Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.
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Capítulo 3 - Lecciones de porcelana
Damaris encontró a Diane frotándose las manos con agua de rosas.
El lavabo de porcelana estaba teñido de un rosa turbio. La pintura roja se había desprendido de sus dedos, pero continuaba alojada alrededor de las uñas y en las líneas de las palmas. Diane restregaba la piel con una esponja hasta hacerla arder. Cada vez que el color parecía desaparecer, una veta nueva surgía bajo la espuma.
—Vas a lastimarte —dijo Damaris desde la puerta.
Diane no respondió.
Su habitación recibía las últimas luces del día. Sobre la cama descansaba el vestido azul que la doncella había preparado para la cena familiar; junto a la ventana, el cuadro del río permanecía apoyado contra la pared. El rojo triste cortaba el paisaje como una herida recién abierta. Damaris lo miró apenas un instante antes de cerrar la puerta.
—Déjame ver tus manos.
—Puedo limpiarlas sola.
—No te he preguntado si puedes.
Diane apretó la esponja. El agua rosada cayó entre sus dedos como sangre diluida.
—¿Qué decía la carta?
Damaris se acercó sin contestar. Tomó las manos de su hija, examinó las uñas y dejó escapar un suspiro que no parecía nacido de la preocupación, sino de una decepción prevista.
—La pintura al óleo no se quita con desesperación. Solo consigues empujarla más adentro.
Abrió el frasco de aceite de almendras, vertió unas gotas sobre un paño limpio y comenzó a frotar cada dedo con movimientos circulares. La mancha cedió de inmediato.
—Hay cosas —continuó— que no desaparecen cuando una lucha contra ellas. Primero hay que aprender de qué están hechas.
Diane observó el perfil de su madre. Damaris hablaba con la serenidad de quien enseñaba una labor doméstica, pero aquella frase parecía destinada a algo más que la pintura.
—¿Por qué nos invita Don Guillermo?
—Mañana lo sabremos.
—Papá parecía asustado.
—Tu padre está cansado.
—No es lo mismo.
Los dedos de Damaris se detuvieron. Levantó la vista y durante un segundo Diane creyó ver una chispa de aprobación, como si hubiera respondido correctamente a una pregunta que nadie había formulado.
—No —admitió—. No es lo mismo.
Terminó de limpiar la última uña y vació el agua sucia. Después llevó a Diane hacia el tocador. El espejo devolvió la imagen de ambas: la madre erguida, impecable, con el vestido oscuro abrochado hasta el cuello; la hija despeinada, con manchas en las mangas y los ojos demasiado llenos de preguntas.
Damaris retiró las horquillas del cabello de Diane. Los mechones claros cayeron sobre sus hombros.
—Mañana cenaremos en la casa de una de las familias más importantes de Santa Lucía. Quiero que comprendas lo que eso significa.
—Que debo usar el tenedor correcto y no hablar de pintura.
—Significa que serás observada.
El peine descendió desde la coronilla hasta las puntas. Damaris no tiraba del cabello; lo gobernaba. Cada pasada colocaba un mechón en su sitio, borrando el desorden que el viento y el río habían dejado.
—Los hombres observan a una mujer para decidir si es hermosa —dijo—. Las mujeres la observan para descubrir dónde está su debilidad. No debes dar satisfacción a ninguno.
Diane buscó los ojos de su madre en el espejo.
—Pensé que era una cena de negocios.
—Todas las cenas son negocios. Algunas utilizan contratos; otras, sonrisas.
—No entiendo por qué debo ir.
—Precisamente por eso irás.
Damaris dividió el cabello de Diane en tres partes y comenzó a trenzarlo. Sus dedos se movían con la misma seguridad con que había manejado el hilo rojo en el salón.
—Tienes diecisiete años. Eres bonita, educada y llevas un apellido que todavía significa algo. Ha llegado el momento de que aprendas a protegerlo.
—¿Protegerlo de quién?
—De todos. Incluso de quienes lo comparten contigo.
Diane recordó el rostro de su padre detrás de la puerta, vuelto hacia la ventana como si en los campos pudiera encontrar una respuesta. Sintió un hueco bajo el esternón.
—¿Vamos a perder la tabacalera?
La trenza se tensó.
—¿Quién te dijo eso?
—Nadie. Iván dijo que las hojas están quebradizas. Papá no duerme. Los criados callan cuando entro y tú no me has regañado por llegar tarde. Algo está ocurriendo.
El nombre de Iván cambió el aire. Damaris dejó el peine sobre el tocador con un cuidado excesivo.
—Ese muchacho habla más de lo que le corresponde.
—Solo respondió una pregunta.
—Los hombres como él siempre empiezan respondiendo preguntas. Luego creen que tienen derecho a formularlas.
Diane se volvió en el asiento.
—¿Los hombres como él?
—Los hombres que confunden tu amabilidad con una invitación.
—Iván no confunde nada.
Damaris apoyó las manos sobre los hombros de su hija. No la apretó; no era necesario. Su reflejo parecía ocupar todo el espejo.
—Escúchame con atención, Diane. El cariño es un lujo cuando no hay nada en riesgo. En cuanto aparecen el dinero, la reputación o el porvenir, se convierte en una cuerda. Puede ayudarte a subir o puede cerrarse alrededor de tu cuello.
—Tú amas a papá.
—Por supuesto.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Damaris rodeó el tocador y se sentó frente a ella. A esa distancia, Diane distinguió las líneas finas junto a sus ojos y un cansancio oculto bajo el polvo de arroz.
—Amar a un hombre no significa entregarle todas las armas —dijo—. Debes permitirle sentirse fuerte, obedecerlo cuando el mundo esté mirando y jamás humillarlo delante de otros. Pero dentro de casa…
Hizo una pausa.
—Dentro de casa debes aprender qué teme. Qué desea. A quién escucha. Un esposo cree que gobierna porque firma los documentos y ocupa la cabecera de la mesa. Una mujer inteligente decide qué papeles encuentra sobre el escritorio y qué palabras escucha antes de firmarlos.
Diane sintió una incomodidad fría, semejante a encontrar una grieta en una taza que siempre había creído intacta.
—Eso es manipularlo.
—Eso es impedir que su orgullo destruya lo que ambos construyeron.
—¿Papá sabe que piensas así?
Damaris sonrió.
—Tu padre sabe aquello que necesita saber para seguir siendo el hombre que cree ser.
La respuesta habría podido ser una broma, pero en su voz no había ligereza. Diane bajó la mirada hacia sus manos ya limpias. El rojo había desaparecido de la superficie, aunque aún imaginaba sentirlo bajo la piel.
—Yo no quiero vivir así.
—Nadie vive como quiere. Vive como puede sin ser devorado.
—Iván no me devoraría.
Esta vez Damaris rio, pero la risa no alcanzó sus ojos.
—Iván no tiene todavía dientes suficientes.
Diane se levantó tan rápido que la silla rozó el suelo.
—No hables de él como si fuera un animal.
—Entonces deja de comportarte como una niña que alimenta a un lobo detrás de la cocina.
La bofetada no llegó. Diane la esperó al ver levantarse la mano de su madre, pero Damaris solo retiró una hoja seca que se había quedado prendida en su cabello.
—Mírate —susurró—. Estás dispuesta a pelear por un muchacho que no puede ofrecerte ni su propio techo, pero no sabes qué está ocurriendo bajo el tuyo.
Las palabras encontraron el lugar exacto donde herirla. Diane sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas y las odió antes de que cayeran. No quería llorar delante de Damaris; el llanto era una confesión que su madre siempre sabía utilizar.
—Dime la verdad, entonces.
—La verdad es que la cosecha no ha sido suficiente durante tres años. Tu padre debe dinero a los bancos, a los transportistas y a los trabajadores. Si mañana nadie nos ofrece una salida, perderemos los campos, la fábrica y probablemente esta casa.
Diane miró alrededor. La habitación había sido suya desde que aprendió a caminar. Las flores pintadas en el techo, las cortinas, el armario con vestidos y los cuadernos apilados parecieron retroceder, como objetos vistos desde un carruaje que empezaba a moverse.
—¿Por qué no me lo dijeron?
—Porque tu padre todavía cree que puede protegerte de la realidad.
—¿Y tú?
—Yo prefiero enseñarte a sobrevivirla.
Damaris abrió el cajón inferior del tocador y sacó un estuche de terciopelo. Dentro descansaba un collar de perlas con una piedra azul en el centro. Diane lo había visto en algunos retratos de juventud de su madre, pero nunca la había visto usarlo.
—Perteneció a mi abuela —explicó Damaris—. Mañana lo llevarás.
Al levantar el collar, algo cayó del estuche. Era una magnolia seca, oscurecida por los años, con los pétalos doblados hacia dentro como dedos que protegieran un secreto.
Damaris la recogió de inmediato.
—¿Qué es? —preguntó Diane.
—Una flor.
—Eso ya lo veo.
Por un instante, el rostro de Damaris perdió su perfección. No fue miedo exactamente, sino el recuerdo del miedo: una sombra antigua cruzando una habitación bien iluminada.
—Me la dio una amiga cuando éramos jóvenes.
—¿Quién?
Damaris guardó la magnolia en el relicario que llevaba bajo el vestido. Diane nunca había advertido que pudiera abrirse.
—Alguien que comprendió demasiado tarde el valor de una promesa.
Se levantó y volvió a colocar el collar en el estuche.
—Mañana no mencionarás nuestras deudas. No preguntarás por qué fuiste invitada y no hablarás de Iván. Sonreirás, observarás y esperarás a que los demás revelen primero lo que desean.
—¿Y si me preguntan algo?
—Responderás con honestidad suficiente para parecer sincera, no con tanta como para quedar indefensa.
Diane secó una lágrima antes de que alcanzara su barbilla.
—¿Eso también te lo enseñó tu amiga?
Damaris la miró desde la puerta.
—No. Eso me lo enseñó el precio de salvarla.
Salió sin explicar nada más.
Diane permaneció frente al espejo. Su cabello estaba perfectamente trenzado, sus manos limpias y sus ojos enrojecidos. Parecía una muñeca reparada después de haber caído al suelo.
Se acercó al cuadro y tocó con la yema del dedo la línea que Iván había pintado. El rojo todavía estaba húmedo. Una mancha pequeña quedó sobre su piel.
Diane cerró la mano para ocultarla.
Aquella noche comprendió que la porcelana no era frágil porque pudiera romperse.
Era frágil porque todos esperaban que, incluso rota, continuara pareciendo hermosa.