenido la paciencia de esperar a que terminara la ceremonia.
Silencio. Total. Un segundo después, una risa suave se escapa de los labios de él.
—¿Tu prometido? —repite, como si yo hubiera dicho algo ridículo—. Vamos, Lana. No mientas para salvar las apariencias. Todos sabemos que no hay nadie.
—¿Ah sí? —respondo, sintiendo cómo me queman las mejillas, pero manteniendo la sonrisa—. Entonces no tardará en llegar. Denney Callahan suele ser puntual.
El nombre cae entre nosotros como una piedra. Veo cómo sus ojos se abren un poco más. Ella abre la boca para reírse, para decir que eso es imposible, que Denney Callahan no se fijaría nunca en alguien como yo… y entonces, el aire cambia.
No es un murmullo. Es un silencio que desciende sobre la sala como una sombra. Las cabezas se giran. Las copas se detienen a mitad de camino hacia los labios. Y siento la presencia antes de verlo: algo denso, frío, una fuerza que comprime el pecho.
Una mano se posa en mi cintura. Dedos largos, firmes, con un reloj de oro que brilla apenas bajo la luz. Me atrae hacia él con un movimiento rápido, posesivo, sin pedir permiso, pegándome a un torso alto, sólido, vestido con un traje negro tan perfecto que parece esculpido en la oscuridad misma.
Su perfume me envuelve: madera oscura, tabaco y algo más, algo salvaje y peligroso que hace que mi piel se erice. Es alto, mucho más alto que él, y cuando inclina la cabeza hacia mí, su mejilla roza la mía, y su voz, baja y grave, resuena justo al lado de mi oído, lo suficientemente cerca para que sienta la vibración.
—Perdón por la demora, mi amor —dice, y hay algo en su tono, algo cortante y helado, que me hace contener la respiración.
Se aparta apenas, y sus ojos —grises, como plata empañada, fríos y afilados como cuchillos— se fijan en la pareja que tengo enfrente. Su sonrisa no llega a sus ojos. No llega en absoluto.
—Es mi prometida —declara, con una calma que hace temblar el suelo bajo mis pies—. Créanlo. Y si me disculpan, no acostumbro a compartir el tiempo de mi mujer con gente de paso.
El silencio se vuelve pesado, irrespirable. Veo cómo él abre la boca para replicar, para decir que esto es una farsa, que no puede ser… y luego sus ojos se encuentran con los de Denney, y se calla. Como si hubiera visto algo allí, algo que lo ha asustado de verdad.
Denney no me suelta. Su mano sigue en mi cintura, firme, sin apretar demasiado pero sin dejarme ir, como si supiera que si me suelta, podría huir. Siento el calor de su cuerpo contra el mío, la fuerza contenida en cada músculo, la certeza absoluta con la que ocupa el espacio. No me ha mirado a mí, no realmente. Sus ojos no se han apartado de ellos ni un instante. Y sin embargo, sé que cada movimiento suyo me rodea, me protege… y me aprisiona.
—Denney… —empieza él, con la voz algo tensa—. Esto… no tiene sentido. Tú no la conoces.
Denney baja la mirada apenas, lento, y luego la levanta de nuevo, y esa mirada gris lo atraviesa como si fuera cristal.
—La conozco lo suficiente para saber que no merece ser el espectáculo de nadie —dice, su voz baja, controlada, pero con un peligro que se siente en cada sílaba—. Y te sugiero que lo recuerdes la próxima vez que se te ocurra hablarle así.
Le da la espalda sin esperar respuesta. Y entonces, por primera vez, me mira a mí. Sus ojos grises me recorren el rostro, lentos, estudiándome como si intentara descifrar un código que aún no entiende. No hay ternura. No hay calidez. Hay algo más oscuro, más hambriento, algo que me hace respirar entrecortadamente.
—Vámonos —dice, y su mano desliza suavemente por mi brazo hasta tomarme la mano, sus dedos entrelazándose con los míos con una firmeza que no admite negativa—. Aquí ya no tenemos nada que hacer.
Me lleva. Siento todas las miradas clavadas en mí: las de ellos, incrédulas, furiosas; las de los demás, asombradas, curiosas, murmurando a mis espaldas. Camino a su lado, con la cabeza alta, la mano atrapada en la suya, y el corazón golpeándome contra las costillas como un pájaro que quiere salir de una jaula.
No sé quién es Denney Callahan. No sé por qué ha hecho esto. No sé si me ha salvado o si me ha entregado a algo mucho peor. Solo sé que cuando salimos al exterior, y el aire fresco de la tarde de Miami golpea mi rostro, él no me suelta. Me guía hacia un coche negro, largo, imponente, que espera con el motor en marcha, y cuando abre la puerta, se detiene y me mira de nuevo.
—Entra —dice, y su voz es suave, pero no es una invitación.
Subo. Él se sienta a mi lado. La puerta se cierra, y el mundo exterior queda fuera, separado por cristales oscuros que no dejan ver nada. El coche arranca en silencio, suave, y de repente estamos solos. Encerrados. Y ahora que no hay nadie más, me doy cuenta de que su mano sigue cubriendo la mía, y de que sus ojos no se han apartado de mí ni un segundo.
—Gracias —consigo decir, con la voz apenas un susurro.
Denney no responde de inmediato. Inclina la cabeza, y sus ojos grises me escudriñan, profundos, inescrutables.
—No me des las gracias todavía, Lana —dice, y su tono baja, volviéndose algo más áspero, más oscuro—. Acabas de comprometerte conmigo. Y yo no suelto lo que es mío.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda. No sé si es miedo. O algo más. El coche avanza entre las luces de la ciudad, y yo miro su perfil, la línea dura de su mandíbula, la sombra de sus pestañas sobre la piel pálida, y comprendo: la mentira ha dejado de ser mía. Ahora es suya. Y me ha llevado con él.
La puerta se ha cerrado. Y no sé cómo volver a abrirla.