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LA VIUDA MONTENEGRO "Un Amor Mortal"

LA VIUDA MONTENEGRO "Un Amor Mortal"

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Mujer poderosa / Amor prohibido / Completas
Popularitas:155k
Nilai: 5
nombre de autor: Adriánex Avila

Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.

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Capítulo 12 En la casona

Se quedaron en silencio un momento. La luna iluminaba el patio, dibujando sombras alargadas sobre las piedras.

Desde el establo, se oyó un relincho débil: la yegua tordilla.

—La cría —recordó Ernesto—. Debo volver.

—Vaya. Y no diga nada de lo que vio. No quiero que el pueblo piense que necesito que un hombre me defienda.

Ernesto la miró. Tenía el rostro sereno, como si acabar de disparar a los pies de un hombre fuera lo más normal del mundo.

Pero en sus ojos —esos ojos celestes que lo habían mirado con tanto desprecio el primer día— algo se movía. Cansancio, quizá. O tristeza.

—No lo diré —prometió.

—Pues entonces, buenas noches.

Dio media vuelta y entró a la casona, cerrando la puerta tras de sí.

Ernesto se quedó un momento más, escuchando el ruido del cerrojo al correrse.

Luego regresó al establo. La yegua tordilla había parido mientras él estaba fuera.

Un potro pequeño, de patas largas y pelaje oscuro, tambaleaba junto a su madre. Ernesto se arrodilló para limpiarlo con un trapo, como don Elías le había enseñado.

—No sabes el valor que tiene esa mujer —le dijo al potro, como si el animal pudiera entenderlo—. Y tampoco sabes el miedo que da.

El potro resopló, buscando la leche de su madre. Ernesto lo acarició suavemente.

—Tienes razón —murmuró—. Mejor sigo callado.

Sabina cerró la puerta con el cerrojo y apoyó la espalda contra la madera.

El rifle seguía en sus manos, pero ahora sus dedos temblaban. No por miedo. Nunca por miedo. Por la rabia que aún le ardía en el pecho.

Hipólito Mendoza no era el primero. En los dos años de viudedad, había tenido que rechazar a media docena de pretendientes, algunos respetuosos, otros insistentes, y unos cuantos como aquel, que creían que la fuerza bruta era la mejor forma de conquista.

Cásate conmigo, decían siempre. Te cuidaré. Te daré todo. Como si ella necesitara que alguien la cuidara. Como si no se hubiera cuidado sola desde los doce años.

—Mamá…

La voz de Abel la sacó de sus pensamientos. El niño estaba al pie de la escalera, con los pies descalzos y los ojos llenos de sueño. Había bajado al oír los gritos, o el disparo, o ambas cosas.

—¿Qué pasó, hermana? —preguntó, corrigiéndose a tiempo. Nunca se sabía quién podía estar escuchando.

Sabina dejó el rifle junto a la puerta, fue hacia él y lo levantó en brazos. Pesaba más que antes. Pronto sería demasiado grande para cargarlo así.

—Nada, mi amor —susurró, usando el apelativo que solo podía permitirse a puerta cerrada—. Solo un borracho que se equivocó de casa.

—¿Le pegaste?

—Le pegué un susto.

Abel apoyó la cabeza en el hombro de su madre y cerró los ojos.

—Eres muy valiente, mamá —murmuró, ya casi dormido.

Sabina lo llevó escaleras arriba, lo acostó en su cama y lo arropó con cuidado. Luego se sentó en la silla junto a la ventana, desde donde podía ver el patio y la puerta de la calle.

Allí se quedó, vigilante, hasta que el sol comenzó a asomarse detrás de los cerros.

Todo esto por una fortuna, pensó. Todo esto por unas tierras y unas cabezas de ganado.

Si supieran que yo solo quiero una cosa en este mundo: que Abel esté a salvo. Que nadie sepa de dónde viene. Que nadie nos arranque de aquí.

Pero los hombres como Hipólito no entendían de secretos. Solo entendían de fuerza.

Y fuerza, Sabina Montenegro tenía de sobra.

*_*

A la mañana siguiente, el pueblo entero sabía lo que había pasado.

Los dos acompañantes de Hipólito no pudieron callar la vergüenza, y la esposa del comerciante, humillada, se encargó de difundir su propia versión: que su marido era un borracho, que Sabina había hecho bien en espantarlo, que ella misma le había dado con un sartén en la cabeza cuando llegó a casa.

Pero otros, los que ya miraban a Sabina con recelo, encontraron una nueva razón para murmurar.

—Es una loca —decían en la tienda de Abundio—. Una mujer que dispara así, sin temblar, algo tiene que esconder.

—O tal vez —respondió don Elías, que había ido a comprar sal para los caballos— simplemente está harta de que la molesten.

¿Ustedes dejarían que un borracho les tocara la puerta a medianoche?

Nadie supo qué responder.

Ernesto, mientras tanto, seguía limpiando el establo y vigilando al potro recién nacido.

No dijo nada sobre lo que había visto. No necesitaba hacerlo. Esa noche, en la oscuridad, había comprendido algo que ningún rumor ni chisme podría explicarle.

Sabina Montenegro no era solo una viuda joven y hermosa. Era una mujer que había aprendido a defenderse de los lobos antes de aprender a leer.

Y los lobos, pensó Ernesto mientras cepillaba el lomo de la yegua, seguían acechando a su puerta.

La diferencia era que ahora, sin saberlo, él también estaba al acecho.

Pero no para devorarla.

Para protegerla.

Y eso, pensó, era mucho más peligroso.

La carreta crujió bajo el peso de Sabina cuando ella trepó con la agilidad de quien había nacido en el campo.

No necesitó que le acercaran el banquillo ni que le ofrecieran la mano.

Saltó al pescante, tomó las riendas con una mano y con la otra acomodó su falda negra sobre las piernas. La yegua overa resopló, impaciente por emprender el camino.

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Laura Ojeda
hay que final... llore de nuevo... se murio de viejito vivieron felices ... hermos historia gracias adri
kadi
excelente historia autora felicidades
kadi
que hermosa historia, tan real como la vida misma, con un inicio bastante triste y perturbador pero tan cierto en esas épocas, excelente final me encantó de principio a fin!!👏👏
Vanessa Fernandez Ocando
felicidades muy buena me encanto
Milcaris
Te toco meter la lengua, el orgullo, coraje, altanería y más dónde no te da el sol 🤣🤣
Milcaris
Esa es mi chica 💪🏻💪🏻💪🏻
mere sanchez
gracias hermosa historia, aunque me hubiera gustado que Ernesto no hubiera muerto y disfrutara de sus nietos, pero fue otra de tus novelas maravillosas, felicitaciones 👏👏
Milcaris
Se quedó corta con las palabras y fue educada. Tenía que sacarla por los pelos.
Milcaris
Que lindo como Abel ya le dice mamá con más libertad 💞🥰
Laura Ojeda
por favor ya dejenla en paz..
Laura Ojeda
hayyy me saieron lagrimitas... al fin abel tiene a mama y papa 🥰
Yaz
se me salieron las lágrimas, Ernesto fue un hombre de verdad 👍
Milcaris
Don Pedro se sabe que no es fácil pero vea como La Señora a cambiado tanto
Yaz
Abel todo un ejemplo 👍👍
Laura Ojeda
sabina... genia no te dejes por esa suegra fasidiosa.... gracias adri 🥰🥰
Yaz
🔥🔥🔥💥💥👍👍
Marisel Rio
💞💞💞💞💞No hay palabras para describir está novela es hermosa de principio a fin
Está llena de amor y superación
Super recomendable 💞💞💞💞
Marisel Rio
💕💕💕💕Gracias por estos capítulos tan lindos y atrapante 💕💕💕
Yaz
👍👍👍un poco de justicia
Paola Ferradás
Muy bien, esos malditos nunca la cuidaron
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