A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
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Capitulo 18
La tarde caía sobre el distrito financiero, tiñendo de un rojo encendido los cristales de la Constructora Sánchez. En su oficina privada, Valery revisaba los últimos informes de la zona norte. Vestía un vestido de punto acanalado en color gris carbón que se ceñía a su silueta con una provocación elegante, dejando al descubierto sus clavículas donde el dije de corazón de oro blanco brillaba con suavidad. La alianza de oro puro en su mano izquierda destellaba bajo la lámpara de escritorio, un recordatorio constante de la seguridad y el fuego que ahora gobernaban su vida.
Marcos había salido a una revisión de obra de última hora, dejando el piso de la alta dirección inusualmente silencioso.
De repente, la puerta de la oficina se abrió de golpe, quebrando la paz del lugar. Valery levantó la vista, esperando ver a una secretaria, pero se topó con la figura desalineada y errática de Adrián.
Tenía los ojos inyectados en sangre, la corbata floja y un fuerte olor a alcohol que inundó el espacio de inmediato. La furia y la envidia lo habían carcomido por completo al ver, durante la cena del día anterior, cómo la farsa de su hermano y su ex prometida se había transformado en una complicidad ardiente y real.
—¿Qué haces aquí, Adrián? —preguntó Valery, poniéndose de pie de inmediato. Su postura recta y sofisticada denotaba un desprecio absoluto. —Marcos no está, y tú no tienes autorización para entrar a este piso.
—No vine a ver a Marcos, Valery. Vine a verte a ti —siseó Adrián, cerrando la puerta con pestillo detrás de él y avanzando con pasos peligrosamente rápidos—. No puedo seguir viendo cómo juegas a la esposa feliz con mi hermano. ¡Es una maldita farsa!
—No es ninguna farsa —respondió ella con voz firme, cruzando los brazos, lo que acentuó el contorno de su busto bajo la tela gris—. Lo que tengo con Marcos es real. Algo que tú, con tu cobardía, jamás habrías podido darme. Lárgate ahora mismo.
Adrián soltó una risa amarga, desquiciada. En un parpadeo, acortó la distancia y la acorraló contra el inmenso ventanal de la oficina. Antes de que Valery pudiera reaccionar o presionar el botón de seguridad, Adrián la tomó de los brazos con una fuerza desesperada.
—¡Mientes! —exclamó él, acercando su rostro al de ella—. Marcos no te ama. Te está usando, Val. Siempre me odió, siempre quiso todo lo que era mío. Te metió en su cama solo para ganarme la herencia familiar, para demostrarle a Estela que él es el hijo perfecto. En cuanto tenga el control absoluto de las acciones, te va a desechar como a un trapo viejo. ¡Él no tiene sangre en las venas!
—¡Suéltame, eres un enfermo! —gritó Valery, sintiendo una oleada de asco puro recorrerle la piel.
Adrián, cegado por los celos y el recuerdo del cuerpo de Valery que alguna vez creyó poseer, se inclinó con brusquedad, intentando besarla a la fuerza. Buscó sus labios con torpeza, pero Valery reaccionó con la rapidez de una felina: giró el rostro con violencia, haciendo que los labios de Adrián solo rozaran su mejilla, y levantó la rodilla con fuerza, golpeándolo directamente en la entrepierna.
Adrián soltó un quejido de dolor y retrocedió, doblándose por la mitad. Valery, temblando de rabia y repugnancia, se limpió la mejilla con el dorso de la mano como si intentara arrancarse una quemadura.
—Das asco, Adrián —le escupió con una frialdad letal, con los ojos encendidos en odio—. No vuelvas a tocarme en tu maldita vida. Si no sales de aquí en este instante, yo misma me encargaré de que pases el resto de tu juventud en una celda.
Viendo que había perdido por completo y sintiendo la humillación arder en su pecho, Adrián se enderezó a duras penas, dedicándole una última mirada cargada de veneno antes de salir de la oficina dando un portazo.
Horas más tarde, la noche ya había envuelto por completo el ático. En la penumbra de la habitación matrimonial, Valery estaba sentada en el borde de la inmensa cama de seda gris. El vestido gris yacía en el suelo; ahora vestía únicamente una camisola de satén negro de tirantes finos que dejaba su espalda descubierta.
A pesar de la fortaleza que había mostrado frente a Adrián, el pánico a salir herida y las palabras envenenadas de su ex prometido habían calado hondo en sus inseguridades de la mañana. ¿Y si Adrián tenía razón? ¿Andaría Marcos usándola? Las lágrimas, silenciosas y calientes, comenzaron a resbalar por sus mejillas, empañando su mirada en la oscuridad.
El sonido del ascensor privado rompió el silencio del piso. Marcos entraba al ático, con los hombros caídos y la fatiga de un día extenuante de negociaciones grabada en el rostro. Se aflojó la corbata mientras caminaba hacia la habitación, buscando el refugio y el calor que solo el cuerpo de Valery le otorgaba.
Al encender la luz tenue de la mesilla, Marcos se detuvo en seco.
Valery se limpió las lágrimas con un movimiento rápido y torpe, forzando una sonrisa ensayada mientras se ponía de pie, tratando de parecer normal.
—Hola, mi amor. Llegaste tarde —dijo con la voz sutilmente rota, intentando caminar hacia él para abrazarlo y esconder su rostro.
Pero Marcos no se dejó engañar. Sus ojos oscuros, agudos e inyectados de una intuición protectora, captaron las pestañas húmedas y el rastro brillante en sus mejillas. Su fatiga se evaporó instantáneamente, sustituida por una tensión peligrosa. La tomó de los hombros, impidiéndole esconderse, y la obligó a mirarlo de frente.
—¿Qué pasa, Valery? ¿Por qué estabas llorando? —preguntó Marcos, su voz de barítono sonando ronca, firme y demandante.
—Nada, es solo... cansancio por los informes de la zona norte —mintió ella, desviando la mirada.
Marcos ejerció una presión firme pero cuidadosa en su barbilla, obligándola a sostenerle la mirada. La cercanía de sus cuerpos, el contraste de su camisa blanca semidesabrochada contra el satén negro de ella, elevó la temperatura del cuarto, pero el ambiente estaba cargado de una urgencia distinta.
—No me mientas, muñeca —la presionó él, con una firmeza implacable que no admitía evasivas—. Sé cuándo estás cansada y cuándo estás rota. Háblame. ¿Quién te hizo esto?
Valery buscó sostener su muro de orgullo, pero la mirada llena de una devoción auténtica y rabiosa de Marcos terminó por quebrar su resistencia. Un sollozo ahogado escapó de sus labios hinchados.
—Fue Adrián —confesó finalmente, con la voz temblando—. Fue a mi oficina cuando no estabas. Intentó... intentó besarme a la fuerza. Me dijo que solo me estás usando por la herencia, que me vas a desechar...
Marcos no la dejó terminar. En el segundo exacto en que las palabras "intentó besarme a la fuerza" salieron de la boca de Valery, el rostro de Marcos se transformó en una máscara de pura brutalidad. Sus ojos oscuros se ensombrecieron tanto que parecieron negros, inyectándose de un fuego salvaje y asesino que Valery jamás le había visto. La testosterona dominante y el instinto primitivo de defender lo que era suyo borraron cualquier rastro de civilidad corporativa.
La soltó suavemente, le plantó un beso posesivo y ardiente en la frente que se sintió como una promesa de sangre, y se giró sin decir una sola palabra.
—¡Marcos, no! ¡Espera! —le suplicó Valery, intentando tomarlo del brazo, pero él ya avanzaba por el pasillo con la zancada implacable de un depredador.
Marcos condujo su todoterreno negro a velocidades prohibidas por las calles de la ciudad, con los nudillos blancos apretando el volante. Sabía perfectamente dónde se escondía su hermano cuando la cobardía lo superaba: el apartamento de soltero que la familia le pagaba en la zona alta.
Llegó al edificio, ignoró al portero y subió por el ascensor. No se molestó en tocar el timbre; de una sola patada limpia y cargada de una fuerza bruta descomunal, la cerradura de la puerta principal de Adrián cedió, abriéndose de golpe contra la pared.
Adrián, que estaba en la sala con un vaso de whisky en la mano, se levantó de un salto, pálido como la muerte al ver la imponente y terrorífica silueta de su hermano mayor recortada en el umbral.
—Marcos... ¿qué... qué haces aquí? —alcanzó a tartamudear, soltando el vaso, que se estrelló contra el suelo.
Marcos no respondió con palabras. Cruzó la distancia que los separaba con una velocidad felina. Su mano izquierda se cerró como una morsa en el cuello de la camisa de Adrián, levantándolo casi del suelo, mientras su puño derecho impactaba de lleno en la mandíbula de su hermano menor.
El sonido del golpe seco resonó en todo el apartamento. Adrián salió despedido hacia atrás, estrellándose contra la mesa de centro de cristal, que se hizo añicos bajo su peso.
—¡Te advertí que no volvieras a tocarla! ¡Te advertí que no hablaras de ella! —rugió Marcos, con una voz ronca y del todo desprovista de control, una furia acumulada de años que finalmente estallaba.
Marcos se abalanzó sobre él antes de que Adrián pudiera incorporarse. Lo tomó por las solapas y lo arrastró por el suelo, asestándole un segundo puñetazo en el pómulo que le abrió la piel al instante, tiñendo el suelo de rojo. Adrián intentó cubrirse el rostro con los brazos, soltando gemidos de dolor y terror puro, dándose cuenta de que esta vez Marcos no estaba jugando al hermano mayor estricto; casi lo estaba matando a golpes.
—¡Por favor, Marcos! ¡Para! ¡Es una muerta de hambre, te está volviendo loco! —escupió Adrián con la boca llena de sangre, intentando defenderse con un último rastro de veneno.
Ese insulto hacia Valery fue el detonante final. Marcos lo levantó del suelo por el cuello, acorralándolo contra la pared con una fuerza sobrehumana, y le propinó una serie de golpes demoledores en las costillas y el estómago que dejaron a Adrián sin aire, cayendo de rodillas, temblando y escupiendo sangre sobre la alfombra, completamente destruido e incapacitado.
Marcos se enderezó lentamente, respirando de manera errática, con los nudillos ensangrentados y la camisa blanca salpicada. Se agachó hasta quedar a la altura del rostro hinchado y horrorizado de Adrián, tomándolo del cabello para obligarlo a mirarlo.
—Vuelve a acercarte a mi esposa, vuelve a mirarla o a pararte en el mismo piso que ella, y te juro por la memoria de nuestro padre que no quedará suficiente de ti para que Estela te reconozca —sentenció Marcos con un susurro gélido, letal y definitivo—. Ella es la dueña de todo lo que alguna vez deseaste, y yo soy el hombre que la protege. Estás acabado, Adrián.
Marcos lo soltó con desprecio, dejando que el cuerpo maltrecho de su hermano colapsara en el suelo. Se giró y abandonó el apartamento con la misma calma implacable con la que había entrado, regresando al ático donde su verdadero fuego lo esperaba para ser sanado.