Su padre debía millones.
Él necesitaba una esposa.
Ella fue la garantía.
Cuando Alessia Lombardi es obligada a casarse para pagar la deuda millonaria de su padre, descubre que su nuevo esposo no es solo un hombre frío y poderoso, sino el heredero de una de las organizaciones más peligrosas del país. El contrato es claro: un año de matrimonio, sin amor y sin sentimientos. Pero nadie les advirtió que el odio puede transformarse en algo mucho más intenso.
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CAPITULO-3
... La presentación...
Nunca me había vestido para sobrevivir.
Pero esa noche lo hice.
El vestido negro que Marta dejó sobre la cama era elegante, ajustado a la cintura y con una abertura discreta en la pierna. No era provocativo. Era estratégico. El tipo de prenda que decía poder sin necesidad de gritarlo.
—El señor eligió algo que combine con su imagen —comentó Marta mientras acomodaba mi cabello en ondas suaves.
—¿Y cuál es exactamente su imagen? —pregunté, observándome en el espejo.
—Intocable.
La palabra me recorrió la espalda.
Cuando bajé las escaleras, Thiago ya estaba esperándome en el vestíbulo. Traje oscuro perfectamente ajustado. Reloj metálico. Expresión imperturbable.
Pero cuando sus ojos se posaron en mí, algo cambió.
No fue una sonrisa.
No fue ternura.
Fue evaluación… y aprobación.
—Aceptable —dijo.
—Encantador, como siempre.
Se acercó lo suficiente para ajustar un mechón suelto detrás de mi hombro. El gesto fue leve, pero su cercanía alteró mi respiración más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Recuerda lo que te dije —murmuró—. No contradigas nada en público.
—Y tú recuerda algo —respondí en el mismo tono bajo—. No soy una actriz.
Sus labios casi se curvaron.
—Lo sé. Por eso será interesante.
La cena se realizaba en el ala principal de la mansión. Una mesa larga, iluminada por una lámpara de cristal que parecía demasiado elegante para el tipo de conversaciones que probablemente ocurrían allí.
Cinco hombres ya estaban sentados cuando entramos.
Las miradas se dirigieron inmediatamente hacia mí.
Curiosidad.
Sorpresa.
Cálculo.
Thiago apoyó una mano firme en la parte baja de mi espalda.
No era un gesto romántico.
Era posesivo.
—Caballeros —anunció con voz firme—. Les presento a mi esposa, Alessia Russo.
Escuchar su apellido unido al mío fue extraño. Incómodo.
Uno de los hombres, de cabello canoso y sonrisa afilada, se levantó.
—No sabíamos que el heredero pensaba casarse.
—Hay decisiones que no requieren consulta —respondió Thiago con calma.
Me incliné levemente por cortesía.
—Es un placer.
—El placer es nuestro —replicó otro, observándome demasiado tiempo.
Sentí la mano de Thiago tensarse apenas sobre mi espalda.
Advertencia silenciosa.
Nos sentamos. Yo a su derecha.
Las conversaciones comenzaron a girar en torno a negocios, acuerdos, territorios. No mencionaban directamente nada ilegal, pero las palabras tenían doble filo.
Yo escuchaba. Analizaba.
No quería ser una figura decorativa.
En un momento, el hombre de cabello canoso volvió a dirigirse a mí.
—Debe de ser difícil adaptarse tan rápido a un mundo como este.
Thiago respondió antes que yo.
—Mi esposa se adapta con facilidad.
Lo miré.
—Aún estoy aprendiendo —dije con calma—. Pero no me asustan los desafíos.
Algunos intercambiaron miradas.
Thiago no dijo nada, pero su pierna rozó la mía bajo la mesa.
No sabía si era advertencia o aprobación.
La cena avanzó entre miradas cargadas y comentarios calculados. Hasta que la puerta del comedor se abrió de repente.
Un hombre entró apresuradamente.
—Señor —dijo, inclinando la cabeza hacia Thiago—. Tenemos un problema.
El ambiente cambió en segundos.
—Habla —ordenó Thiago.
—Uno de los cargamentos fue interceptado. No por la policía… por los Ivanov.
El apellido cayó pesado sobre la mesa.
Thiago no mostró reacción visible, pero su mano dejó de tocarme.
—¿Confirmado? —preguntó con voz baja.
—Sí, señor.
Uno de los invitados murmuró algo sobre provocación.
Thiago se levantó lentamente.
—Caballeros, continuaremos esta conversación en mi despacho.
Luego me miró.
—Tú quédate aquí.
El tono no era negociable.
Pero antes de que pudiera responder, el hombre de cabello canoso habló:
—Quizá no sea prudente dejar sola a la nueva señora Russo en medio de tensiones como esta.
Thiago lo miró con frialdad glacial.
—Nadie en esta mesa cometería un error tan estúpido.
Silencio absoluto.
El mensaje era claro: nadie la toca.
Nadie la mira de más.
Nadie se atreve.
Se inclinó hacia mí antes de irse.
—No salgas de esta sala hasta que regrese.
—No me des órdenes como si fuera parte de tu ejército.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—No lo eres. Eres lo único que ahora pueden usar para atacarme.
Y entonces entendí.
No se trataba solo de un matrimonio estratégico.
Yo era una pieza nueva en un tablero peligroso.
Cuando él salió con los demás hombres, el comedor quedó en un silencio incómodo. Solo quedamos dos personas: el hombre canoso… y yo.
—Es un mundo difícil para una chica como tú —dijo él suavemente.
—No soy tan frágil como aparento.
Sonrió de forma que no me gustó.
—Espero que no lo seas.
Un disparo resonó a lo lejos.
El sonido atravesó el aire como una grieta invisible.
Mi corazón se detuvo.
Otro disparo.
Me levanté de inmediato.
Marta apareció en la puerta, pálida.
—Señora, por favor, venga conmigo.
—¿Qué está pasando?
No respondió.
El tercer disparo fue más cercano.
El hombre canoso ya no sonreía.
Y en ese instante entendí algo con absoluta claridad:
Ser la esposa de Thiago Russo no solo significaba vivir bajo su techo.
Significaba estar en la línea de fuego.