La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
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LA LLAVE EN LA CERRADURA
El peligro tiene un aroma particular: huele a ozono, a metal frío y al sudor helado de quien sabe que un solo paso en falso puede borrar su existencia en un abrir y cerrar de ojos.
A las diez de la noche, el edificio corporativo de Althea se erguía contra el cielo encapotado como un monolito de vidrio y acero oscuro. La lluvia golpeaba los ventanales con la fuerza de un látigo. Debido al mantenimiento programado de los servidores principales, la gran mayoría de los pisos permanecía a oscuras, salvo por las luces de emergencia que teñían los pasillos de un tono amarillento y fantasmal.
En el asiento del conductor del utilitario de Ela, estacionado en una calle lateral con una vista perfecta del helipuerto y la entrada de servicio, Julián se ajustaba una gorra oscura. Su respiración era rápida, casi audible en el estrecho habitáculo.
—¿Estás segura de que la tarjeta de la jefa de seguridad sigue ahí? —preguntó Julián, con la voz ronca por la adrenalina, apretando el volante con fuerza.
Ela, sentada a su lado con una tableta digital sobre el regazo, asintió con una calma de acero. La pantalla mostraba el plano del edificio y el parpadeo de las cámaras de seguridad que ella misma había interceptado gracias a los accesos del búnker de Victoria.
—El cambio de turno comenzó hace tres minutos —dijo Ela, su voz plana y segura—. La jefa de seguridad siempre deja la credencial en el cajón de la recepción del helipuerto mientras sube a firmar el reporte físico en el piso doce. Tienes exactamente nueve minutos antes de que el nuevo supervisor tome el control. Entra por el muelle de carga, usa el ascensor de servicio y sube al piso presidencial.
Julián la miró por un segundo. Había una mezcla de codicia desatada y miedo primario en sus ojos.
—Si consigo ese archivo... —susurró, con una sonrisa torcida—, el viejo y Kang van a tener que arrodillarse ante mí. Seré el nuevo director regional, Susana. No, seré mucho más que eso.
—Lo sé, mi amor. Ve. Yo vigilaré cada cámara desde aquí. Si veo algún movimiento extraño, te avisaré por el auricular.
Julián asintió, abrió la puerta del auto y se deslizó bajo la lluvia torrencial, perdiéndose rápidamente por la entrada de servicio del edificio.
En el instante en que la silueta de Julián desapareció, la expresión de Ela cambió por completo. La calidez fingida se desvaneció, dejando paso a la fría determinación de la mujer que llevaba cinco años planeando este momento.
Tecleó una secuencia rápida en su tableta. No estaba vigilando las cámaras para proteger a Julián; estaba utilizando un software de duplicación de señal. En el momento en que Julián deslizara la tarjeta de acceso en la cerradura de la oficina de Kang, el sistema clonaría las credenciales directamente en el dispositivo de Ela, dándole a ella el control total del ala presidencial para siempre.
—Ya estás adentro, Julián —murmuró Ela, viendo en la pantalla cómo el punto rojo que representaba el dispositivo de su esposo avanzaba por el pasillo del piso veinte—. Ahora, abre la caja fuerte para mí.
De pronto, un destello de luces en el espejo retrovisor hizo que el corazón de Ela se detuviera por un instante.
Un sedán negro de alta gama se detuvo justo frente a la entrada principal del edificio. Del asiento trasero descendió una figura alta, envuelta en un abrigo oscuro.
Era Kang.
No se suponía que estuviera allí. Según lo que le había dicho por teléfono, su reunión con los abogados era en el centro de la ciudad y no regresaría a la oficina hasta el día siguiente. Pero allí estaba, caminando con paso firme hacia las puertas giratorias de Althea, sosteniendo un maletín de cuero donde presumiblemente guardaba los documentos originales de la demanda de divorcio.
Ela sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Si Kang subía a su oficina en este momento, encontraría a Julián con las manos en la masa. Julián, acorralado y violento, sería capaz de cualquier cosa para protegerse, y Kang... Kang no dudaría en usar la fuerza del holding para destruirlos a ambos si descubría la traición de "Susana".
—Julián, aborta —siseó Ela por el auricular, con la voz temblando ligeramente—. Kang acaba de entrar al edificio. Tienes que salir de ahí ahora mismo.
La respuesta de Julián a través del receptor fue un susurro cargado de estática y una terquedad ciega:
—¿Estás loca? Ya estoy frente a la caja fuerte. Solo me faltan dos dígitos de la combinación digital que me diste. No me voy a ir con las manos vacías ahora que estoy a un paso de tenerlo todo. Cállate y vigila las cámaras.
—¡Julián, te va a atrapar! —insistió Ela, pero el auricular solo emitió un pitido sordo. Él había apagado la comunicación para concentrarse en el teclado de metal de la caja fuerte.
En el vestíbulo principal, Kang cruzó los torniquetes de seguridad. El guardia de turno, sorprendido por su presencia a esa hora, se levantó de inmediato de su asiento.
—Señor Kang, buenas noches. No sabíamos que vendría hoy. El mantenimiento de los servidores...
—No se preocupe —lo interrumpió Kang, con un tono cortante que no admitía réplicas—. Solo vengo por unos documentos personales a mi oficina. No tardaré más de diez minutos.
—Por supuesto, señor. ¿Quiere que lo acompañe?
—No. Quédese aquí —ordenó el CEO, encaminándose hacia los ascensores privados.
Mientras el ascensor comenzaba su ascenso silencioso hacia el piso veinte, Kang se apoyó contra la pared de espejo, frotándose las sienes. La presión era insoportable, pero la idea de que este sería el último día de su vieja vida le daba una fuerza inusual. Mañana sería un hombre libre. Mañana podría presentarse ante Susana sin las cadenas de su apellido.
No sabía que, dos pisos más arriba, el esposo de la mujer que amaba estaba de rodillas frente a su caja fuerte, escuchando el clic final que abría la pesada puerta de acero.