Hay amores que duelen más que cualquier golpe. Leo lo sabe bien: ama a una madre que lo abandonó, que lo eligió última vez, que lo cambió por un monstruo. Sobre el escenario aprende a llorar y reír bajo comando, pero fuera de él sigue siendo ese niño que espera en la puerta a que ella regrese. Cuando finalmente vuelve, Leo está dispuesto a perdonarlo todo. Pero el pasado no miente, y las heridas mal cerradas siempre sangran de nuevo. Esta es la historia de un hijo que aprendió a soltar, aunque le arrancaran el alma en el intento.
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Capítulo 5: El reencuentro
La fiesta era elegante, de esas que se celebran en mansiones con jardines iluminados por guirnaldas de luces cálidas. Había un pianista tocando jazz suave en una esquina, camareros con bandejas de plata sirviendo champán y los rostros más influyentes del cine nacional e internacional. Leo asistía acompañado de Héctor, aunque ya no era un niño. Ahora era un joven de veinte años, apuesto, de mirada intensa y sonrisa medida que había perfeccionado frente a las cámaras después de una década de entrenamiento y sacrificio.
Tres películas en su haber. Dos nominaciones a premios importantes. Una legión de admiradores que lo seguían a todas partes. Y sin embargo, mientras recorría la sala con una copa de agua mineral en la mano —nunca bebía alcohol, el recuerdo de Fabián borracho era demasiado vívido—, Leo se sentía tan vacío como aquel niño que dormía bajo un puente.
—Relájate —le susurró Héctor a su lado—. Parece que estás yendo a un funeral.
—No me gustan las multitudes —respondió Leo—. Usted lo sabe.
—Las multitudes te pagan el sueldo, muchacho. Sonríe, saluda y sigue caminando.
Leo obedeció. Sonrió aquí, estrechó una mano allá, posó para una foto con una actriz que no recordaba su nombre. Estaba a punto de pedir el coche para irse cuando algo detuvo su mirada. Al otro lado de la sala, junto a una ventana que daba al jardín, una mujer de cabello oscuro reía con un grupo de invitados.
La reconoció al instante. La reconocería entre un millón de personas, aunque hubieran pasado diez años, aunque ella hubiera cambiado. Era Valeria. Su madre.
El mundo se detuvo. El ruido de la fiesta se convirtió en un zumbido lejano, como si alguien hubiera puesto la música en silencio y solo quedara el latido de su corazón golpeando contra sus costillas. Leo sintió que las piernas le flaqueaban. Apoyó una mano en la pared para no caer.
—¿Estás bien? —preguntó Héctor, siguiendo su mirada. Cuando vio a la mujer, su rostro se endureció—. ¿Es ella?
—Sí —susurró Leo—. Es mi madre.
Pero Valeria no estaba sola. A su lado, con una copa de whisky en la mano y esa sonrisa de depredador que Leo recordaba demasiado bien, estaba Fabián. El padrastro. El hombre que lo había golpeado. El que había forzado su expulsión de su propia casa. El maldito. Estaba más viejo, más delgado, con más canas en las sienes, pero su aura seguía siendo la misma: oscura, amenazante, como un cuchillo envuelto en seda.
Y con ellos había dos niños pequeños, un niño y una niña de unos seis y cuatro años respectivamente, que tiraban de la ropa de Valeria exigiendo atención. Eran hijos de ellos, supuso Leo. Hermanastros que nunca conocería.
Observó a su madre con una mezcla de dolor y fascinación. Valeria vestía un traje negro elegante, pero algo no cuadraba. Su sonrisa era demasiado forzada, su postura demasiado rígida. Y cuando Fabián le susurraba algo al oído, ella se encogía, apenas un movimiento imperceptible, pero Leo lo notó. También notó los pequeños moretones en sus muñecas, ocultos bajo una pulsera ancha. Y la forma en que sus ojos se desviaban hacia la salida cada vez que el hombre se distraía.
—Sigue siendo su víctima —murmuró Héctor, como si leyera sus pensamientos.
—O sigue eligiéndolo —respondió Leo con amargura.
Los niños, mientras tanto, eran un reflejo de todo lo que Leo nunca fue. Gritaban, reclamaban juguetes, interrumpían las conversaciones de los adultos sin que nadie los reprendiera. Eran niños malcriados, caprichosos, de esos que nunca han escuchado un "no" en su vida. Valeria los atendía con una paciencia que Leo nunca recibió de ella. Eso fue como un puñal en el estómago.
—¿Listo para irte? —preguntó Héctor.
—No —dijo Leo, y antes de que su mentor pudiera detenerlo, comenzó a caminar hacia ellos.
Cada paso era un esfuerzo sobrehumano. La alfombra roja bajo sus pies parecía alargarse infinitamente. La gente a su alrededor se hacía a un lado al reconocerlo, algunos le dedicaban sonrisas aduladoras que él no veía. Sus ojos solo estaban puestos en ella.
—Buenas noches —dijo Leo al llegar, con la voz firme aunque las piernas le temblaban.
Valeria levantó la vista. Durante un segundo, sus ojos se encontraron. Y Leo vio cómo el reconocimiento tardaba en llegar. Ella lo miró como se mira a un extraño apuesto, con curiosidad, pero sin ninguna chispa de memoria. Eso fue peor que cualquier golpe. Su madre no lo reconoció.
—Usted es Leonardo Morales, ¿verdad? —preguntó Fabián, interponiéndose con una sonrisa empalagosa—. Soy un gran admirador de su trabajo. Esa última película… la del soldado… extraordinaria.
—Gracias —respondió Leo con frialdad, sin apartar los ojos de Valeria.
—¿Nos conocemos? —preguntó ella al fin, con una voz que Leo recordaba de pesadillas.
—No sé —respondió él—. ¿Usted es de San Miguel?
Valeria palideció. San Miguel era el pueblo donde Leo había nacido. Donde ella lo había abandonado.
—Sí —dijo, y su voz se volvió un susurro—. ¿Cómo lo sabe?
—Porque yo también —respondió Leo—. Me llamo Leonardo. Leonardo Morales. Pero antes… me llamaba Leonardo Castro. Castro, como usted.
El silencio fue ensordecedor. Valeria abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Sus manos comenzaron a temblar. Fabián frunció el ceño, mirando a su esposa y luego al joven, como si estuviera armando un rompecabezas que no le gustaba.
—¿Leo? —atinó a decir Valeria al fin—. ¿Eres… mi Leo?
Fue esa palabra lo que lo rompió. "Mi Leo". Como si él hubiera sido alguna vez de ella de verdad. Como si ella tuviera derecho a poseerlo después de todo.
—Fui —respondió él, y su voz se quebró—. Pero hace mucho que dejé de ser tuyo.
Dio media vuelta y caminó hacia la salida. No corrió. No quería darles el espectáculo. Pero sus piernas temblaban tanto que cada paso era un acto de voluntad. Escuchó que Valeria gritaba su nombre, que el ruido de sus tacones golpeaba el suelo detrás de él, pero no se detuvo.
—¡Leo, espera! —gritó ella.
Él no esperó.
Llegó al jardín, luego a la verja, luego a la calle. El aire frío de la noche le golpeó el rostro y recién entonces dejó que las lágrimas cayeran. Se apoyó contra un árbol y lloró como no lo hacía desde los diez años. Lloró por el niño que siguió amando a una madre que no lo quería. Lloró por los años perdidos. Lloró por la esperanza idiota de que algún día ella le pediría perdón y todo estaría bien.
Héctor apareció a su lado sin hacer ruido. No dijo nada. Solo puso una mano sobre su hombro y esperó. Porque sabía que algunas heridas no se curan con palabras. Y porque sabía que esto recién comenzaba.
Al llegar a casa, Leo se encerró en su habitación. Héctor llamó a la puerta, pero él no abrió.
—Déjeme solo, por favor —dijo con voz ronca.
—Estaré aquí afuera si me necesitas —respondió Héctor, y cumplió su palabra. Se sentó en el pasillo, con la espalda apoyada en la pared, y no se movió hasta que escuchó que Leo finalmente se dormía, cerca del amanecer.
Pero Héctor también durmió mal. Porque en su cabeza ya se gestaba una idea. Algo no cuadraba en la forma en que Valeria había aparecido en esa fiesta, en la misma ciudad, en el mismo evento que su hijo. Y él, que había sobrevivido a demasiadas traiciones en el mundo del cine, olfateaba un montaje desde kilómetros de distancia.
—Algo me dice que esta mujer no apareció por casualidad —murmuró para sí antes de cerrar los ojos—. Y voy a descubrir qué es.